Brad Meltzer - Los Pasadizos Del Poder

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Sombra es el nombre en clave que el Servicio Secreto ha dado a Nora Hartson, la hija del Presidente de Estados Unidos, una de las mujeres más vigiladas del mundo. Michael Garrick, un joven abogado del Departamento de Presidencia, empieza a salir con Nora sin tener en cuenta que ella también es Sombra y que mil ojos se posan sobre ambos. Una noche presencian algo que no deberían haber visto y quedan atrapados en una trama secreta urdida por alguien muy poderoso. Ambos jóvenes se convierten en un estorbo para quienes han hecho de la corrupción política el medio habitual para conseguir sus fines.

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A las dos y quince de la mañana, un vuelo retrasado de Chicago llega a la terminal de US Airways. Cuando la gente sale del avión, dos guardias de seguridad se me acercan y me dicen que la terminal se cierra.

– Perdone, tenemos que pedirle que se marche -dice el segundo guardia.

Para asegurarme de que no me ven bien la cara, mantengo la cabeza baja y sólo les dejo ver el logotipo de los Dolphins.

– Creí que estaba abierto las veinticuatro…

– Las puertas se cierran por razones de seguridad. La terminal principal está abierta toda la noche. Si quiere usted esperar allí, puede hacerlo.

Sin levantar la vista, cojo la bolsa de viaje y dejo atrás la CNN.

A las tres de la mañana estoy tumbado en un banco pequeño junto a la cabina de información con la bolsa tapándome el pecho. En los últimos quince minutos, los guardias han echado a dos vagabundos. Yo llevo traje. Me dejan en paz. No es un escondite muy bueno, pero sí uno de los pocos donde me dejarán dormir. Aquí el metro no es como en Nueva York, aquí cierra a medianoche. Además, si las autoridades me están buscando, buscan a alguien que pretende marcharse. Y yo quiero quedarme.

Durante los quince minutos siguientes, me cuesta un buen trabajo mantener la cabeza levantada, pero tampoco consigo tranquilizarme lo suficiente como para dormir de verdad. Naturalmente, ando pensando en Nora y en cómo va a reaccionar, pero la auténtica verdad es que no puedo dejar de pensar en mi padre. A estas alturas, la prensa ya estará metiendo la excavadora en todo el resto de mi vida. No tardarán mucho en encontrarlo. Y por muy independiente que sea, sé que no está hecho para una cosa como ésta. Nadie lo está. Excepto, tal vez, Nora.

En un fundido, mi mente se va al camino del parque de Rock Creek. Siguiendo a Simon. Pillado con el dinero. Diciendo que era mío. Ahí empezó la bola de nieve. Hace apenas dos semanas. Desde ahí, las imágenes se precipitan. Vaughn muerto en la habitación del hotel. Nora en el tejado de la Casa Blanca. Los ojos de Caroline, uno recto, el otro torcido. Las escenas se emborronan entre sí y voy dibujando mentalmente cómo podría haber sido distinto. Siempre había una salida fácil, sólo que yo… no quería cogerla. No merecía la pena. Hasta ahora.

En Washington… No. En la vida… hay dos mundos separados. Uno es lo que se percibe como importante, y otro lo que es en realidad. Hace demasiado tiempo que comprendí que hay una diferencia.

Como los párpados se me cierran, tiro de la bolsa de viaje y me la subo hasta la barbilla. Va a ser una noche fría, pero por lo menos he tomado una decisión. Estoy harto de estar atrapado en una cabina telefónica.

CAPÍTULO 36

Simon se levanta a las cuatro treinta de la madrugada, se da una ducha rápida y se afeita. La mayor parte de los días, duerme por lo menos hasta las cinco treinta, pero si quiere ganar a la prensa, hoy tiene que salir pronto. Naturalmente, todavía no estará el periódico delante de la puerta, pero de todos modos lo comprueba.

Afuera, donde yo estoy sentado, es completamente de noche, de modo que puedo seguir el rastro de las luces según va del dormitorio al cuarto de baño y a la cocina. Por lo que veo, tiene una casa de buen gusto en un barrio de buen gusto. No está en la mejor de todas las urbanizaciones que florecen por Virginia, pero por eso la escogió. Me acuerdo de cuando nos contaba la historia en el último retiro de personal. El día que su mujer y él iban a pujar por la casa, los llamó su agente inmobiliario para hablarles de una flamante casa nueva en una zona cotizada de McLean. Por supuesto que era más cara, argumentó la mujer de Simon, pero se la podían permitir. Simon no quiso saber nada de ella. Si quería enseñarles a sus hijos los valores importantes, tenían que tener algo a lo que aspirar. No se gana nada estando siempre en lo más alto.

Pensándolo ahora, esa historia probablemente es una sucia mentira. Hasta hace unas pocas semanas, Simon era un hombre en cuya palabra se podía confiar. Lo que, por extraño que resulte, es precisamente la razón por la que ahora yo estoy sentado en el asiento delantero derecho de su Volvo negro.

Sigue siendo noche cerrada cuando Simon sale por la puerta trasera de su casa. Lo observo mientras echa la llave y revisa el patio. Todavía es temprano. No hay periodistas a la vista. Al caminar hacia la calle de entrada, lleva el paso de un hombre sin preocupaciones. Más bien, un hombre despreocupado, diría yo. Ni siquiera me ve al dirigirse hacia la puerta del conductor de su coche. Está demasiado ocupado pensando que se ha salido con la suya.

Arroja el maletín sobre mi regazo y se desliza en el asiento de cuero como cualquier otro día.

– Buenos días, señor Gusano… soy el pájaro temprano -le anuncio.

Sobresaltado, se agarra el pecho y deja caer las llaves. Así que tengo que recogérselas. En pocos segundos, sus hombros de tabla de planchar se cuadran, airados. Se pasa una mano por el pelo sal y pimienta y su calma inmutable vuelve a instalarse más de prisa incluso de lo que se fue. Se vuelve hacia mí y la luz interior del coche se le refleja en la cara. Con un tirón airado, cierra de un portazo y regresa la oscuridad.

– Pensé que esperarías hasta que llegase a la oficina -dice con una voz que es puro granito.

– ¿Se cree que soy tan idiota? -pregunto.

– Dímelo tú, ¿quién es el que ha dormido en mi coche?

– No he dormido aquí, estaba…

– ¿… simplemente vigilando a tu jefe a las cinco de la madrugada? ¡Vamos! -añade-. No pensarías de verdad que la cosa te iba a salir bien, ¿o sí?

– ¿Que me iba a salir bien qué?

– Se acabó, Michael. Más te vale alegar locura que inocencia. -Se ríe para sus adentros y añade-: Pero yo tenía razón, ¿lo ves? Caroline lo organizó y tú recogiste el dinero.

– ¿Qué?

– Ni siquiera se me hubiera ocurrido si no te hubiera descubierto aquella noche. Después, cuando supe lo que había pasado con mi pago… cuando los guardias confiscaron aquellos diez mil, fue cuando todo se vino abajo, ¿verdad? Ella pensó que tú se lo quitabas a ella. Por eso lo hiciste, ¿verdad? ¿Por eso la mataste?

– ¿Que yo la maté?

– Ésa es una salida de tonto, Michael. Lo fue entonces y lo es ahora. Nunca conseguirás que te salga bien dos veces.

– ¿Cómo dos veces? -No sé de qué me habla, pero está claro que tiene su propia versión de la realidad. Es hora de soltar la mierda-. Yo no soy ningún hipócrita, Edgar. Lo vi aquella noche en el Pendulum. Estaba allí.

– Hay una buena explic…

– Dele todas las vueltas que quiera, no por eso dejaría de estar pagando el chantaje. Cuarenta mil para que el armario esté bien cerrado. -Me lanza una mirada-. ¿Lo sabe su mujer? ¿Le ha…?

– ¿Has traído un micrófono? -me interrumpe-. ¿Por eso estás aquí?

Antes de que pueda reaccionar lanza el brazo hacia adelante y me golpea en el pecho con la mano abierta.

– ¡No me toque! -grito, apartándolo.

Al comprobar que no llevo nada en la camisa, vuelve a reclinarse en el asiento. Yo muevo la cabeza diciendo que no al hombre que antes era mi jefe.

– Ni siquiera se lo ha dicho todavía, ¿verdad? Anda jugando por ahí y ella todavía no lo sabe. ¿Y sus hijos? ¿También les miente? -Al darme cuenta de que he captado su atención, señalo hacia su casa con el hombro-. Ellos son los que lo pagarán, Edgar.

Vuelve a pasarse la mano por el pelo. Por primera vez desde que lo conozco, la sal y la pimienta del cabello no vuelven a su sitio.

– Tengo que decírtelo, Michael, no creí que fueras así. -Por el modo en que su voz se demora en cada palabra, deduzco que está conmocionado. Puede que hasta aterrado. Pero no es eso. Sólo está decepcionado.

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