– Así es. Si viene desde el centro, coja la 1- 5 hasta la 520 que gira en el Puente Flotante de Evergreen Point. Vaya todo el camino a través del puente hasta la orilla este, gire al sur en Fairweather y continúe a lo largo de la costa. Jedson se encuentra en la Bahía de Meydenbauer, nada más pasar el club de yates. Yo estoy en el primer piso del Crespi Hall. ¿Se quedará usted a comer?
– No se lo puedo asegurar. Depende cómo ande de tiempo -y de lo que encuentre.
– Por si acaso, tendré algo preparado para usted.
– Es muy amable por su parte, Margaret.
– Cualquier cosa por un compañero periodista, Alex. Mi siguiente llamada fue a Robin. Tardó nueve timbrazos en contestar.
– Hey -estaba sin aliento-. Tenía en marcha la sierra grande y no te oía. ¿Qué pasa?
– Me voy a ir de la ciudad un par de días.
– ¿A Tahití sin mí?
– Nada tan romántico, a Seattle.
– Oh. ¿Trabajo de detective?
– Llámalo mejor investigaciones biográficas – le dije lo de que Towle había estudiado en Jedson.
– Desde luego andas detrás de ese tipo, ¿no?
– Él también anda tras de mí. Cuando he estado en el Pediátrico esta mañana Henry Bork me cazó en el pasillo, me metió en su oficina y me dio una versión no demasiado sutil del viejo apretar las tuercas. Parece ser que Towle ha estado poniendo en cuestión mi ética en público. No hay quien se lo quite de encima, como las setas venenosas después de una inundación. Él y Kruger comparten alma mater y eso me hace desear conocer algo más acerca de las muy nobles aulas de Jedson.
– Déjame ir contigo.
– No. Va a ser puro trabajo. Cuando todo esto haya acabado, te llevaré a unas verdaderas vacaciones.
– El pensar que vas a ir tú solo me deprime. En esta época del año aquello es muy triste.
– No me pasará nada. Tú cuida de ti misma y trabaja un poco. Te llamaré cuando llegue allí.
– ¿Estás seguro de que no quieres que te acompañe?
– Sabes que me encanta tu compañía, pero no va a haber tiempo para hacer turismo. Ibas a pasarlo mal.
– De acuerdo – me dijo de mala gana-. Te echaré a faltar.
– Yo también a ti. Te amo. Cuídate.
– Lo mismo te digo. Te amo, cariño. Adiós.
– Adiós.
Tomé el vuelo de las nueve de la noche, que salía del aeropuerto de Los Angeles y aterrizaba en el Sea – Tac a las once y veinticinco. Alquilé un Nova en la Hertz, no era como el Seville, pero tenía una radio FM que alguien había dejado sintonizada en una emisora de música clásica. Una fuga de órgano de Bach en clave menor surgía del altavoz y yo no la corté: la música se ajustaba a la perfección a mi estado de ánimo. Confirmé mi reserva en el Westin, salí del aeropuerto, conecté con la autopista interestatal y me dirigí hacia el norte, al centro de Seattle.
El cielo estaba tan duro y frío como una pistola. Minutos después de que me metí en el asfalto la pistola demostró estar cargada: disparó un trueno y el agua comenzó a caer. Pronto era uno de esos torrentes airados que caen de los cielos del Noroeste y que convierten las autopistas en kilómetros de mojacoches para los que conducen.
– Bienvenido al Noroeste del Pacífico -dije en voz alta.
Los pinos y los abetos crecían en masas opacas a ambos lados del camino. Carteles iluminados anunciaban moteles rústicos y restaurantes de carretera que ofrecían comidas de maderero. Exceptuando a los semirremolques que gemían bajo cargas de troncos, yo era el único viajero de la carretera. Pensé lo bonito que sería estar dirigiéndome a una cabana en la montaña, con Robin a mi lado, con el maletero lleno de útiles de pesca y provisiones. Noté una repentina sensación de soledad y ansié un contacto humano.
Llegué al centro, poco después de la medianoche. El Westin se alzaba como un gigantesco tubo de ensayo, de acero y cristal, en medio del oscuro laboratorio que era la ciudad. Mi habitación del séptimo piso era decente, con una vista al Puget Sound y el puerto hacia el oeste, Washington y las islas hacia el este. Me saqué los zapatos que tiré por el suelo y me estiré en la cama, cansado, pero demasiado nervioso para poderme dormir.
Llegué a tiempo de ver las noticias del cierre en la estación local de televisión. El presentador era un tipo de cara de palo y ojos bizcos, e informaba de las noticias del día de un modo totalmente impersonal. Le daba idéntico énfasis a la narración de un asesinato en masa en Ohio que a los resultados de los partidos de hockey. Lo corté a media frase, apagué las luces, me desnudé en la oscuridad y miré las luces del puerto hasta quedarme dormido.
Un millar de metros de espeso bosque escudaban al campus de Jedson de la ruta de la costa. El bosque daba paso a dos columnas gemelas de piedra, grabadas con números romanos, que indicaban el origen de un sendero pavimentado que atravesaba la universidad por su centro. El camino acababa en una plaza circular centrada por un reloj de sol, maltratado por el tiempo, situado bajo un gigantesco pino.
A primera vista, Jedson parecía una de esas pequeñas universidades del Este que se especializan en parecerse a Harvard, en miniatura. Los edificios estaban construidos con ladrillos enmohecidos por el tiempo y embellecidos con cornisas de piedra y mármol, con techos de pizarra y cobre… diseñados en una era en la que la mano de obra era barata y los moldeados intrincados, los arcos de expansión, las gárgolas y cariátides estaban a la orden del día. Incluso la hiedra parecía auténtica, cayendo desde los tejados de pizarra, chupando los ladrillos, recortada para dejar libres las ventanas, hundidas y emplomadas.
El campus era pequeño, quizá un kilómetro cuadrado y cuarto, y estaba repleto de oteros sombreados por árboles, setos imponentes de robles, pinos, sauces, olmos y abedules claros reseguidos en mármol y bordeados por asientos de piedra y monumentos en bronce. Todo muy tradicional, hasta que uno miraba hacia el oeste y veía praderas muy cuidadas que se hundían hacia el muelle y el puerto privado que había más allá. Los amarraderos estaban ocupados por carenados yates con puentes en teca, de quince metros y aún más largos, coronados por antenas de radar y sonar y otras de radio; claramente muy siglo veinte y obviamente Costa Oeste.
La lluvia había pasado y un triángulo de luz atisbaba bajo los repliegues color carbón del cielo. A alguna distancia del puerto, una armada de barcos de vela cortaba un agua que parecía papel estaño. Los botes estaban ensayando algún tipo de ceremonia, pues cada uno de ellos giraba alrededor de la misma boya y desplegaba velas spinnakers de colores ultrajantes: naranjas, púrpuras, escarlatas y verdes, como las plumas de la cola de alguna bandada de pájaros tropicales.
Sobre un pedestal había un mapa cubierto de metacrilato y lo consulté para localizar el Crespi Hall. Los estudiantes que pasaban parecían gente muy silenciosa. En su mayor parte eran de mejillas coloradas y cabello paja, con el color de sus ojos pasando el espectro desde el azul claro hasta el azul oscuro. Sus estilos de peinado parecían estar caramente ejecutados pero todos databan de la época de Eisenhower. Los pantalones llevaban dobladillo, los zapatos eran todos de cuero bueno y había las bastantes camisas y polos decorados con cocodrilos como para haber dejado despoblados los Everglades. Un eugeneticista se hubiera sentido orgulloso al observar las espaldas rectas, los físicos robustos y la seguridad en sí mismos demostrada por aquellos hijos de nobles cunas. Me sentí como si hubiera muerto y me hallara en el cielo de los arios.
El Crespi era un romboide de tres pisos con un frontis de columnas jónicas en mármol blanco con venas varicosas. La oficina de relaciones públicas estaba oculta tras una puerta de nogal marcada con escritura dorada. Cuando la abrí, la puerta crujió.
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