Sue Grafton - I de Inocente

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Una bala a través de la mirilla de la puerta acabó con la vida de Isabelle. En el juicio por el asesinato, el acusado David Berney, esposo de la victima, fue absuelto por falta de pruebas. Seis años despúes, uno de los ex maridos de Isabelle decide interponer una demanda por lo civil contra Barney.
El investigador que llevaba el caso ha fallecido recientemente y Kinsey Millhone lo sustituye en el que es su primer trabajo para el bufete de abogados Kingman e Ives. Uno de los principales escollos que Kinsey deberá afrontar es la caótica acumulación de datos. Algunos de sus archivos están vacios, otros contienen información relativa a entrevistas que al parecer nunca mantuvo, y toda la acusación se basa en las declaraciones de un ex convicto cuya credibilidad es más que cuestionable.
Resuelta a recomponer esta embrollada historia, Kinsey se pierde en un mar de dudas e incongruencias. Hay tantos cabos sueltos, tantas preguntas sin respuesta que ni siquiera la probada pericia de la detective parece suficiente para desvelas el venenoso secreto del asesino.

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– Siento molestarla otra vez con la misma historia -dije-. Sé que ya habló con Morley Shine hace unos meses. Supongo que se habrá enterado de su fallecimiento.

– He visto la necrológica en el periódico esta misma mañana. Lo primero que hice fue llamar a Lonnie y me dijo que ya me llamaría usted. -Se dirigió a la pequeña cocina embaldosada y se acercó a un saliente que servía de banco de carpintero y de barra de bar, y que tenía debajo dos taburetes de madera. Enganchó el bastón en el borde del saliente, cogió una jarra de vidrio, la puso bajo el grifo y la llenó de agua. Juntó las flores con elegancia, las introdujo en la jarra, puso ésta en el alféizar y se secó las manos con un paño-. Siéntese -dijo. Sacó un taburete y se encaramó en él mientras yo hacía lo propio.

– Trataré de ser lo más breve posible -dije.

– Si es para crucificar a ese gusano, tómese todo el tiempo que quiera.

– ¿No resulta un poco desagradable vivir en la misma zona, a cien metros de donde vive él?

– Eso espero -dijo. Y con tanto resentimiento que las palabras vibraron. Miró hacia la mansión-. Si a mí me resulta desagradable, imagínese lo que tiene que resultarle a él. Le revienta que no quiera irme. Daría cualquier cosa por echarme.

– ¿Puede hacerlo?

– Si yo no quiero, no. Isabelle me legó el chalet en el testamento. La finca la compraron ella y Kenneth hace muchos años. Les costó una fortuna. El matrimonio se deshizo y ella se la quedó en el reparto de bienes. Cuando se casó con David, no se incluyó entre los bienes gananciales. Incluso le hizo firmar un convenio prematrimonial.

– Todo muy práctico, ¿no? ¿Hizo lo mismo con los demás maridos?

– No le hizo falta. Los dos primeros eran ricos. Kenneth fue el segundo. Con David fue distinto. Todos le decían que iba detrás de su dinero. Seguramente creyó que el convenio prematrimonial demostraría que no era así. Menudo chasco.

– Entonces, ¿no es propietario legal de la finca?

Simone negó con la cabeza.

– Isabelle rehízo el testamento y se la dejó en usufructo. Cuando muera, y ojalá ocurra pronto, pasará a Shelby, la hija de Isabelle. El chalet es mío, mientras siga con vida, naturalmente. Cuando me muera, volverá a manos de quien posea la finca legalmente.

– ¿Y no tiene usted miedo?

– ¿De David? En absoluto. Ha matado impunemente una vez, pero no tiene un pelo de tonto. Lo único que tiene que hacer es mantenerse firme. Si gana el juicio civil, se queda con todo, ¿no?

– Eso tengo entendido.

– Puede salir triunfante y más fresco que una rosa. No le conviene dar ningún paso en falso. Si me ocurriese algo, él sería el primer sospechoso.

– ¿Y si pierde?

– Sospecho que ya ha comprado el billete para huir a Suiza. Estoy convencida de que ha estado pasando dinero a alguna cuenta secreta. Es demasiado listo para matar por segunda vez. No tendría lógica.

– Pero, ¿por qué Isabelle dispuso las cosas de ese modo? Fue como tentar al diablo. Tal como yo lo veo, habría podido sucederle lo peor igualmente entre la firma del convenio prematrimonial y el momento de rectificar el testamento.

– Estaba enamorada de él. Quería hacer bien las cosas por él. Pero además era una mujer práctica. Era su tercer marido y no quería que la desvalijaran. Mírelo desde su punto de vista. Cuando una se casa, no piensa que el marido vaya a matarla. Porque si de veras se teme que ocurra, entonces no hay boda. -Miró el reloj-. Dios mío, es casi la una. No sé qué sentirá usted, pero yo me muero de hambre. ¿Ha comido ya?

– Haga lo que tenga que hacer -dije-. No voy a quedarme mucho rato. Ya comeré algo por el camino cuando vuelva a la oficina.

– No es ninguna molestia. Quédese, por favor. Iba a prepararme unos bocadillos. Y preferiría comer acompañada.

Me pareció una invitación sincera y esbocé una sonrisa por toda respuesta.

– Está bien, se lo agradezco.

5

Se acercó a la cocina y empezó a sacar cosas del frigorífico.

– ¿Quiere que la ayude?

– No, gracias. Además, en esta cocina no cabemos las dos. Los hombres la encuentran agradable, a no ser que les guste cocinar. Entonces me echan de aquí y tengo que ponerme donde está usted.

Me volví a medias para mirar la parte que tenía detrás.

– Una casa preciosa -observé.

Se ruborizó con satisfacción.

– ¿Le gusta? La proyectó Isabelle; fue lo primero que hizo profesionalmente.

– ¿Estudió arquitectura? No lo sabía.

– Bueno, la verdad es que no, pero en ciertos aspectos pasaba por profesional. Eche un vistazo, si quiere. Sólo tiene treinta metros cuadrados.

– ¿Sólo? Parece más grande. -Salí al porche con ganas de ver cómo se relacionaba la distribución general con el interior. Con las ventanas abiertas de par en par, podía seguir hablando con ella mientras daba la vuelta a la casa. El chalet parecía construido en miniatura, como si las dimensiones normales se hubieran reducido a las de una casa de muñecas para adultos. No faltaba detalle alguno, ni se había desaprovechado el espacio. Descubrí incluso una pequeña chimenea. Me asomé al interior para ver el hogar y la campana, y todo era de una pieza. Algunas superficies interiores, como el fogón, los zócalos y la parte inferior de las repisas, se habían cubierto con azulejos pintados con motivos florales blanquiazules-. Es precioso.

A Simone se le iluminó la cara con una sonrisa.

Me aparté de la ventana y rodeé la casita. Allí donde daba el sol había hierbas aromáticas. Cada vez que soplaba la brisa percibía el aroma del tomillo y la albahaca. El chalet estaba en una cornisa del terreno cubierta de hierba y que tenía forma de media luna; más allá del borde caía en pendiente la falda de la loma, sembrada confusamente de robles virginianos y carrascas. En el horizonte se divisaban las montañas que se alzaban al otro lado de Santa Teresa. Volví a entrar por la única puerta de la casa, que daba directamente a la cocina.

– Tendría usted que ver mi casa. Produce la misma impresión que ésta. Una especie de refugio en pequeño.

Proseguí la inspección mientras Simone cortaba una hogaza de pan en rodajas. Los muebles imitaban el estilo rústico: una mesa de madera de pino, dos sillas de asiento de mimbre, una arquimesa rinconera con vidrios teñidos de azul, una cama de latón con un edredón encima, blanco sobre blanco. El cuarto de baño era pequeño y la única estancia de la casa totalmente cerrada. Lo demás se reducía a una sala única con zonas definidas según la función que desempeñaban. Todo estaba al descubierto, aireado, en orden, lleno de luz. Cada detalle era perfecto, como en una revista de interiorismo. Había vistas desde las ventanas delanteras y laterales, pero no desde atrás, punto donde la cuesta ascendía con inclinación pronunciada hacia la casa principal.

Acerqué el taburete al saliente de la cocina y la observé mientras preparaba los bocadillos. Había sacado ya los platos, los cubiertos y las servilletas blanquiazules de hilo, y me lo entregó todo. Puse la mesa para dos.

– Si no estudió arquitectura, ¿cómo hizo los planos?

– Trabajó como ayudante, sin cobrar, en el despacho de un arquitecto local. No me pregunte por qué la aceptó aquel hombre. Iba cuando le apetecía y hacía lo que le gustaba.

– No está mal -dije.

– Allí conoció a David, que trabajaba en el mismo despacho. El jefe de Isabelle se llamaba Peter Weidmann. ¿Ha hablado ya con él?

– No, pero quiero hacerlo en cuanto me vaya.

– Estupendo. Peter y Yolanda viven cerca. A kilómetro y medio de aquí. Él es un hombre simpático, ya jubilado. Le enseñó un montón de cosas. A Isabelle, que era una artista nata, le faltaba disciplina. Podía hacer lo que se propusiera, pero perdía el tiempo divagando, fantaseando con ideas grandiosas que no ponía en práctica por pereza. Dejó de interesarse por un sinfín de cosas; hasta que se dedicó a esto.

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