Jonathan Kellerman - La Rama Rota

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Hay algo espectral en este caso. El suicidio de un violador de niños, una red oculta de pervertidos, todos ellos gente de clase alta, y una aterrada niña que podría atar cabos sueltos… si el psicólogo infantil Alex Delaware logra hacerle recordar los horrores de que ha sido testigo. Pero cuando lo hace, la policía parece falta de interés. Obsesionado por un caso que pone en peligro tanto su carrera como su vida, Alex queda atrapado en una telaraña de maldad, acercándose más y más a un antiguo secreto que hace que incluso el asesinato parezca un asunto limpio.

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– ¿Qué es lo que estás interesado en hallar? -generoso encendió otro cigarrillo y lo colocó en el agujero en el que habían estado sus incisivos superiores.

– La casa de los Hickle.

– ¿Eres familia de ellos? -preguntó Doug. Sus ojos eran del color del mar, sanguinolentos y, de repente, llenos de preocupación, preguntándose si yo no sería alguien que pudiera volver sus palabras en su contra.

– No, soy un arquitecto. Sólo estoy dando una vuelta para ver cómo son las casas, y me dijeron que la mansión de los Hickle me podría interesar. Se supone que es la mayor de las de la isla.

– Tío, todas son grandes – dijo-. Podrías meter todo un jodido barrio dentro de una de ellas.

– Arquitecto, ¿eh? -la cara de generoso se iluminó con interés-. ¿Cuánta universidad tienes que hacer para eso?

– Cinco años.

– Olvídalo -bromeó con él el gordo-. Tienes la cabeza llena de aire, Harm. Primero tendrías que aprender a leer y escribir.

– ¡Anda a que te jodan! -le dijo su amigo, de buen humor, y luego a mí -: Trabajé el verano pasado en la construcción. Probablemente la arquitectura sea muy interesante.

– Lo es. Yo más que nada hago casas particulares. Siempre ando buscando nuevas ideas.

– Aja. Hey, tienes razón. Hay que mantenerlas interesantes.

– Uff, tío -bromeó Dougie-, nosotros no hacemos nada interesante. Recogemos la maldita basura… Infiernos, tío, ahí en ese club se lo pasan bien, porque la semana pasada Matt y yo hallamos un par de preservativos usados junto al agujero número once… y nosotros nos lo estamos perdiendo, Harm.

– No necesito a esa gente para divertirme -dijo generoso-. Si quieres saber sobre casas, tío, vamos a preguntárselo a Ray.

Se volvió y se inclinó por encima de un chico que dormía para darle un codazo al que tenía el cómic, que había seguido hundido en la lectura y no había alzado la vista ni una vez. Cuando lo hizo, sus ojos tenían esa mirada vidriosa del que es muy estúpido o está muy dopado.

– ¿Eh?

– Ray, tonto del culo, este tío quiere saber algo sobre la casa de los Hickle.

El chico parpadeó, sin comprender.

– Ray se ha estado tomando mucho ácido en el bosque y parece que ya no se lo puede sacar de encima – Harm hizo una mueca, dejando ver sus encías -. Vamos, tío, ¿dónde está la casa de los Hickle?

– Hickle -dijo Ray-. Mi viejo trabajaba allí… decía que era un lugar embrujado. Extraño. Creo que está en Charlemagne. El viejo acostumbraba a decir…

– Vale, tío.

Harm metió la cabeza de Ray otra vez en el cómic y éste volvió a hundirse en su lectura – Tienen nombres raros para las calles de la isla, tío: Charlemagne, Alexander, Suleiman.

Conquistadores. La bromita de los muy ricos evidentemente no era captada por aquellos a los que estaba destinada.

– Charlemagne es una calle del interior. Pasas la calle principal, pasas el mercado, haces como medio kilómetro, fíjate bien, porque los nombres de las calles acostumbran a estar tapados por los árboles, y giras… déjame ver… giras a la derecha. Ésa es Charlemagne. Después, más vale que preguntes por allí.

– Muy agradecido -busqué y saqué mi cartera, tomando de ella uno de cinco-. Aquí tienen, por las molestias.

Harm tendió la mano, en protesta, no para tomarlo.

– Olvídalo, tío. No ha sido nada.

Doug el gordo le lanzó una mirada airada y gruñó.

– Métete la lengua en el culo, Dougie -dijo el chico al que le faltaban dientes -. No hemos hecho nada para ganarnos el dinero del tío este.

A pesar de su aspecto descuidado y la boca que parecía el paisaje tras una batalla, tenía inteligencia y una cierta dignidad. Era el tipo de muchacho que no me importaría tener a mi lado si la cosa se ponía dura.

– Entonces, déjenme que les invite a una ronda.

– No -dijo Harm -. Ya no podemos beber más, tío. Tenemos que estar en el campo de golf dentro de media hora y en un día como éste la yerba debe de estar resbaladiza como un moco. Si este, Bubble Butt, bebiese algo más podría caerse, rebotar y aplastarnos a los demás.

– Que te den por el culo, Harm – dijo Doug, sin mucho convencimiento.

Me guardé el dinero.

– Muchas gracias.

– Ni pienses en ello, tío. Si construyes alguna casa en la que no tengas que contratar a gente del sindicato, en que quieras un buen trabajador de la construcción, con músculos, acuérdate de Harmon Lundquist. Estoy en el listín.

– Lo haré.

Diez minutos antes de que el barco llegara a tierra, la isla emergió de detrás de la cortina de lluvia y niebla que la ocultaba, un trozo de roca oblongo, chato y gris. Excepto por la cabellera de árboles que cubría la mayor parte de sus bordes exteriores, podría haber sido Alcatraz.

Bajé a la cubierta de coches, me puse tras el volante del Nova y estuve dispuesto cuando el hombre de naranja nos hizo señas para que bajásemos por la rampa. La escena que había fuera podría haber sido tomada en las calles de Londres. Había los suficientes abrigos negros, sombreros negros y paraguas negros como para llenar Picadilly. Manos sonrosadas sostenían maletines y ejemplares matutinos del Wall Street Journal. Con los ojos mirando inmóviles al frente. Los labios cerrados con determinación hosca. Cuando la puerta al pie de la pasarela se abrió, se movieron en procesión, cada hombre en su lugar, cada brillante zapato negro alzándose y descendiendo en respuesta a un tambor invisible. Un escuadrón de caballeros perfectos. Una brigada de caballeros…

Justo más allá del puerto de Brindamoor había una pequeña plaza de pueblo, construida alrededor de un enorme olmo y festoneada de tiendas: un banco con ventanales de cristal ahumado, una gestoría, tres o cuatro sastres de aspecto muy caro, con maniquíes sin rostros y muy conservadoramente vestidos en sus vitrinas, una tienda de ultramarinos, un carnicero, una tintorería que también albergaba la estafeta de correos local, una librería, dos restaurantes, uno francés y el otro italiano, una tienda de regalos y una joyería. Todas las tiendas estaban cerradas, las calles vacías y, exceptuando a una bandada de palomas que convergía bajo el olmo, desprovistas de vida.

Seguí las instrucciones de Harm y hallé la calle Charlemagne sin problemas. A un millar de metros de la plaza la calle se estrechaba y oscurecía, entre las sombras de heléchos, hiedra venenosa y matorrales de arce. El verdor quedaba roto por algún portalón ocasional, de hierro forjado o madera gruesa, acostumbrando a estar reforzados los primeros por una plancha de acero. No había buzones para el correo en la calle, ni una exhibición pública de nombres. Las mansiones parecían estar separadas entre sí por varias hectáreas de campos. Algunas veces tenía una súbita visión de las propiedades que había detrás: cantidad de campos de césped, senderos pavimentados con piedras o ladrillos, las casas grandes e imponentes: estilo Tudor, Regencia, Colonial… y los aparcamientos repletos de Rolls Royces, Mercedes y limusinas Cadillac, así como sus primos, más utilitarios, de cuatro ruedas: rancheras tapizadas con falsa madera, Volvos, compactos. Una o dos veces vi jardineros trabajando bajo la lluvia, con sus tractores miniatura estornudando y eructando.

La calle continuaba durante casi otro kilómetro, haciéndose más grandes las propiedades, y cada vez las mansiones más alejadas de los portalones. Se terminó, de un modo abrupto, en un seto de cipreses. No había puerta alguna, no había modo visible alguno de entrar, y por un momento creí que me habían dado mal las instrucciones. Me puse la gabardina, me subí el cuello y salí. El suelo estaba tapizado por una gruesa capa de pinaza y hojas húmedas. Fui hasta el seto y atisbé a su través, por entre las ramas. A unos siete metros por delante, casi totalmente oculto por el excesivo crecimiento de las ramas entrelazadas y la vegetación chorreante, se hallaba un corto sendero de piedra que llevaba hasta un portalón de madera. Los árboles habían sido plantados allí para bloquear la entrada; y por el tamaño de los mismos al menos tendrían veinte años de edad. Descontando la posibilidad de que alguien se hubiera tomado la molestia de trasplantar una docena de cipreses bien desarrollados poniéndolos en aquel lugar, supuse que hacía largo tiempo que no se llevaban a cabo por allí las actuaciones normales del vivir de los humanos.

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