Lisa Scottoline - Falsa identidad
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Anthony encontró los patrocinadores, blancos acartonados, trajeados, y escogió un nombre para la sociedad, Starshine Enterprises. Iba a pagar a Star un salario decente para variar y además el cincuenta por ciento de los premios. Anthony sólo le exigía un diez por ciento en concepto de gestión. A él no le importaba el dinero, le importaba Star. Anthony rae el primer hombre que le hizo comprender que valía algo, que no le habían puesto el nombre en balde. Luego mataron a Anthony a tiros. Star sabía que la zorra de Connolly le crearía problemas. Lo que no sabía era hasta qué punto.
– Eh, Star -dijo una voz profunda a su izquierda, y Star levantó la vista. Era Leo Browning, el manager de uno de los pesos pesados mayores. Un hombre gordo, de cincuenta años, blanco, pero hablaba como si fuera negro y llevaba anillos por encima y por debajo de los nudillos-. Lo de Harris va adelante, tío -siguió Browning con su voz grave. Anthony siempre decía que Browning hablaba como Barry White, pero Star no sabía quién era Barry White-. He visto cómo boxeabas con el muchacho hace un momento. Tú eres más fuerte, tienes mejor pegada, y eres más rápido. Lástima que vayan a joderte bien jodido.
– Cierra ya el pico -respondió Star, a pesar de que sabía que era cierto.
– Oye, ya sé que Anthony llevaba tus asuntos a la perfección. Te cuidaba muchísimo. No querrás mandarlo todo al garete. Eres un peso pesado, tío. Necesitas un manager. A un boxeador le hace falta boxear.
– A mí no vas a decirme lo que tengo que hacer, gilipollas.
– Veo que piensas que nadie puede solucionarte la papeleta ahora mismo, pero te equivocas. Yo sí puedo. Reconozco tu talento. Sé adónde quieres llegar. Y sé cómo llevarte. Los empresarios me conocen. Como no me permitas ser tu manager, los empresarios van a apartarte de Harris.
– Memeces. El contrato dice que estoy en primera línea.
– Encontrarán la forma de empujarte hacia fuera. Tienes que mantenerte fuerte, como si nada hubiera cambiado. Es un poco como cuando muere el presidente, no sé si me entiendes, cuando asesinaron a JFK. ¿Sabes quién era JFK?
A Star le vinieron ganas de pegarle. No soportaba que los blancos le miraran por encima del hombro. Anthony nunca lo había hecho. Anthony sabía que él era listo. Anthony le respetaba.
– Cuando JFK, el presidente, fue asesinado, tuvieron que tomar juramento al vicepresidente aquel mismo día. El mismo puñetero día. ¿Y sabes para qué? Pues para demostrar al mundo que aunque hubiera muerto un gran hombre, la cadena del poder seguía intacta. Que el país estaba en buenas manos. -Browning se acercó un poco a él avanzando con sus zapatos de imitación de caimán-. No sé si sabes, tío, que todos estáis desquiciados con lo de Anthony. Tienes que aclararte, tío. Llevas un año cagado de miedo, alicaído como un pajarito.
La despejada cabeza de Star giró bruscamente. No le gustaba que le hablaran de aquella forma.
– Ya lo has oído. Necesitas a alguien que te diga la verdad, tío, no como esos que te dicen amén a todo. Si estás preocupado por lo que le hicieron a Anthony, haz algo. ¿Me oyes? Deja de lamentarte y haz algo. Pero no eches por la borda lo de Harris, tío. Puedes sacar mucha pasta con Harris. Harris te ofrece toda una carrera.
– ¡A tomar por culo!
Star le pegó en el pecho y el hombre perdió el equilibrio y quedó empotrado en las taquillas.
Star ya se encontraba bajo la ducha caliente. El agua se deslizaba por sus hombros recorriendo los músculos del cuerpo desnudo. Tenía la piel brillante como un pura sangre, de un color moreno oscuro e intenso. Unas gruesas venas destacaban en su superficie, serpenteando hacia los antebrazos. Seguía bajo el agua, con la cabeza hacia atrás, intentando mantener la mente en blanco. No quería pensar en Anthony ni en la zorra que había sido su perdición. Tampoco en Browning ni en los zapatos de caimán.
«Si estás preocupado por lo que le hicieron a Anthony, haz algo. ¿Me oyes? Deja de lamentarte y haz algo.»Star hizo girar el botón de la pared, para aumentar la temperatura del agua. Dejó que el agua caliente golpeara contra sus hombros. Notó el hormigueo en los músculos. Las venas se abrieron como túneles. Imaginaba cómo circulaba la sangre a chorro por ellas, como una marea roja, a gran velocidad hacia los músculos. Se sentía más corpulento, más fuerte. Como hinchado.
«Si estás preocupado por lo que le hicieron a Anthony, haz algo. ¿Me oyes? Deja de lamentarte y haz algo.»Cerró los ojos apretándolos con fuerza e hizo girar de nuevo el botón hasta que casi no pudo resistir la temperatura del agua.
Después la aumentó otra vez. Ésta le abrasaba los bíceps y le hacía ampollas en el pecho. Abrió la boca y la humeante agua entró a chorro. Notaba la lengua encendida. Star era capaz de aguantar el castigo, todo el mundo lo decía. Golpes que doblaban las rodillas a cualquier otro, que lo mandaban contra la lona como si estuviera rezando. Pero aquél era un golpe que Star nunca había recibido en el ring. Un dolor que jamás había experimentado. No era capaz de detenerlo ni de digerirlo.
«Si estás preocupado por lo que le hicieron a Anthony, haz algo. ¿Me oyes? Deja de lamentarte y haz algo.»El agua hirviendo descendía como llamas del cielo, y de repente Star empezó a gritar. En su vida lo había hecho de aquella forma, en ninguno de sus combates, pero no podía dejar de gritar, ni siquiera comprender de dónde salían aquellos terribles gritos. Oía su eco en las embaldosadas paredes y veía cómo la asquerosa ducha se iba convirtiendo en su guarida. Siguió bramando cada vez con más fuerza hasta que la piel le quemó como el sol. Aquello le hizo sentirse fuerte y despejado como nunca en su vida. Fue templándose en el fuego, como el acero.
Entonces supo qué hacer.
7
Ya en casa, Bennie dejó el sobre en un extremo de la improvisada mesa de contrachapado y ordenó las fotos bajo la atenta mirada de Grady Wells. Éste, un muchacho de Carolina del Norte, alto delgado, de pelo rizado, había sido socio de Bennie y en la actualidad se había convertido en su amante. Juntos estaban arreglando una antigua casa adosada, reconstruyendo la estructura planta por planta, a pesar de que Grady era abogado de empresa y tenía tan poco tiempo libre como Bennie. Habían hablado de casarse en la casa si no se derrumbaba antes.
– Vale, eso es todo -dijo Bennie quitando el serrín de la superficie del contrachapado con la mano-. ¿Dispuesto a examinar las pruebas 1, 2 y 3?
– Dispuesto -asintió Grady. Se inclinó contra el rectángulo de contrachapado que iba a reforzar las paredes del comedor. Sus ojos grises estudiaban las fotos tras las gafas de montura dorada; para trabajar en la casa se había puesto una camiseta blanca Duke y vaqueros-. ¿Dices que se llama Alice Connolly?
– Sí. Vamos a ver. La primera foto, prueba 1 ya la has visto. La de los pilotos delante del avión, la que he enseñado a mi madre. La prueba 2, la segunda, el mismo piloto, Bill Winslow, mi padre. Con dos críos en brazos, más o menos de la misma edad.
– ¿De la misma edad? -Grady se acercó a la foto en blanco y negro y la comparó con la del grupo de pilotos; en ella se veía a un hombre joven de pelo claro con una camiseta blanca y vaqueros remangados, sentado en un peldaño de obra, sonriendo.
Parecía el piloto de la otra foto y sostenía en sus brazos a dos críos envueltos en unas mantas blancas-. Yo no sé si son de la misma edad. La foto tiene tanto grano y los críos son tan diminutos que no les distingo los rasgos.
– Yo tampoco. Podrían ser gemelos pero ¿quién sabe? De todas formas, es Winslow.
– ¿Cómo estás tan segura? ¿Verdad que nunca has visto a tu padre?
– No, pero creo que es él. Tal vez volviera para hacerse esta foto. No lo sé. Ése es su nombre y tiene los ojos como los míos. Y ahora la prueba 3.
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