Cuando Pierce entró, la encontró acurrucada en el sofá, a mitad del libro.
– ¿Documentándote?
– ¿De verdad hacía todas estas cosas? -preguntó ella directamente-. El rollo éste de que se tragaba unas agujas y un ovillo y que luego las sacaba enhebradas, en realidad no lo hacía, ¿no?
– Sí -Pierce se quitó la camisa.
Ryan lo miró con los ojos bien abiertos.
– ¿Tú puedes hacerlo?
Pierce se limitó a sonreír.
– No suelo copiar los números de otras personas -respondió-. ¿Qué tal el día?
– Bien. Aquí dice que algunas personas creían que Houdini tenía un bolsillo en la piel.
Esa vez, Pierce soltó una carcajada.
– ¿No crees que si yo tuviera uno, ya me lo habrías encontrado?
Ryan dejó el libro sobre la mesa y se levantó.
– Quiero hablar contigo.
– De acuerdo -Pierce la estrechó entre los brazos y empezó a cubrirle la cara de besos-. Dentro de unos minutos. Se me han hecho muy largos estos tres días sin ti.
– Fuiste tú el que se marchó le recordó Ryan antes de besarlo en la boca.
– Tenía que perfeccionar unos detalles. Y aquí no consigo trabajar en serio.
– Para eso tienes tu mazmorra -murmuró ella y buscó de nuevo los labios de Pierce.
– Exacto. Esta noche cenamos juntos. En algún restaurante con velas y rincones oscuros.
– Mi apartamento tiene velas y rincones oscuros -dijo Ryan-. Podemos estar a solas.
– Intentarás seducirme.
Ryan rió y olvidó lo que había querido hablar con él.
– No lo dudes. Y estoy segura de que lo conseguiré.
– No sea tan presumida, señorita Swan -Pierce la separó unos centímetros-. No siempre soy tan fácil.
– Me gustan los desafíos.
Pierce se frotó la nariz contra la de ella cariñosamente.
– ¿Te ha gustado la rosa?
– Sí, gracias -Ryan le rodeó la nuca con las manos-. Consiguió que dejara de acosarte.
– Lo sé. Al final te está costando trabajar conmigo, ¿eh?
– Mucho. Pero ay de ti como dejes que produzca otra persona tu próximo especial: te sabotearé todos los números.
– Entonces, me temo que no me queda más remedio que seguir contigo para protegerme.
Rozó sus labios con dulzura y Ryan sintió una oleada de amor tan intensa y repentina que se le encogió el corazón.
– Pierce, léeme el pensamiento -le dijo entonces. Cerró los ojos y apoyó la cara sobre su hombro-. ¿Puedes leerme el pensamiento?
Sorprendido por el tono ansioso de su voz, la separó para estudiarla. Ryan abrió los ojos y Pierce vio que estaba un poco asustada, un poco aturdida. Y vio algo más que hizo que el corazón se le desbocase.
– ¿Ryan? -Pierce le acarició una mejilla. Le aterraba pensar que sólo estaba imaginándose lo que veía.
– Tengo miedo -susurró ella. La voz le temblaba, así que se mordió el labio inferior para serenarla-: No me salen las palabras. ¿Puedes verlas? Si no puedes, es normal. No tiene por qué cambiar nada.
Sí, claro que las veía; pero Ryan se equivocaba: una vez que las pronunciara, todo cambiaría. No había querido que sucediera, pero, de alguna manera, había sabido que llegarían a esa situación. Lo había sabido nada más verla bajar las escaleras que daban a su sala de trabajo. Había sabido que Ryan sería la mujer que lo cambiaría todo.
– Ryan -Pierce dudó un instante, pero sabía que ya no podía contenerse ni negar lo evidente por más tiempo-, te quiero.
Ella exhaló un suspiro de inmenso alivio.
– ¡Dios!, ¡tenía tanto miedo de que no quisieras verlo! -Ryan se lanzó a sus brazos-. Te quiero tanto. ¡Tanto! No es malo, ¿verdad? -preguntó con voz trémula.
– No -Pierce notó que el corazón de ella latía tan desacompasado como el suyo-. Es muy bueno.
– No imaginaba que se podía ser tan feliz. Quería habértelo dicho antes -murmuró contra el cuello de Pierce-. Pero me daba mucho miedo. Ahora parece una tontería. Los dos teníamos miedo -Pierce la apretó más fuerte, pero seguía sin ser suficiente-. Hemos perdido mucho tiempo.
– Pero me quieres -susurró ella, deseosa de volver a oírselo decir.
– Sí, Ryan. Te quiero.
– Vamos a casa, Pierce -Ryan le besó el cuello-. Vamos a casa. Te necesito.
– Yo también… Ahora.
Ryan echó la cabeza hacia atrás y rió.
– ¿Ahora?, ¿aquí?
– Aquí y ahora -convino Pierce, fascinado con el brillo perverso que iluminó los ojos de Ryan.
– Podría entrar alguien -dijo ésta al tiempo que retrocedía unos pasos.
Sin decir nada, Pierce fue a la puerta y echó el cerrojo.
– No lo creo.
– Vaya -Ryan se mordió el labio, luchando por no echarse a reír-. Parece que me van a secuestrar otra vez.
– Puedes pedir auxilio le sugirió mientras le quitaba la chaqueta.
– Socorro -dijo en voz baja mientras Pierce le desabotonaba la blusa-. Creo que no me han oído.
– Pues entonces no podrán salvarte.
– Menos mal -susurró ella mientras dejaba que la blusa cayera al suelo.
Se acariciaron y se echaron a reír por la alegría que les producía estar enamorados. Se besaron y abrazaron como si el mundo fuese a acabarse ese mismo día. Murmuraron palabras delicadas y suspiraron de placer. Incluso cuando la pasión creció y el deseo empezó a gobernar sus movimientos, permaneció una sensación de felicidad serena e inocente, compartida.
“Me quiere”, se dijo Ryan mientras deslizaba las manos por su potente espalda. “Me pertenece”, pensó mientras lo besaba con fervor.
Se entregaron el uno al otro, se vaciaron y absorbieron hasta que fueron más uno que dos. Una pasión creciente los unía, una pasión infinita, una libertad recién descubierta. Cuando terminaron de hacer el amor, siguieron riéndose, felices por saber que para ellos aquello sólo era el principio.
– ¿Sabes? Yo creía que era el productor el que seducía al artista -murmuró Ryan.
– ¿No ha sido así? -Pierce deslizó los dedos por el cabello de ella.
Ryan rió y le dio un beso entre los ojos.
– Sí, pero se suponía que tenía que dejarte pensar que habías tomado la iniciativa -contestó justo antes de levantarse y alcanzar la blusa.
Pierce se incorporó y le acarició la yema de un dedo.
– ¿Vas a algún sitio?
– Está bien, señor Atkins, le daré la oportunidad de hacer una prueba para Producciones Swan -bromeó Ryan. Pierce le dio un mordisquito yen el hombro y ella dio un grito pequeño-. Pero no me vuelva a atosigar hasta que lleguemos a casa.
Se alejó unos pasos y terminó de ponerse la blusa. Mientras lo hacía, miró de reojo el cuerpo desnudo de Pierce:
– Más vale que se vista. Podrían cerrar el edificio y obligarnos a pasar la noche dentro.
– Los cerrojos no son problema para mí -le recordó sonriente él.
– Hay alarmas.
– Ya ves tú -contestó Pierce riéndose.
– Definitivamente, es una suerte que no decidieras hacerte delincuente -comentó Ryan.
– Es más sencillo cobrar por abrir cerrojos que robar lo que hay dentro de las casas. A la gente le encanta pagar simplemente por ver si puedes hacerlo -Pierce se levantó-. Pero si saltas un cerrojo gratis, no le encuentran la gracia.
Ryan inclinó la cabeza y le preguntó intrigada:
– ¿Te has encontrado con algún cerrojo que no hayas podido abrir?
– Es cuestión de tiempo -dijo Pierce mientras recogía su ropa-. Si dispones del tiempo apropiado, todos los cerrojos pueden abrirse.
– ¿Sin herramientas?
– Hay herramientas y herramientas -respondió él, enarcando una ceja.
Ryan frunció el ceño.
– Voy a tener que examinar tu piel otra vez en busca de ese bolsillo.
– Cuando quieras -accedió Pierce con buenos modales.
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