– ¿Por qué es tan duro consigo mismo? -ella le cogió la mano por encima de la mesa-. Está haciendo todo lo que puede en una situación difícil. Lo comprendo.
Pero había muchas cosas que tal vez ella no entendiera. Chen no respondió de inmediato.
Ella prosiguió.
– ¿Le habló al Secretario del Partido Li del trato que hizo con Gu respecto al aparcamiento?
– No, no le dije nada -había previsto esta pregunta. Li no había mostrado sorpresa alguna al enterarse de su trato con Gu. Dio la impresión de que Li lo conocía.
¿Hasta qué punto estaba Li implicado con los Azules? Como el agente de policía número uno responsable de la seguridad de la ciudad, el Secretario del Partido Li tal vez tuviera que mantener alguna relación de trabajo con la tríada local. En los periódicos del Partido, el eslogan «estabilidad política» aún se recalcaba como la mayor prioridad tras los acontecimientos del verano de 1989. Pero parecía estar más profundamente implicado.
– ¿Y el teléfono móvil de color verde claro de Qian? -preguntó ella-. No recuerdo haber visto ninguno en el mercado.
– Cuando usted estaba en el probador improvisado de la tienda vi a alguien que marcaba un móvil del mismo insólito color.
En el bar sonaba una melodía. Era otra canción que había sido popular durante la Revolución Cultural. Chen no recordaba la letra salvo un estribillo: «Estaremos agradecidos al presidente Mao generación tras generación». Meneó la cabeza.
– ¿Qué ocurre?
– Nada, la canción -sintió alivio al cambiar de tema-. Hay un resurgimiento de esas canciones populares de la época de la Revolución Cultural. Esta es una canción de la Guardia Roja. Wen podría haber bailado la danza del carácter de la lealtad con ella.
– ¿La gente echa de menos esas canciones?
– Son atractivas para la gente, creo, pero no por su contenido sino porque formaron parte de su vida… durante diez años.
– ¿Qué es lo que les da sentido, la melodía o sus recuerdos? – preguntó ella, repitiendo de forma sutil el verso que le había recitado en el jardín de Suzhou.
– No tengo la respuesta -dijo él, pensando en otra pregunta que acababa de aparecer en su conversación.
¿Bailaba él mismo la danza del carácter de la lealtad, en un lugar y tiempo diferentes?
Sería mejor que redactara un informe para el ministro Huang. Todavía no estaba seguro de qué decir exactamente. En este punto de su carrera, lo mejor para él tal vez fuera mostrar su lealtad directamente al ministro de Beijing, evitando al Secretario del Partido Li.
– ¿En qué piensa, inspector jefe Chen?
– En nada.
Oyeron que el Secretario del Partido Li les llamaba desde lejos.
– Camarada inspector jefe Chen, el embarque es dentro de diez minutos.
Li se dirigía hacia el café, señalando la nueva información que aparecía en la pantalla sobre la puerta.
– Ya voy -respondió él antes de volverse a Catherine-. Tengo algo para usted, inspectora Rohn. Cuando Liu hizo sus compras para Wen camino del aeropuerto, elegí un abanico y copié varios versos en él.
Mucho, mucho lamento
No tener un yo que atribuirme,
Oh, ¿cuándo podré olvidar
Todas las inquietudes del mundo?
La noche profunda, el viento quieto, ninguna onda en el río.
– ¿Versos suyos?
– No, de Su Dongpu.
– ¿Puede recitarme el poema?
– No, no recuerdo el resto del poema. Sólo acudieron a mí estos versos.
– Encontraré el poema en alguna biblioteca. Gracias, inspector jefe Chen -se levantó y cerró el abanico.
– Dése prisa. Por favor. Es la hora -urgió el Secretario del Partido Li.
La fila de pasajeros empezó a franquear la puerta.
– Deprisa -ahora Qian estaba al lado de Li, con aquel teléfono móvil de color verde claro en la mano.
Wen y Liu estaban al final de la recién formada cola, cogidos de la mano.
Sería responsabilidad del inspector jefe Chen separarlos y hacer cruzar a Wen aquella puerta.
Y también a la inspectora Rohn.
Junto con una parte de sí mismo, pensó, aunque tal vez la hubiera perdido mucho tiempo atrás, quizá aquellas mañanas en el banco verde cubierto de rocío del parque del Bund.
Qiu Xiaolongnació en Shanghai en 1953 y reside actualmente en Saint Louis (EE UU). Durante la Revolución Cultural su padre fue represaliado y él se vio forzado a dejar la escuela. En 1976 logró entrar en la Universidad, donde se especializó en literatura anglo-americana. Tradujo a Joyce, Faulknery Conrad, y publicó varios libros de poesía y de crítica literaria. En 1989 los acontecimientos de Tiananmen le sorprendieron en Estados Unidos, donde estudiaba la obra de T.S. Eliot.Su nombre descolló entre los simpatizantes del movimiento democrático chino, lo que impidió el regreso a su país. Comenzó a escribir en inglés y publicó en diversas revistas y antologías. Desde 1994 es profesor de literatura en la Washington University. Muerte de una heroína roja fue galardonada con el Premio Anthonya la Mejor Primera Novelay resultó finalista del Premio Edgar.Traducida a catorce idiomas, lograría un enorme éxito de crítica y ventas en todo el mundo. Posteriormente publicó Visado para Shanghai (Almuzara, 2007). Xiaolong está considerado en la actualidad uno de los autores más talentosos de la nueva novela negra.
***