Brad Meltzer - Los Pasadizos Del Poder

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Sombra es el nombre en clave que el Servicio Secreto ha dado a Nora Hartson, la hija del Presidente de Estados Unidos, una de las mujeres más vigiladas del mundo. Michael Garrick, un joven abogado del Departamento de Presidencia, empieza a salir con Nora sin tener en cuenta que ella también es Sombra y que mil ojos se posan sobre ambos. Una noche presencian algo que no deberían haber visto y quedan atrapados en una trama secreta urdida por alguien muy poderoso. Ambos jóvenes se convierten en un estorbo para quienes han hecho de la corrupción política el medio habitual para conseguir sus fines.

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– Encontramos a Vaughn -dice Adenauer-. Y la pistola, basta de mentiras, Michael. ¿Lo hizo por Nora?

– Le estoy diciendo que…

– ¡Deje ya de cabrearme, coño! -explota Adenauer-. ¡Cada vez me cuenta una historia diferente!

Veinte segundos.

– ¡No es ninguna historia! ¡Es mi vida!

– No tiene más que venir aquí. -Está tratando de ponerse amable, preocupado de que me escape-. Si nos ayuda, si nos entrega a Nora, le prometo que todo el proceso será mucho más fácil.

– Eso no es verdad.

– Sí que es verdad. Sea usted listo, Michael. Cuanto más tiempo esté huido, peor pintarán las cosas.

Diez segundos.

– Tengo que marcharme -digo con voz temblorosa-. Necesito… necesito pensar.

– Dígame simplemente que vendrá usted. Déme su palabra y estaremos de su lado. ¿Qué me dice?

– Tengo que irme.

Se le ha agotado la paciencia y yo estoy a punto de colgar.

– Déjeme decirle algo, Michael: ¿recuerda que Vaughn le dijo que se necesitaban ochenta segundos para localizar una llamada telefónica?

– ¿Pero cómo…?

– Estaba equivocado -dice Adenauer-. Nos vemos.

Cuelgo el teléfono de golpe y me vuelvo lentamente. Detrás de mí hay una muchedumbre de viajeros haciéndose sitio a codazos por la escalera mecánica. Hay al menos tres personas que me miran directamente: una mujer con gafas de sol estilo Jackie Onassis y dos hombres que me observan por encima de un periódico. Antes de que pueda reaccionar, los tres desaparecen por la escalera. La mitad de la gente baja hacia el metro; la otra mitad sube hacia la salida de la calle. Escudriño el resto de la multitud en busca de miradas sospechosas y movimientos forzados. Esto es Washington D. C, a la hora punta. Cualquiera puede ser.

Mi cuerpo se tensa. Siento la tentación de echar a correr, pero no lo hago. No tendría sentido. No pueden localizar una llamada a través de la central. Es imposible: lo único que pretende es que me asuste, que cometa una equivocación. Descubierto el farol, doy un paso vacilante hacia la muchedumbre. Por muy buenos que sean, nada es tan rápido. Sigo diciéndome a mí mismo esa frase al subir en la escalera mecánica y quedar absorbido por la masa de gente.

Aprieto la mandíbula, procurando olvidarme del tobillo. Nada que pueda hacer que parezca fuera de lugar. Echo una ojeada en derredor cuando llegamos arriba, pero todo está tranquilo. Van pasando coches, los viajeros se dispersan. Sigo a otros dos pasajeros hasta la parada de taxis inmediata, me pongo en la cola y cojo uno. Sólo otro día más de trabajo.

– ¿Adonde? -me pregunta el taxista al entrar.

No hago caso de la pregunta y miro, nervioso, a derecha e izquierda. En busca de un apoyo de seguridad, mi mano se va por instinto hacia la corbata. Pero al ir a tocarla, me doy cuenta de que no está. Casi lo había olvidado. Estaba llena de sangre.

– Vamos a ver -me dice el taxista-. Necesito que me diga un destino.

– No lo sé -tartamudeo al fin.

Me mira por el retrovisor.

– ¿Se encuentra usted mal?

Vuelvo a ignorar la pregunta. No puedo creer que Adenauer tenga la cinta, sabía que nunca tenía que haber dejado que Caroline empezara a grabar, incluso aunque la paré pronto, hay lo bastante como para… No quiero ni pensarlo. Me inclino hacia adelante sobre la tapicería sucia del asiento y me sujeto entre las manos el tobillo hinchado y me siento a punto de colapso. Puede que haya conseguido salir de los suburbios, pero tengo que planear algo. Sigo necesitando algún sitio adonde ir. Algún sitio donde pensar.

Mi casa no sirve. Ni el apartamento de Trey. Ni el de Pam. Tengo unos cuantos amigos de la universidad y la Facultad de Derecho, pero si el FBI manda a gente a casa de mi primo, eso significa que están cubriendo todas las posibilidades de mi expediente, y alguna más. Y tampoco estoy dispuesto a hacer correr riesgos a más amigos y parientes. El ojo se me empieza a torcer una vez más. No hay manera de evitarlo. Todo depende de mí.

Todo lo que queda es un motel que esté cerca. No es mala opción, pero tengo que hacerlo con mucho cuidado. Nada de tarjetas de crédito, ni nada que los pueda llevar hasta mí. Abro la cartera y veo que estoy casi seco: sólo me quedan veinte dólares en efectivo, mi billete de dos dólares de la suerte y una tarjeta del metro. Lo primero es lo primero.

– ¿Qué me dice de un cajero automático?

– Eso ya está mejor -dice el taxista.

Introduzco la tarjeta en la ranura y marco el PIN de cuatro números. Incluso teniendo en cuenta el límite diario de seiscientos dólares que pone el banco para los reintegros, tendría que haber más que suficiente para poder pasar la noche. Luego empezaré a pensar en una solución. Tecleo la cantidad de dinero y espero que la máquina haga sus movimientos y ruiditos. Pero en vez de oír el siseo de los billetes al salir, veo en la pantalla un mensaje que dice: «Esta operación no puede realizarse. Espere un momento.»

¿Qué? Puede que intentase sacar demasiado. Aprieto el botón de cancelar para empezar de nuevo. Esta vez aparece un nuevo mensaje: «Para recuperar su tarjeta, póngase en contacto con el director de su oficina o con su entidad financiera local.»

– ¿Qué? -aprieto otra vez cancelar, pero no hay respuesta. La máquina vuelve al principio y en la pantalla aparecen las palabras «Por favor, introduzca la tarjeta». No lo entiendo. ¿Pero cómo…? Miro fijamente la máquina y recuerdo que el informe general del FBI incluye la relación de todas las cuentas bancarias en activo-. ¡Mierda! -exclamo, dando un puñetazo contra el vidrio irrompible. Se han quedado mi tarjeta.

Me niego a rendirme y saco una tarjeta de crédito y la meto en la máquina. Sólo necesito un anticipo en efectivo. Pero, sin embargo, de nuevo aparecen en la pantalla las palabras «Esta operación no puede realizarse. Espere un momento».

El sol apenas ha empezado a ponerse, así que cuando me doy la vuelta todavía hay luz suficiente para que el taxista pueda ver la expresión de mi cara. Pone una marcha. Reconoce una carrera inútil en cuanto la ve.

– ¡Espere! -le grito.

Los neumáticos chirrían. Se ha largado. Y yo estoy en medio de la calle. La última vez que me pasó esto, tenía siete años. Volviendo a casa desde la peluquería del pueblo, papá decidió coger un atajo nuevo a través del patio de la escuela recién asfaltado. Dos horas más tarde se le había olvidado dónde vivíamos. Podía haber ido a un teléfono público y llamar a mi madre, pero eso no se le ocurrió.

Por supuesto que, entonces, aquello era una aventura. Perdido en el laberinto de edificios de apartamentos, no paraba de bromear acerca de que estuviésemos donde estuviésemos, aquél sería su sitio preferido para jugar al escondite. Yo no podía parar de reír. Es decir, hasta que él se puso a llorar. Sentirse frustrado siempre le causaba aquel efecto. Aquel lamento agudo de adulto desesperado es uno de mis recuerdos más antiguos, y uno que desearía poder olvidar. Pocas cosas se te clavan tan adentro como las lágrimas de un padre.

Aun así, aun viniéndose abajo, intentaba protegerme, refugiándome entre las paredes de cristal de una cabina telefónica.

«Tendremos que dormir aquí hasta que mamá nos encuentre», dijo cuando empezaba a oscurecer.

Yo me senté en la cabina. Él se apoyó contra ella por fuera. A los siete años, yo estaba verdaderamente asustado. Pero ni la mitad de asustado que ahora.

CAPÍTULO 35

Para las seis menos cuarto estoy refugiado en el mejor escondrijo accesible por metro, de mucho tráfico y abierto las veinticuatro horas que se me ha ocurrido: el Aeropuerto Nacional Reagan. Antes de decidirme por mi asentamiento actual, hice una escala en la consigna de equipajes fuera del Terminal C. Por dos dólares y setenta y dos centavos vendí mi billete de dos dólares de la suerte y todo el suelto que llevaba en el bolsillo lo di por una bolsa de viaje de plástico negro que estaban a punto de devolver al fabricante por defectuosa. ¿Qué importa que la cremallera no se abra?, no es como si la necesitase para viajar. Sólo la necesito para dar el tipo. Y como la combino con un billete anulado que pesqué en una papelera, cumple su función.

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