Lisa Scottoline - Falsa identidad

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Sólido thriller judicial, sobre una mujer acusada del asesinato de su marido. Penetrante análisis de la corrupción, trama impredecible; una lectura tensa, irónica, por una autora que ya es más que un valor ascendente. La aparición de una supuesta hermana gemela de la acusada da un giro inesperado.

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No hubo reacción.

– ¿No quieres verlas?

La anciana seguía sin reaccionar.

– Puesto que así lo has querido… -dijo Bennie cogiendo la foto del grupo, aquella en la que se veía a los pilotos y el avión-, échale un vistazo.

Bennie sostuvo la foto ante el rostro de su madre y reparó en unas sombras oscuras en las cuatro esquinas del reverso de la foto, como si hubiera estado en un álbum. Luego la apartó y examinó el rostro de su madre. Los ojos de la anciana no siguieron el movimiento, ni siquiera parecía que hubieran visto al piloto, por lo que Bennie la situó dentro de lo que decidió que sería el campo visual de su madre. Ésta siguió sin centrar la vista en la instantánea.

– Me han dicho que ésta es la prueba número i. ¿Es ése mi padre? -Bennie señaló con el dedo el extremo de la foto-. Ése, el que tiene unos ojos parecidos a los míos… -Los párpados de la madre descendían de nuevo, y con ellos todas las esperanzas de Bennie-. ¿Mamá? ¿Es un gesto afirmativo o te estás durmiendo?

La cabeza de su madre quedó casi pegada al pecho y el cuerpo fue deslizándose bajo la manta azul, que la sepultó como una corriente de resaca. El aliento de Bennie quedó atrapado en su garganta, luego soltó los dedos y la foto cayó sobre su regazo. ¿Tenía que despertar a su madre o enseñarle las otras fotos? Le pareció una tarea inútil.

Metió otra vez la foto en el sobre y éste en la cartera, pero no hizo ningún movimiento para marcharse. Permaneció allí quieta, haciendo compañía a su madre, observando cómo el nacido pecho ascendía y descendía, la respiración tan superficial que era poco tranquilizadora. Pensaba que no había obtenido respuesta alguna y que apenas contaba con su madre. No obstante, se sentía bien cerca de ella, ante su presencia en carne y hueso. No se planteaba cuántos momentos como aquél le quedaban por vivir. De entrada, era como había sido siempre: ella y su madre, juntas, respirando aún contra todo pronóstico.

¿Y ahora había surgido otra? ¿Una tercera? Bennie no podía imaginárselo. Las Rosato no eran la familia nuclear ideal, pero aun así aquello era su familia, la estructura que ella había dado siempre por sentada, como las estrellas dispuestas en el firmamento. Las constelaciones no cambiaban; existía la Osa Mayor y la Osa Menor, y se acabó. ¿O es que podía haber otra Osa Menor?

La mirada de Bennie pasó de la ventana en forma de arco al cielo, donde las primeras estrellas empezaban a puntear en la transparente bóveda celeste al anochecer. Recordó que las estrellas no eran eternas, aunque morían a causa de la inestabilidad interna, lanzando brillo, calor y color en el profundo espacio. Ella misma había visto las fotos en los periódicos: muertes de estrellas como girándulas, ojos de gato y espirales de luz. De su vistosa muerte nacía la vida y se formaban nuevas estrellas, aún por descubrir, por bautizar y catalogar. En realidad, existían ya antes de que Bennie tuviera noticia de su existencia. Tal vez Connolly era como ellas, una estrella sin nombre.

Bennie reflexionó sobre el tema. Debía admitir que cuando menos era algo teóricamente posible. Su madre, la que se había adormilado en la silla de ruedas, podía haber dado a luz a unas gemelas. De joven era una mujer fuerte, que se rebelaba contra lo convencional, y sabía guardar un secreto como aquél. Quizás el secreto la había llevado a la enfermedad. Incluso podía haberla causado. Si podían formarse nuevas estrellas y morir las antiguas, ¿no se derivaba de ello la posibilidad de configurar de nuevo las constelaciones? ¿Una Osa Mayor y dos Osas Menores? La idea le produjo un estremecimiento en el que se mezcló la duda y el asombro, y así permaneció sentada junto a la ventana hasta que el brillo de la noche se hizo casi insoportable.

En la otra punta de la ciudad, un policía blanco pasaba el tiempo en el bordillo de una acera salpicada de chicles. Tenía los faros encendidos y la radio carraspeaba dentro del coche vacío. Joe Citrone estaba en una cabina telefónica del cruce. La noche era oscura, se encontraba en un barrio peligroso de la ciudad, pero no tenía nada que temer. Se había criado a sólo una manzana de allí, en el edificio de la esquina. Allí había visto siempre un bar en el que servían comidas, Ray's and Johnny's y la tienda Angelo's, los ultramarinos del otro lado de la calle. Le gustaba Ray's, recordaba que el olor a pepitos se apoderaba de toda la esquina. Ahora, en cambio, la zona apestaba.

– ¿Está él? -dijo Joe por teléfono.

El auricular era negro y grasiento. Algo que él no soportaba. Aquellos drogatas lo ensuciaban todo. Pero él no podía utilizar el teléfono de casa. No quería que constara la llamada por si algún entrometido la pescaba.

Joe no corría riesgos. Era su forma de actuar. No tenía que hacer nada del otro mundo, sólo evitar que Rosato se hiciera cargo del caso Connolly. Conocía a gente que podía conseguirlo.

– ¿Eres tú? -dijo-. Atiende.

6

Starling Harald, Star, abrió su taquilla y cogió una toalla para ir a ducharse. Se sentía muy deprimido. Llevaba ya dos días seguidos sin dar pie con bola en los combates con su sparring. En la parte interior de la taquilla tenía una foto amarillenta de un periódico. Star a los quince años, con el brazo alrededor del cuello de Anthony. «El futuro peso pesado con su manager, Anthony Della Porta, de la policía de Filadelfia», rezaba el pie de foto. Habían pasado sólo cuatro años pero parecía siglos atrás.

Star se había sentido pesado durante el combate con el sparring. Enseguida le dolieron los brazos y no había conseguido mejorar aquel estado. Se había visto incapaz de pegar un cruzado de derecha. Lamentable. Miró su reflejo en el espejo de la taquilla. Su pelo, una sombra afeitada, empapada, y los ojos, apenas una rendija de marrón inyectada en sangre. Tenía la nariz ancha, aún entera, y un vestigio de bigote recorría su labio superior. Estaba demasiado gordo; pesaba más de noventa y cinco kilos y a él le gustaba mantenerse alrededor de los noventa. Con lo atractivo que había sido, como Alí. Ahora ya no lo era tanto. Se acercaba el combate con Harris, pero con la forma que boxeaba ahora Star, iban a matarlo. ¿Estaba a punto para llegar a la primera fila, para los doce asaltos? ¿Para su primer combate profesional?

Star cogió la toalla que Anthony le cambiaba todos los días. Sentía un vacío en su interior. Había pasado un año desde que mataran a Anthony y cada vez que Star abría su maldita taquilla se sentía fatal. Anthony había muerto y a Star no le quedaba nada. Ni manager, ni sparring, ni amigo. Durante este tiempo, él mismo había sido su manager. No quería buscar otro. Mantuvo los mismos preparadores y trabajó duro, aceptando las porquerías de combates que le ofrecían los empresarios, cuando lo que ellos querían era que contratara a un manager que les siguiera la corriente. Star había podido con todos: había sumado treinta y dos victorias, treinta de ellas por fuera de combate, y sólo dos derrotas.

Star se secó la frente con la mano; los protectores de las manos se agitaban. No podía seguir como estaba. Tenía que ocuparse de tantas cosas que todo le apartaba del entrenamiento. No sabía qué hacer. Anthony lo hubiera sabido; era como un padre para él. No importaba que Star fuera negro y Anthony italiano. Le había descubierto en un programa de rehabilitación, le había enseñado boxeo y le había llevado a los Guantes de Oro. Con él había participado en combates de aficionados en Filadelfia, Jersey y Nueva York. Incluso en Tennessee y Kentucky. Le había enfrentado a boxeadores de clase y pegadores, además de marrulleros que llevaban objetos en sus guantes, a fin de que Star supiera cómo pelear contra todos cuando pasara a la categoría profesional. Star fue abriéndose camino entre todos, dejando fuera de combate a irlandeses, dominicanos e incluso a un negro con acento británico.

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