Jonathan Kellerman - La Rama Rota

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Hay algo espectral en este caso. El suicidio de un violador de niños, una red oculta de pervertidos, todos ellos gente de clase alta, y una aterrada niña que podría atar cabos sueltos… si el psicólogo infantil Alex Delaware logra hacerle recordar los horrores de que ha sido testigo. Pero cuando lo hace, la policía parece falta de interés. Obsesionado por un caso que pone en peligro tanto su carrera como su vida, Alex queda atrapado en una telaraña de maldad, acercándose más y más a un antiguo secreto que hace que incluso el asesinato parezca un asunto limpio.

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– Hola, Rodney – Kruger habló suavemente -. ¿Qué es lo que pasa?

Yo le había seguido y el niño me miró interrogativamente.

– No pasa nada, Rodney. Él es un amigo. Ahora, dime lo que te pasa.

– Rodney malito -las palabras sonaban arrastradas.

– ¿Qué es lo que te hace daño?

– La tripa duele.

– Hum. Tendremos que hacer que te vea el doctor cuando realice su visita.

– ¡No! -chilló el crío-. ¡No docto!

– Vamos, Rodney -Kruger se mostraba paciente-. Si estás malo habrá que hacerte una revisión.

– ¡No docto!

– De acuerdo, Rodney, de acuerdo -Kruger hablaba con tono tranquilizador. Tendió la mano y tocó al chico suavemente en la parte superior de la cabeza. Rodney se puso histérico. Sus ojos se desorbitaron y su mandíbula tembló. Gritó y se echó hacia atrás, tan violentamente que se dio un golpe con la cabecera metálica de la cama en la nuca. Se tapó la cara de un tirón con las mantas, mientras lanzaba un alarido de protesta ininteligible.

Kruger se volvió hacia mí y suspiró. Esperó hasta que el chico se hubo calmado y le habló de nuevo.

– Hablaremos luego de lo del doctor, Rodney. Pero dime, ¿dónde se supone que deberías estar ahora? ¿Dónde está tu grupo en este momento?

– Comida.

– ¿Y tú no tienes gana?

El chico negó con la cabeza.

– Tripa duele.

– Bueno, pues no puedes estar ahí echado tú solo. O te vas a la enfermería y llamaremos alguien para que te mire, o te unes a tu grupo para comer.

– No docto.

– De acuerdo, no doctor. Ahora, levántate.

El chico reptó hasta salir de la cama, lo más lejos que pudo de nosotros. Ahora podía ver que era mayor de lo que había supuesto. Al menos tenía dieciséis y mostraba en la barbilla el incio de una barba. Me miró, con los ojos muy dilatados por el miedo.

– Éste es un amigo, Rodney, el señor Delaware.

– Hola, Rodney -tendí la mano. Él la miró y negó con la cabeza.

– Se amistoso, Rodney. Así es como se ganan los puntos positivos, ¿te acuerdas?

Una negativa con la cabeza.

– Vamos, Rodney. Estréchale la mano.

Pero el chico retrasado estaba decidido. Cuando Kruger dio un paso adelante se retiró, manteniendo las manos delante de su rostro.

Siguió así durante unos momentos, en una clara lucha de voluntades. Al fin Kruger lo dejó correr.

– Muy bien, Rodney -dijo suavemente -, nos olvidaremos por hoy de la buena urbanidad, porque estás malo. Ahora corre a reunirte con tu grupo.

El chico retrocedió, apartándose de nosostros, rodeando la cama en un amplio círculo. Aún negando con la cabeza y manteniendo las manos delante de su cara, como un boxeador tronado, se alejó. Cuando estuvo cerca de la puerta dio un salto y medio corrió, medio se arrastó, hasta salir fuera, desapareciendo en el brillo del sol.

Kruger se volvió hacia mí y me sonrió débilmente.

– Éste es uno de los más difíciles. Diecisiete años y funcionando como si tuviera tres.

– Parece tener verdadero pánico a los doctores.

– Tiene miedo a muchas cosas. Como la mayoría de los chicos con Down ha tenido muchas complicaciones médicas: cardíacas, infecciones, complicaciones dentales. Añádale a todo eso el modo de pensar distorsionado que se produce en el interior de esa cabecita y ya verá lo que le da la suma. ¿Ha tenido muchas experiencias con retrasados mentales?

– Algunas.

– Yo he trabajado con cientos de ellos y no puedo recordar uno solo que no tuviera problemas emocionales graves. Ya sabe, la gente se cree que son iguales a los otros chicos, sólo que más lentos. Y no es así.

Una traza de irritación había ido apareciendo en su voz. Yo la atribuí al haber perdido la partida de poker psíquico con el chico retrasado.

– Rodney ha recorrido un largo camino -me explicó-. Cuando llegó aquí ni siquiera sabía hacer él solo sus propias necesidades. Y eso tras trece hogares adoptivos – movió la cabeza-. Es realmente patético. Alguna de la gente a la que el condado les entrega crios no son adecuados ni para cuidarse de perros, y ya no digamos de niños.

Parecía dispuesto a lanzarse a una perorata, pero se contuvo y volvió a colocar la sonrisa en su cara.

– Muchos de los chicos que nos llegan son los casos con bajas probabilidades de adopción: retrasados mentales, defectuosos, con mezcla de razas, que han ido entrando y saliendo de hogares adoptivos o que sus familias los han ido tirando al cubo de la basura. Cuando llegan aquí no tienen ni idea de cuál es el comportamiento social adecuado, no saben nada de higiene, ni poseen las habilidades básicas para vivir día a día. Muy a menudo empezamos de cero. Pero estamos satisfechos de nuestros progresos. Uno de los estudiantes va a publicar un informe sobre nuestros resultados.

– Ése es un modo excelente de que recoger datos.

– Sí. Y, para ser francos, eso nos ayuda también a recoger dinero, lo que a menudo es lo más necesario, doctor, cuando se quiere mantener en marcha un lugar grande como La Casa. Venga -me cogió del brazo-. Vamos a ver el resto de las instalaciones. Nos dirigimos a la piscina.

– Por lo que he oído, el Reverendo McCaffrey tiene un gran talento para recoger fondos.

Kruger me dio una mirada de reojo, tratando de valorar la intención que llevaban mis palabras.

– Lo es. Es una persona maravillosa y logra sus propósitos. Y eso le lleva la mayor parte de su tiempo. Pero aun así las cosas siguen siendo difíciles. ¿Sabe?, él dirigía otra casa para niños en Méjico, pero tuvo que cerrarla. Allí no había ayuda por parte del gobierno, y la actitud del sector privado era que lo mejor que podía pasar con los campesinos es que se murieran de hambre.

Ahora estábamos al lado de la piscina. El agua reflejaba el bosque, verdinegro y manchado con trazos de esmeralda. Había un fuerte olor a cloro mezclado con sudor. El solitario nadador aún estaba en el agua haciendo piscinas… usando el estilo mariposa y con mucho músculo tras el mismo.

– ¡Hey, Jimbo! -gritó Kruger.

El nadador alcanzó el extremo alejado, alzó la cabeza del agua y vio el saludo de la mano del consejero. Se deslizó sin esfuerzo hacia nosotros y se empujó hasta sacar medio cuerpo del agua. Estaba al inicio de la cuarentena, llevaba barba y era muy musculoso. Su cuerpo, tostado por el sol, estaba cubierto por vello mojado y enmarañado.

– Hola, Tim.

– Doctor Delaware, éste es Jim Halstead, nuestro entrenador en jefe. Jim, el doctor Alexander Delaware.

– En realidad soy el entrenador único – Halstead hablaba con una voz profunda que emergía de su abdomen-. Le estrecharía la mano, pero la mía está más bien mojada.

– No se preocupe-sonreí.

– El doctor Delaware es un psicóloco infantil, Jim. Está haciendo una visita a la casa como posible Caballero.

– Me encanta haberle conocido, doctor, y espero que se una a nosotros. Esto es muy bonito, ¿no le parece? – extendió un largo y moreno brazo hacia el cielo de Malibú.

– Maravilloso.

– Jim trabajaba antes en plena ciudad -dijo Kruger -. En la Escuela Superior de Artes Manuales. Luego supo lo que más le convenía.

Halstead se echó a reír.

– Tardé demasiado en descubrirlo. Soy un tipo tranquilo, pero cuando un mono con cuchillo te amenaza porque le mandas que hagas unas flexiones, entonces dices basta.

– Estoy seguro de que esas cosas no pasan aquí – comenté.

– Ni hablar -retumbó-. Los chicos son estupendos.

– Lo que me hace recordar, Jim, que tengo que hablar contigo de un programa que tendremos que preparar para Rodney Broussard -le interrumpió Kruger-. Algo para ayudarle a que tenga confianza en sí mismo.

– Cuando quieras.

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