Brad Meltzer - Los Pasadizos Del Poder

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Sombra es el nombre en clave que el Servicio Secreto ha dado a Nora Hartson, la hija del Presidente de Estados Unidos, una de las mujeres más vigiladas del mundo. Michael Garrick, un joven abogado del Departamento de Presidencia, empieza a salir con Nora sin tener en cuenta que ella también es Sombra y que mil ojos se posan sobre ambos. Una noche presencian algo que no deberían haber visto y quedan atrapados en una trama secreta urdida por alguien muy poderoso. Ambos jóvenes se convierten en un estorbo para quienes han hecho de la corrupción política el medio habitual para conseguir sus fines.

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– Aquí Pam -dice al descolgar el teléfono.

– Hola -digo, tratando de sonar animoso. Después de nuestra última conversación, probablemente esté dispuesta a hacerme trizas.

Hace una pausa lo bastante larga como para permitirme saber que ha reconocido mi voz. Cierro los ojos y me preparo para una buena regañina.

– ¿Cómo estás, Pete? -pregunta con cierta tensión en la voz.

Algo no va bien.

– ¿Es mejor que…?

– No, no -me interrumpe-. El FBI no ha venido… no podrán localizar las líneas de teléfono…

Es todo lo que necesitaba oír. Cuelgo el teléfono de un golpe. Tengo que dárselo a ella… sin tener en cuenta lo enfadada que estuviera, se ha portado. Y tendrá problemas gordos por esto. Pero si ya han acosado a uno de mis mejores amigos… Demonios, puede que Trey ni siquiera lo supiera. Puede que ellos ya… Dejo el teléfono y corro hacia el taxi.

– Larguémonos de aquí -le lanzo al conductor.

– ¿Adonde? -me pregunta, haciendo chirriar los neumáticos en dirección a la avenida de Wisconsin.

Sólo tengo una opción más.

– Potomac, Maryland.

CAPÍTULO 34

– Casi estamos -anuncia el taxista al cabo de veinte minutos.

Levanto la cabeza justo lo suficiente para atisbar por la ventanilla izquierda. Arriates de flores, césped bien cortado, cantidad de callejones sin salida. Cuando pasamos de largo ante las McMansions recientemente construidas que salpican el paisaje demasiado-consciente-para-ser-natural de Potomac, me dejo resbalar en el asiento, tratando de quedar a cubierto de las miradas.

– Menudo barrio -dice el conductor con un silbido-. Fíjese en las ranas del césped de ésa.

No me molesto en mirar. Estoy demasiado ocupado intentando pensar en otros sitios a los que huir. Es más difícil de lo que me había figurado. Gracias a la investigación inicial de antecedentes que hace el FBI, en mi expediente está toda la red al completo. Familia, amigos. Ellos lo comprueban todo, se apoderan de tu mundo. Lo que significa que si busco ayuda tengo que buscarla fuera del laberinto. La cosa es que, si alguien está fuera del laberinto, suele ser por una buena razón.

– Ahí es -digo, señalando lo que tengo que admitir que es una casa impresionante de estilo colonial de Nueva Inglaterra en la esquina de la Buckboard Place.

– ¿Tuerzo por aquí? -pregunta el taxista.

– No, siga recto.

Al pasar frente a la casa me giro para observarla desde la ventanilla trasera. Unos doscientos metros más allá señalo el camino de entrada vacío de una caseta desastrada. Césped sin cuidar, persianas despintadas. Igual que nuestra antigua casa. La vergüenza del vecindario.

– Pare aquí -digo, escudriñando las ventanas polvorientas de la fachada. No hay nadie. Esta gente trabaja.

Sin decir palabra entramos en el camino que va perpendicular a la calle. Detiene el coche de tal manera que sólo el maletero y la ventanilla de atrás quedan ocultos por la casa vecina. Es un magnífico escondite: una habitación con vistas.

En diagonal, más abajo de la manzana, mantengo la vista fija en la casa colonial. Tiene un amplio garaje para dos coches. El camino de entrada vacío.

– ¿Cuánto habrá que esperar hasta que vuelva? -pregunta el taxista-. Esto está subiendo de lo lindo.

– Ya le he dicho que le pagaré. Además -añado mirando el reloj-, esa persona llegará en seguida, ya no trabaja a jornada completa.

El taxista pone el taxímetro en espera y lleva la mano a la radio.

– ¿Qué le parece si pongo las noticias para que podamos…?

– ¡No! -bramo.

– Lo que usted quiera, hombre -dice enarcando una ceja-. Lo que usted quiera.

Al cabo de quince minutos, Henry Meyerowitz aparece en la calle conduciendo su crisis de madurez personal: un descapotable Porsche negro de 1963. Muevo la cabeza al ver las matrículas personalizadas que dicen fumar. Odio a la familia de mi madre.

Para ser justos, sin embargo, es el único que alguna vez me echó una mano. En el funeral me dijo que tenía que llamarlo, que le encantaría invitarme a una buena cena. Cuando se enteró de que había conseguido un trabajo en la Casa Blanca, reiteró la oferta. Con la esperanza de tener una relación familiar que pudiera significar algo, le tomé la palabra. Me acuerdo de venir explorando hasta aquí la semana después de empezar a trabajar, tuve que usar incluso un mapa de la Asociación Americana de Automovilistas para manejarme por las callejuelas laterales, pero hasta que me vi dando vueltas por la propia urbanización no me di cuenta de que no habían invitado a mi padre. Sólo a mí. Sólo a la Casa Blanca.

Peor para ellos, pero siempre ha sido un negocio conjunto. No me importa si son la otra parte de la familia, hicieron lo mismo con mi madre. Si no querían a mis padres, no me tendrían a mí. Después de pasarme casi una hora aparcado a la vuelta de la esquina, me fui a una gasolinera y lo llamé por teléfono para decirle que me había surgido algo. Y nunca volví a llamarlo. Hasta ahora.

Henry toma a la izquierda para entrar en Buckboard Place y yo cojo la manilla de la puerta del taxi. Estoy a punto de abrirla cuando descubro que un sedán negro se mete detrás de él en el camino de acceso. Dos hombres salen del coche. Trajes oscuros. No tan robustos como los del Servicio Secreto. Más como los tipos de mi edificio. Se acercan a mi primo, abren una carpeta y le enseñan una fotografía. Estoy bastante más allá de la calle, pero puedo descifrar desde aquí su lenguaje corporal.

No lo he visto, dice mi primo moviendo la cabeza.

¿Le importa que entremos de todos modos?, pregunta el primer agente, señalando la puerta.

Por si acaso aparece, añade el segundo agente.

Henry Meyerowitz no tiene elección. Se encoge de hombros. Les indica que pasen con un gesto.

La puerta de la casa estilo colonial de Nueva Inglaterra se va a cerrar ante mis narices.

– Vámonos de aquí -digo al taxista.

– ¿Qué?

– Que nos vayamos de aquí. Por favor.

Los agentes del FBI están entrando detrás de mi primo. Instintivamente, el taxista gira la llave y el motor ruge.

– ¡Todavía no! -le grito.

Demasiado tarde. El taxi se estremece y arranca. El agente que está más cerca de la puerta se para. Yo no me muevo. El agente se gira desde la puerta y mira hacia nosotros. Aguza la vista intensamente pero no ve nada. Todo va bien, me digo para mis adentros. Me parece que desde este ángulo estamos…

– ¡Allí! -grita, señalándonos con el dedo-. ¡Allí está!

– ¡FBI! -chilla el primer agente sacando una placa.

– ¡Vámonos de aquí! -le grito al taxista.

No se mueve.

– ¿A qué espera?

La triste mirada de sus ojos lo dice todo. No arriesgará su medio de vida por una carrera.

– Lo siento, muchacho.

Miro por la ventanilla de atrás. Los dos agentes se acercan. La decisión es simple. No voy a ser un prisionero. Por ahí fuera todavía tengo una oportunidad. Y si me entrego, nunca descubriré la verdad.

Abro la puerta de una patada y salto afuera. Como sé que sólo me quedan unos pocos dólares en la cartera, me arranco los gemelos presidenciales, se los tiro al taxista por la ventanilla y salgo corriendo. Sin saber muy bien adonde ir, me precipito por el camino arriba y rodeo la casa por un lado. Detrás de mí, el taxista hace un giro de cuarenta y cinco grados hacia atrás, justo lo suficiente para bloquear el paso de los agentes.

– ¡Quite esta mierda de aquí! -le chilla uno de los agentes mientras yo paso por el patio trasero. Agarro dos postes de la valla de madera que rodea el patio y salto por encima. Aterrizo en el patio de la casa abandonada y oigo a los del FBI trepar por encima del taxi, sus zapatos resuenan contra la chapa de metal.

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