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Barry Eisler: Sicario

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Barry Eisler Sicario

Sicario: краткое содержание, описание и аннотация

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John Rain, de profesión asesino, está especializado en hacer trabajitos finos en los que sus víctimas parecen morir de forma natural. Aquel que le contrata sabe que es un hombre fiel a sus principios: trabaja en exclusiva; liquida únicamente al protagonista del juego, no a sus familiares, y no asesina a mujeres. Por eso, cuando tras finalizar un trabajo le piden wque se encargue de la hija del objetivo, empieza a sospechar que hay gato encerrado y decide investigar por qué quieren matar a Midori. La investigación le hará descubrir peligrosas conexiones entre el gobierno nipón y la yakuza, que comprometerán su anonimato y complicarán su vida.

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Me encontraba a diez metros de la puerta principal cuando vi que el sedán giraba a la derecha y tomaba la carretera de acceso a la base. Un policía militar vestido con el uniforme de camuflaje se le acercaba con las manos levantadas y la ventanilla del conductor bajó. Observé que había mucha vigilancia y que estaban haciendo controles varios metros antes de la puerta a causa de la amenaza de bomba anónima.

Había demasiados coches delante del mío. No lo conseguiría.

La ventanilla del conductor del sedán estaba bajada.

Toqué el claxon, pero nadie se movió.

El militar de guardia alzó la vista para ver de dónde procedía el alboroto.

Apreté un botón y la ventanilla empezó a bajar de forma automática.

El guardia seguía mirando.

Subí el coche a la acera y derribé papeleras y aplasté bicicletas aparcadas a mi paso. Un peatón tuvo que echarse a un lado. A unos metros de la carretera de acceso a la base di un volantazo a la derecha, atravesé en diagonal una franja con plantas y me dirigí hacia el vehículo de Holtzer. El guardia se volvió, me vio venir a toda velocidad y saltó a un lado justo a tiempo para salvarse. Arremetí contra el sedán con la máxima potencia por la parte de la puerta trasera del lado del conductor y el coche salió despedido dando tumbos hasta formar con el mío una masa de chatarra en forma de V. Yo estaba preparado para el golpe, y el cinturón de seguridad y el airbag, que se abrió y se deshinchó en una milésima de segundo tal como anuncia la publicidad, me salvaron.

Me solté el cinturón e intenté abrir la puerta, pero estaba atrancada. Giré sobre mí mismo y saqué los pies por la ventanilla abierta, agarrándome al asidero de encima de la puerta y usándolo para impulsarme.

Sólo estaba a dos pasos del sedán. Me agarré al volante a través de la ventanilla abierta y a continuación introduje el cuerpo, golpeando con las rodillas el marco de la puerta al hacerlo. Me eché sobre el regazo del conductor, me revolví para bajar los pies y luego me lancé hacia atrás. Holtzer estaba en el asiento izquierdo, inclinado hacia delante, evidentemente desorientado tras el impacto. Un tipo joven que supuse que sería uno de los ayudantes de Holtzer iba a su lado, con un maletín Halliburton de metal entre los dos.

Sujeté a Holtzer por la cabeza con el brazo izquierdo y le presioné el cañón de la Beretta contra la sien con la mano derecha. Vi a uno de los policías militares al otro lado de la ventanilla del conductor, con la pistola desenfundada, buscando una abertura. Me acerqué todavía más la cabeza de Holtzer.

– ¡Atrás, o le volaré la jodida cabeza! -le grité.

Adoptó una expresión dubitativa, pero seguía apuntando con la pistola.

– ¡Todos fuera del coche! -grité-. ¡Rápido!

Estiré el brazo con el que rodeaba el cuello de Holtzer hasta agarrarme la solapa de la americana con la mano. Estábamos mejilla contra mejilla, y el militar de la pistola debería confiar mucho en su puntería si quería probar a disparar.

– ¡Fuera del coche! -volví a gritar-. ¡Rápido! ¡Tú! -le grité al conductor-. ¡Sube la puta ventanilla! ¡Súbela!

El conductor apretó un botón y la ventanilla subió. Le volví a gritar que saliera y que luego cerrara la puerta. Salió tambaleándose y dio un portazo.

– ¡Tú! -le grité al ayudante-. ¡Fuera! ¡Y cierra la puerta!

Holtzer empezó a protestar, pero le apreté el cuello con más fuerza y las palabras se le quedaron ahogadas en la garganta. El ayudante echó una mirada a Holtzer y luego intentó abrir la puerta.

– Está atrancada -dijo, obviamente sorprendido e incapaz de reaccionar.

– ¡Pasa adelante! -grité-. ¡Venga!

Lo hizo como pudo y salió, llevándose el maletín consigo.

– Muy bien, cabronazo, ahora nosotros -le dije a Holtzer al tiempo que le soltaba el cuello-. Pero primero dame ese disco.

– Vale, vale, tranquilo -respondió-. Está en el bolsillo izquierdo de la americana.

– Sácalo. Despacio.

Alargó la mano derecha y sacó el disco con cuidado.

– Pónmelo sobre la rodilla -le ordené. Obedeció-. Ahora entrelaza los dedos de las manos, gírate hacia la ventana y pon las manos sobre la cabeza.

No quería que intentara arrebatarme la pistola mientras recogía el disco.

Lo cogí y lo guardé en uno de los bolsillos de la americana.

– Ahora vamos a salir tú y yo. Pero despacito, o dejaremos tus sesos esparcidos por toda la tapicería.

Se giró hacia mí lanzándome una mirada de reprobación.

– Rain, no sabes lo que estás haciendo. Baja la pistola antes de que los guardias te vuelen la cabeza.

– Si no sales de este vehículo en tres segundos -le contesté con un gruñido y mostrándole la Beretta- te dispararé en las pelotas. Lo que no sé es si me pararé ahí o no.

Algo me inquietaba, algo sobre el modo en que me había dado el disco. Demasiado fácil.

Entonces me di cuenta. Era un señuelo. Nunca me habría dado el disco verdadero tan fácilmente.

«El maletín», pensé.

– ¡Venga! -le grité, y alargó la mano hacia la manija de la puerta. Le apreté el cañón de la pistola contra la cara.

Salimos del coche e inmediatamente nos rodearon seis policías militares, todos ellos con el arma desenfundada y el semblante muy serio.

– ¡Mantened la distancia o le volaré la cabeza! -grité mientras le presionaba la boca de la pistola contra el cuello-. Vi al ayudante detrás de los militares, con el maletín a los pies.

– ¡Tú! ¡Abre el maletín!

Me miró sin comprender.

– ¡Sí, tú! ¡Abre ese maletín ahora mismo!

Parecía anonadado.

– No puedo. Está cerrado con llave.

– Dale la llave -le ordené a Holtzer. Se rió.

– Y una mierda.

Me apuntaban seis tipos. Me pasé a Holtzer a la izquierda de un tirón de modo que tuvieran que corregir el objetivo, lo que me dio una fracción de segundo para dejar de apuntarle durante un instante y atizarle en la sien con la culata. Cayó de rodillas, atontado, y me agaché con él para quedarme pegado a su cuerpo para que me hiciera de escudo. Le tanteé el bolsillo izquierdo del pantalón y oí un tintineo. Introduje la mano y saqué un juego de llaves.

– ¡Trae aquí el maletín! -le grité al ayudante-. ¡Tráelo o es hombre muerto!

El ayudante vaciló unos instantes pero después tomó el maletín y lo trajo. Lo colocó frente a nosotros. Le tiré las llaves.

– Ahora ábrelo.

– ¡No le hagas caso! -gritó Holtzer, intentando incorporarse-. ¡No lo abras!

– ¡Ábrelo! -repetí- ¡O le vuelo los sesos!

– ¡Te ordeno que no abras el maletín! -gritó Holtzer-. ¡Es la cartera diplomática de Estados Unidos! -El ayudante estaba helado, con expresión de incertidumbre-. ¡Por Dios bendito, hazme caso! ¡Se está marcando un farol!

– ¡Cierra el pico! -ordené, hundiéndole la boca de la pistola bajo la barbilla-. Oye, ¿te crees que se jugará la vida por la valija diplomática? ¿Qué podría contener que fuera tan importante? ¡Ábrelo!

– ¡Disparadle! -gritó de pronto Holtzer a los policías militares-. ¡Disparadle!

– ¡Abre ese maletín o acabarás bañado en sus jodidos sesos!

Los ojos del ayudante iban del maletín a Holtzer y de Holtzer al maletín. Daba la impresión de que todo el mundo estaba paralizado.

Ocurrió de pronto. El ayudante se puso de rodillas y tanteó con la llave. Holtzer empezó a protestar y le volví a sacudir en la cabeza con la pistola. Se retorció hacia atrás.

El maletín se abrió.

En el interior, perfectamente visible entre dos capas protectoras de espuma, estaba el disco de Kawamura.

Pasó un largo segundo y luego oí una voz familiar a mi espalda.

– Arresten a este hombre.

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