Jonathan Kellerman - La Rama Rota

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Hay algo espectral en este caso. El suicidio de un violador de niños, una red oculta de pervertidos, todos ellos gente de clase alta, y una aterrada niña que podría atar cabos sueltos… si el psicólogo infantil Alex Delaware logra hacerle recordar los horrores de que ha sido testigo. Pero cuando lo hace, la policía parece falta de interés. Obsesionado por un caso que pone en peligro tanto su carrera como su vida, Alex queda atrapado en una telaraña de maldad, acercándose más y más a un antiguo secreto que hace que incluso el asesinato parezca un asunto limpio.

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Margaret Dopplemeier era una de esas mujeres altas y angulosas predestinadas a la soltería. Trataba de ocultar su desgarbado cuerpo en un traje marrón de paño inglés con forma de tienda de campaña, pero los ángulos y líneas rectas se destacaban a través. Tenía una cara de mandíbula grande, unos labios sin compromisos, y un cabello marrón-rojizo cortado en una melenita incongruentemente infantil. Su oficina apenas si era mayor que el interior de mi coche; era evidente que las relaciones públicas no era una de las cuestiones vitales para los dirigentes de Jedson, y tuvo que estrecharse entre el borde de su escritorio y la pared para venir a recibirme. Fue una maniobra que hubiera parecido poco grácil realizada por la Pavlova y Margaret Doplemeier la convirtió en un incómodo movimiento, muy patoso. Sentí pena por ella, pero tuve buen cuidado en no mostrarlo: estaba a mediados de los treinta y, a esa edad, las mujeres como ella han aprendido a apreciar la confianza que tienen en sí mismas. Es una forma tan buena como cualquier otra con la que soportar la soledad.

– Hola, usted debe ser Alex.

– Lo soy. Encantado de conocerla, Margaret.

Su mano era gruesa, dura y callosa… quizá de demasiado frotársela con la otra o lavar a mano. No estaba seguro.

– Por favor, siéntese.

Tomé una silla de espalda recta y me senté incómodamente.

– ¿Café?

– Por favor. Con crema.

Detrás de su escritorio había una mesa con una bandeja de calentar. Vertió café en un tazón y me lo entregó.

– ¿Ha decidido ya lo de la comida?

La perspectiva de verla a través de una mesa durante una hora más no me emocionaba. No era por lo poco agraciado de su tipo ni por su serio rostro. Parecía dispuesta a contarme la historia de su vida, y yo no tenía gana alguna de llenar mi cabeza de material innecesario. Decliné su oferta.

– Entonces, ¿qué le parece picar algo?

Me trajo una bandeja con queso y galletas saladas, no pareciendo muy confortable en el rol de anfitriona. Me pregunté por qué había caído en el campo de las relaciones públicas. Un trabajo como bibliotecaria me habría parecido más adecuado para ella. Luego se me ocurrió que, en Jedson, las relaciones públicas debían de estar muy emparentadas con el trabajo de las bibliotecarias, un empleo de escritorio que debía tener mucho de recortar y mandar cartas y poco de contactos cara a cara.

– Gracias -tenía apetito y el queso era bueno.

– Bien -miró por encima de su escritorio, halló unas gafas y se las puso. Tras los cristales sus ojos se hicieron más grandes y suaves-. Usted quiere tener una idea acerca de Jedson.

– Eso es… Tener una idea personal acerca del lugar.

– Es un lugar único. Yo soy de Wisconsin y estudié en Madison, con otros cuarenta mil estudiantes. Aquí sólo hay dos mil. Todo el mundo se conoce.

– Es como una gran familia -saqué una pluma y un bloc de notas.

– Sí -a la palabra familia, había fruncido la boca -. Se podría decir que sí.

Trasteó con unos papeles y empezó a recitar:

– El Jedson College fue fundado en 1858 por Josiah T. Jedson, un emigrante escocés que hizo una fortuna en la minería y los ferrocarriles. Eso es tres años antes de que se fundara la Universidad de Washington, así que somos en realidad el centro más antiguo de la ciudad. La intención de Jedson era crear una institución de enseñanza superior, en la que los valores tradicionales coexistieran con la educación en las artes y las ciencias básicas. Hasta el día actual, los fondos principales para el mantenimiento del College provienen de la anualidad que recibimos de la Fundación Jedson, aunque también tenemos otras fuentes de ingresos.

– Tengo entendido que la matrícula es bastante alta.

– La matrícula – frunció el entrecejo -, es de doce mil dólares al año, más la pensión, gastos administrativos y otros misceláneos.

Silbé.

– ¿Conceden ustedes becas?

– Cada año se concede un pequeño número de becas para los estudiantes merecedores de las mismas, pero no hay ningún programa amplio de ayuda financiera.

– Entonces, no están ustedes interesados en atraer estudiantes de un amplio abanico socioeconómico.

– No especialmente, no.

Se quitó las gafas, dejó a un lado el material escrito que tenía preparado y me miró miopemente.

– Espero que no sigamos con esa línea particular de preguntas.

– ¿Y por qué no, Margaret?

Movió los labios, como comprobando el tamaño de diversas palabras no pronunciadas y rechazándolas todas.

– Alex -dijo-, ¿puedo hablarle off the record, de un escritor a otro?

– Naturalmente -cerré el bloc y me metí la pluma en el bolsillo interior de la chaqueta.

– No sé cómo expresar esto -jugueteó con una solapa de paño, arrugando la gruesa tela y luego alisándola -. Ese artículo… su visita, no le han caído muy bien a la administración. Como habrá podido deducir de la grandiosidad de lo que nos rodea, las relaciones públicas no es un tema demasiado bien visto por el Jedson College. Después de que hablé con usted ayer, les conté lo de su visita a mis superiores, creyendo que les iba a complacer. De hecho, fue todo lo contrario. No se puede decir que exactamente me palmearan la espalda.

Hizo una mueca, como recordando una azotaina particularmente dolorosa.

– No quise meterla en problemas, Margaret.

– No tenía por qué saber que iba a pasar eso. Como le dije, soy nueva aquí. Ellos hacen las cosas de otra manera. Es un modo de vida diferente… tranquilo, conservador. En este lugar es como si no pasase el tiempo.

– ¿Y cómo atrae a los estudiantes una universidad que no quiere llamar la atención sobre sí misma?

Ella se mordisqueó el labio.

– No quiero hablar de eso.

– Margaret, es off the record. Ahora no me deje con la miel en los labios.

– No es importante – insistió, pero su pecho se estremecía y en los planos y agrandados ojos se podía ver un conflicto.

– Entonces, ¿a qué vienen esos secretos? Nosotros, los escritores, hemos de ser sinceros los unos con los otros. Ya hay bastantes censores por ahí.

Pensó en esto por un largo tiempo. En su rostro era evidente la indecisión, y yo no pude dejar de sentirme como todo un desalmado.

– No quiero tener que irme de aquí – me dijo al fin -. Tengo un bonito apartamento con vistas al lago, mis gatos y mis libros. No quiero… perderlo todo. No quiero tener que hacer las maletas y volverme al Medio Oeste. A kilómetros de tierras llanas sin montañas, sin modo de establecer una perspectiva. ¿Me entiende?

Su modo de hablar y tono eran quebradizos… conocía muy bien aquello, porque lo había visto en incontables pacientes de terapia, justo antes de que las defensas se derrumbasen con estrépito. Ella quería soltar su lengua y yo iba a ayudarla, siendo un buen bastardo manipulador…

– ¿Comprende lo que le quiero decir? -me preguntaba ella.

Y me oí a mí mismo contestar, tan suave, tan dulce:

– Claro que sí.

– Cualquier cosa que yo le diga ha de ser confidencial. No debe de ser publicada.

– Se lo prometo. Soy escritor de artículos de tipo general, no tengo aspiraciones de convertirme en un Woodward o un Bernstein.

Una débil sonrisa apareció en sus anchas y no muy definidas facciones.

– ¿No aspira a eso? Pues yo sí lo hice, en un tiempo. Tras cuatro años en el periódico estudiantil de Madison, creí que iba a conmover al mundo del periodismo. Pasé todo un año sin lograr un trabajo escribiendo… tuve que hacer de camarera. ¡Lo odiaba! Luego trabajé para una revista sobre perros, escribiendo articulitos encantadores sobre caniches y schnauzers. Me traían a las pequeñas bestias a la oficina, para que les hiciéramos fotos y ensuciaban la moqueta. Hedía. Cuando eso se fue al cuerno, pasé dos años cubriendo reuniones sindicales y fiestas de ancianos en New Jersey y eso fue lo que acabó de quitarme las pocas ilusiones que me quedaban. Ahora, lo único que busco es un poco de paz.

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