Jonathan Kellerman - La Rama Rota

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Hay algo espectral en este caso. El suicidio de un violador de niños, una red oculta de pervertidos, todos ellos gente de clase alta, y una aterrada niña que podría atar cabos sueltos… si el psicólogo infantil Alex Delaware logra hacerle recordar los horrores de que ha sido testigo. Pero cuando lo hace, la policía parece falta de interés. Obsesionado por un caso que pone en peligro tanto su carrera como su vida, Alex queda atrapado en una telaraña de maldad, acercándose más y más a un antiguo secreto que hace que incluso el asesinato parezca un asunto limpio.

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– ¿Estaba vacunado Otto?-pregunté.

No me contestó. Repetí la pregunta, subrayándola con un tirón del mango de la horca.

– Sí. Tengo los papeles.

– Quiero verlos.

– Es cierto, puede creerme.

– Justo hace un momento ha intentado que este monstruo me destrozase la garganta. Así que no se puede decir que su credibilidad sea muy alta.

Miró al animal muerto y cayó en una especie de meditación; parecía ser alguien que estaba acostumbrada a esperar para ver lo que sucedía. Yo no estaba de humor para una batalla de resistencia.

– Señora Hickle, tiene dos elecciones posibles: una es cooperar y la dejaré en paz en su pequeño refugio. O puede ponérmelo difícil y entonces yo me cuidaré de que un artículo acerca de usted aparezca en la primera página de la sección local del Los Ángeles Times. Piense en ello: la esposa del monstruo que abusaba sexualmente de los niños halla refugio en la mansión ancestral abandonada. Poético, ¿no? Apuesto diez contra a uno a que las agencias de noticias reproducen la historia por todo el país.

– ¿Qué es lo que quiere de mí?

– Respuestas a preguntas. No tengo ninguna razón, ni ningún deseo, de hacerle daño.

– ¿Realmente es usted la persona en cuya consulta murió Stuart?

– Sí, ¿a quién sino estaba esperando?

– A nadie -lo dijo demasiado de prisa.

– ¿A Towle? ¿A Hayden? ¿A McCaffrey?

A la mención de cada nombre su rostro registró dolor en forma secuencial, como si sus huesos fueran siendo partidos en distintas partes.

– No estoy con ellos, pero quiero saber más de ellos. Se alzó hasta quedar en cuclillas, se puso en pie y tomó la ensangrentada gabardina. Con mucho cuidado la colocó sobre la inerte forma del perro.

– Hablaré con usted-dijo.

25

Había una entrada al garaje de cuatro plazas que se me había escapado: a nivel de tierra, oculta por una picea azul sin podar, había una ventana cubierta por rejilla de alambre de las usadas en los gallineros. Un empujón, un retorcer su cuerpo y ya estaba dentro. La seguí, pero yo era mucho más voluminoso y no me resultó fácil. Mi brazo herido rozó el marco y tuve que apretar los dientes para no gritar, mientras me apretaba para pasar.

Un medio salto me llevó a una habitación estrecha que había sido, originalmente, un almacén de verduras. Estaba húmedo y oscuro, con las paredes ocupadas por estanterías de madera y el suelo de cemento pintado de rojo. Había una contraventana de madera sobre la ventana por la que habíamos entrado, sostenida en alto por un gancho. Lo soltó y la dejó caer y cerrarse. Hubo un segundo de oscuridad, durante el cual me puse en guardia contra algo traicionero. Pero, en cambio, lo que llegó fue el aroma pungente del petróleo, que me recordaba mi afición juvenil a las charlas en las tiendas de campaña, con su iluminación humeante. Inclinó las persianas de la contraventana, para que entrase algo de luz adicional, pero la visibilidad del exterior quedaba eliminada.

Mis ojos se ajustaron a la luz y fui enfocando los detalles. Un colchón delgado y un saco de dormir yacían en el suelo. La lámpara de petróleo, un fogoncillo, una lata de gasolina y un paquete de utensilios de plástico compartían el espacio existente sobre una desvencijada mesa de madera que había sido pintada y repintada tantas veces que casi parecía una escultura moderna. Había un lavabo en un rincón y, sobre el mismo, un estante que contenía una jarra de mermelada vacía, un cepillo de dientes, polvos dentríficos, una maquinilla de afeitar y una pastilla de jabón para lavar la ropa. La mayor parte del espacio restante en el suelo estaba ocupado por cajas para botellas de leche, en madera, de un tipo que yo no había visto desde mi niñez: las cajas tenían en dos lados asas en forma de tubo y llevaban impreso el nombre: «Granja Lechera, Tacoma, Wash. -Nuestra mantequilla es la mejor, compruébelo.» Bajo el eslogan había la imagen de un ternero con cara de aburrido y un número de teléfono aún con un prefijo de dos letras. Había amontonado las cajas hasta de tres en tres. El contenido de algunas de ellas era visible: paquetes de comida deshidratada, latas de comida, servilletas de papel, ropa doblada. Tres pares de zapatos, todos ellos resistentes y con suela de goma, estaban alineados cuidadosamente contra la pared. Había ganchos de metal que habían sido clavados en una viga de madera del techo. Colgó la capa impermeable de uno de ellos y se sentó en una silla de respaldo recto, hecha con madera de pino sin barnizar. Yo me aposenté en una de las cajas que estaba puesta boca abajo.

Nos miramos el uno al otro.

En ausencia de estímulos competitivos, el dolor se apoderó de mi brazo. Hice una mueca de dolor y ella la vio.

Se alzó, mojó una servilleta de papel en agua caliente, vino hasta mí y me limpió la herida. Rebuscó en una de las cajas y halló gasa estéril, esparadrapo y agua oxigenada. Atendiéndome como si fuera la mismísima Florence Nightingale, me vendó el brazo. No dejé de notar la locura de la situación: unos minutos antes había tratado de matarme y ahora se comportaba maternalmente y cuidaba de que el vendaje estuviera perfecto. Seguí manteniendo mi estado de ánimo defensivo, tal como había aprendido en el karate, esperando que ella cayera de nuevo, en cualquier momento, en su ira agresiva, me clavase los dedos en la carne hinchada y se aprovechase del dolor enloquecedor para hincarme un dedo en un ojo.

Pero cuando hubo acabado regresó a su asiento.

– Los papeles -le recordé.

De nuevo rebuscó, pero de prisa; sabía exactamente dónde estaba todo. Un montón de papeles, recogido con una goma elástica, pronto llegó a su mano. Allí había facturas del veterinario, certificado de vacunación, el registro de la Asociación de Propietarios de Perros con Pedigree… por cierto, que el nombre completo del perro era Otto Klaus Von Schulderheis, hijo de Sttugart-Munsch y de Sigourn-Daffodil. Vaya. También había diplomas de dos escuelas de entrenamiento de Los Ángeles y un certificado especificando que Otto había sido entrenado como perro de ataque únicamente con fines defensivos. Le devolví los papeles.

– Gracias -me dijo.

Nos sentamos uno frente al otro, tan tranquilos como si fuéramos viejos compañeros de la escuela. La miré cuidadosamente y traté de sentir en mí una aceptable animosidad en su contra. Pero lo que vi fue una mujer oriental, de aspecto amargado, en la cuarentena, con su cabello cortado a lo muñeca china, bajita, cetrina, frágil, hogareña en su ropa de trabajo y tan descuidada como un ratón de iglesia. Permanecía sentada, con las manos en el regazo, dócil, y el odio no surgía en mí.

– ¿Cuánto tiempo lleva viviendo aquí?

– Seis meses. Desde la muerte de Stuart.

– ¿Por qué vive así? ¿Por qué no abre la casa?

– Creí que sería mejor para estar escondida. Lo único que deseo es que me dejen en paz.

No tenía demasiado aspecto de Garbo.

– ¿De qué se esconde?

Miró al suelo.

– Vamos. No le voy a hacer ningún daño.

– Los otros. Los otros locos.

– Nombres.

– Los que usted mencionó y otros -escupió media docena de nombres que no me sonaban.

– Seamos más específicos: ¿por locos quiere decir usted que son gente que comete abusos sexuales con niños?

– Sí, sí. Yo no lo sabía, Stuart me lo contó luego, cuando estaba en prisión. Se presentaban como voluntarios en un asilo para niños, y luego se llevaban los niños a casa. Les hacían cosas muy feas.

– Y también en su guardería.

– No, no. Allí sólo lo hacía Stuart. Los otros jamás fueron a la guardería, sólo iban al asilo de niños.

– La Casa de los Niños. Su esposo era miembro de la Brigada de los Caballeros.

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