Los dos hombres lo miraron con curiosidad.
– ¡Lluvia acida! Vaya día de perros ha tenido.
El ruso sonrió; el albanés, que no tenía sentido del humor, no pilló el chiste. Había metido el cuerpo del Hombre del Tiempo en el tanque de ácido sulfúrico, como era habitual; dentro de un par de días trasladaría los huesos al tanque del ácido clorhídrico. Después de eso, no quedaría ni rastro de él.
– Nuestro problema -prosiguió Venner- es que no sabemos qué ha hecho, qué ha podido decir. Y mintió sobre el teléfono, ¿verdad?
El albanés asintió con la cabeza.
– Estaba en coche, fuera, encendido.
– Sabemos qué significa eso, ¿verdad? -dijo Venner.
Sus dos empleados asintieron.
– La policía puede pedir a su compañía telefónica que determine su ruta por Brighton y Hove, horas y lugares exactos. Caballeros, me temo que hay que largarse. Hay que salir de aquí y volver a Albania hasta que la cosa se calme.
– Yo prefiero quedar aquí -dijo el ruso.
Venner se dio unos golpecitos en el pecho.
– Tengo cincuenta y nueve años. ¿Te crees que quiero pasar el resto de mi vida en ese país de mierda, si puedo evitarlo? Hasta tiene las mujeres más feas. Estamos aquí, en este país, porque nos gusta. Pero la habéis cagado.
– ¿En qué? -dijo el ruso, que ahora parecía enfadado.
– ¿En qué? -dijo Venner, como si le asombrara la pregunta-. Mik deja que le sigan desde Kemp Town hasta un aparcamiento del centro de Brighton…
– Sí, pero perder policía en aparcamiento -lo interrumpió el albanés.
– Sí, y el puto Golf también.
– Yo recuperar.
Pasando de él, Venner dirigió su ira contra el ruso.
– El idiota de tu hermano llama la atención de la policía, luego tiene un accidente de coche y deja que se lleven el portátil con nuestra película de D'Eath, ¿y eso no te parece una cagada?
El ruso se quedó callado.
– Esto es lo que vamos a hacer -dijo Venner, en un tono más conciliador de repente-. Vamos a grabar la película del señor y la señora Bryce ahora mismo y a librarnos de ellos. Después, nos largamos. Esta tarde nos vamos a París. Y desde allí seguiremos el viaje. ¿De acuerdo?
Los dos hombres asintieron en silencio.
– ¿Dónde grabar película? -dijo entonces el albanés.
– Aquí -dijo Venner-. En esta habitación. Tengo algunas ideas creativas. El señor Bryce nos ha hecho sufrir mucho. Y me gustaría que primero viera todas las cosas que vamos a hacerle a la señora Bryce.
Miró al ruso.
– Roman, súbelos. Desátales sólo las piernas y amordázalos con cinta adhesiva. Siempre me ha gustado arrancar esa cosa.
Y, de repente, de mejor humor al pensar en algunas de las cosas tan imaginativas que iba a hacerles a los Bryce, Carl Venner empezó a tararear.
– ¡Tom!
La urgencia repentina del susurro de Kellie hizo que Tom alzara la vista. «¡Mierda!» El rectángulo de luz había vuelto a aparecer al fondo de la habitación. Alguien estaba entrando, un hombre alto y delgado vestido de negro. El europeo del Este.
Tom se tiró al suelo, encima de la Palm para tapar la luz. Rápidamente, buscando a tientas con las manos, encontró la PDA, localizó el botón de encendido y lo pulsó para apagarla. ¿Había venido el hombre a vaciar el cubo?, se preguntó Tom, un poco irracionalmente. Presionó los brazos con fuerza contra los costados y juntó mucho las piernas para fingir lo mejor que pudo la postura original en la que le habían atado. Se quedó inmóvil, observando la luz de la linterna brincando sin parar por el suelo en dirección a ellos.
Luego, le enfocó directamente a la cara.
– Señor Bryce, ahora yo llevar ustedes arriba. ¡Nosotros convertir a usted y señora Bryce en estrellas de cine!
Tom, temblando de miedo, estaba pensando que en cualquier momento el hombre iba a ver que se había quitado las cuerdas. Iba a verlo, ¡a menos que estuviera ciego!
– ¿Qué quiere decir «estrellas de cine»? -dijo Kellie, con la voz rota por el miedo.
El hombre enfocó la luz a su cara.
– ¡Callar! ¿Quizá querer polvo rápido? Señor Bryce, ¿tú mirar mientras yo follar a tu mujer?
El terror de Tom se transformó de repente en ira.
– Tócala y te mato -dijo.
El hombre se giró hacia él y gritó imperiosamente:
– ¡¡Callar, he dicho!! -Enfocó la luz directamente a la cara de Tom-. ¡Basta! ¡¡Tú no amenazar a mí!!
Entonces el hombre se arrodilló. Tom oyó que rompía una tira de la cinta adhesiva y se dio cuenta de qué sucedería después. Parpadeando con fuerza, vio que el hombre se inclinaba sobre él. Olía a colonia, un aroma penetrante y masculino.
Tom husmeó.
Sabía que sólo tendría una oportunidad, sólo una. No lo había pensado con detenimiento, había que hacerlo y ya está. El hombre tenía una tira de cinta adhesiva en las manos.
– Cierra boca -le dijo.
– ¿Puedo sonarme la nariz? -preguntó Tom.
– ¡No!
– ¡Voy a estornudar!
Y en ese momento detectó la duda, sólo una mínima vacilación del hombre. Le bastó.
Saltó hacia un lado, se giró y cogió el cubo con las dos manos. Lo levantó, luego se dio la vuelta y encontró la luz de la linterna enfocándole directamente a la cara. Kellie estaba a salvo a la izquierda, muy fuera de alcance. Con todas sus fuerzas, arrojó el contenido del cubo directamente hacia la luz de la linterna.
Notó unas punzadas de dolor en las manos como picaduras, gotas de ácido, pero apenas se percató porque un grito de agonía terrible y desgarrador le inundó los oídos.
La linterna cayó al suelo. Tom sólo pudo ver al hombre tambaleándose hacia atrás y agarrándose la cara. ¡Tenía que abalanzarse sobre él! ¡Tenía que cogerle antes de que se alejara demasiado!
Tenía que hacerlo.
Tom atacó, lanzándose hacia delante a modo de bloqueo de rugby, consciente de que debía de haber ácido en el suelo, pero ya no le importaba. Era su única oportunidad. De algún modo, con los brazos casi desencajados, consiguió agarrar al hombre por el tobillo derecho justo antes de que la cadena se tensara y lo detuviera con una sacudida. Luego, con una fuerza que ni él mismo sabía que tenía, tiró del tobillo hacia él.
El hombre cayó de espaldas, retorciéndose, gritando, dando alaridos lastimosamente, agarrándose la cara con las manos. Kellie también chillaba.
– ¡Tom! ¡Tom! ¡Tom!
– ¡¡¡Socorro!!! -gritó el ruso-. ¡¡¡Socorro, socorro, socorro, por favor, socorro!!! Luego, se puso a gritar desesperadamente, agarrándose la cara y retorciéndose al mismo tiempo, intentando zafarse de Tom.
El hombre había ido a buscarlos, lo cual, comprendió Tom, implicaba que tenía que llevar encima las llaves de los grilletes. Cogió la linterna y, con todas sus fuerzas, golpeó con ella al hombre en la cabeza. Se oyó un tintineo de cristales y la luz se apagó. El hombre dejó de gritar, de moverse, y, por un instante, el único sonido que se oyó en la habitación fue el espantoso silbido que salía de la cabeza del hombre, acompañado por un olor nuevo, un hedor repugnante a carne y pelo quemados. A Tom le dieron arcadas; el ácido parecía llenar el aire con una bruma cáustica invisible. Oyó que Kellie también tosía.
Encontró la Palm, la encendió y hurgó en los bolsillos del hombre. Casi de inmediato, encontró una cadenita con sólo dos llaves y la sacó. Se levantó, temblando de horror y de miedo, sin saber si en cualquier momento iba a aparecer alguien. Se arrodilló y utilizó la luz de la Palm para encontrar el ojo de la cerradura. Pero le temblaba tanto la mano que no conseguía introducirla.
«¡Dios mío, vamos, por favor!»
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