Giorgio Faletti - Yo Mato

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Un locutor de Radio Montecarlo recibe una noche durante su programa una llamada telefónica asombrosa alguien revela que es un asesino El hecho se pasa por alto, como una broma de pésimo gusto, sin embargo, al día siguiente un famoso piloto de formula uno y su novia aparecen en su barco, muertos y horrendamente mutilados Se inicia así una serie de asesinatos, cada uno precedido de una llamada a Radio Montecarlo con una pista musical sobre la próxima victima, cada uno subrayado por un mensaje escrito con sangre en el escenario del crimen, que es al mismo tiempo una firma y una provocación «Yo mato»
Para Frank Ottobre, agente del FBI, y Nicolás Hulot, comisario de la Sürete monegasca, comienza la caza de un escurridizo fantasma que tiene aterrorizada a la opinión publica nunca hubo un asesino en serie en el principado de Monaco Ahora lo hay, y de su búsqueda nadie va a salir indemne Yo mato es un thriller pleno de acción e intriga, con un desarrollo narrativo tan maduro como absorbente Eso ha bastado -y ha sobrado- para situar a su autor entre los nombres mas importantes del genero y a su obra como un autentico fenómeno editorial

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– Lo que quieras, Céline.

– No me dejes sola esta noche, te lo suplico.

Llamó al único pariente de Nicolás, un hermano que vivía en Estados Unidos y que, a causa de la diferencia horaria, se enteraría de la noticia en plena noche. Le explicó brevemente la situación y murmuró: «No, no estoy sola», que era sin duda una respuesta a la preocupación del que hablaba al otro extremo de la línea. Colgó como si el aparato fuera muy frágil y se volvió hacia Frank.

– ¿Te apetece un café?

– No, Céline, te lo agradezco. No necesito nada.

– Entonces sentémonos en el sofá, Frank Ottobre. Quiero que me abraces mientras lloro…

Y así fue. Se quedaron sentados en el sofá, en la hermosa estancia cuyas puertas correderas daban a la terraza y al vacío de la noche. Frank la oyó llorar hasta que la luz comenzó a teñir de azul el mar y el cielo del otro lado de los cristales. Sintió que el cuerpo extenuado de Céline se deslizaba en una especie de duermevela y la sostuvo así, con todo el afecto que les tenía, a ella y a Nicolás, hasta que, mucho más tarde, la entregó al cuidado de la hermana y el cuñado.

Y ahora estaban allí, de nuevo frente a frente, y él no podía evitar seguir mirándola, como si sus ojos quisieran llegar al fondo de los de ella. Céline supo la pregunta que se escondía en aquella mirada. Le dirigió una sonrisa tierna, por su ingenuidad de hombre.

– Ahora no vale la pena, Frank.

– ¿Qué?

– Creía que tú lo habías entendido…

– ¿Qué era lo que había que entender?

– Mi pequeña locura, Frank. Sabía muy bien que Stéphane estaba muerto; siempre lo he sabido, como sé que ahora tampoco Nicolás estará nunca más a mi lado.

Al ver su expresión confusa, Céline Hulot sonrió con ternura y le apoyó una mano en un brazo.

– Pobre Frank, lamento haberte engañado también a ti. Lamento haberte hecho sufrir cada vez que nombraba a Harriet.

Levantó la cabeza para mirar el cielo gris. Una pareja de gaviotas volaba en lo alto, planeando perezosamente en el viento. Eran dos, estaban juntas. Quizá eso pensaba Céline mientras seguía por un instante la trayectoria de las aves. Un soplo de viento agitó los flecos del chal que llevaba.

Sus ojos volvieron a encontrar los de Frank.

– Era todo una comedia, querido amigo. Una pequeña y estúpida comedia, solo para impedir que un hombre se dejara morir. Mira, después de la muerte de Stéphane… aquí mismo, mientras salíamos del cementerio después del entierro, tuve la certeza de que, si yo no hacía algo, Nicolás acabaría destrozado. Incluso antes que yo. Quizá hasta el extremo de poner fin a su vida.

Céline prosiguió con la voz del que sigue un recuerdo.

– Así que, mientras volvíamos a casa, sentados en el coche, se me ocurrió esa idea. Pensé que si Nicolás se preocupaba por mi, si tenía otras cosas en que pensar, distraería al menos en parte su desesperación por la muerte de Stéphane. Aunque fuera una pequeña distracción, quizá serviría para evitar algo peor. Así comenzó todo, y así continuó. Lo he engañado, y no me arrepiento. Volvería a hacerlo si fuera necesario. Pero, como ves, ya no hay nadie ante quien fingir…

De nuevo caían lágrimas por las mejillas de Céline Hulot. Frank miró en la maravillosa profundidad de aquellos ojos.

En el mundo había personas cuya única meta en la vida era tratar de parecer seda cuando en realidad no eran más que un montón de harapos. Y también había otras que habían hecho cosas grandiosas, cosas que habían cambiado el mundo. Pero pensó que ninguna de ellas podía igualar la grandeza de aquella mujer.

Céline le sonrió otra vez, con ternura.

– Adiós, Frank. No sé qué buscas, pero espero que lo encuentres pronto. Deseo tanto que seas feliz… te lo mereces. Au revoir , buen amigo…

Se puso de puntillas y le rozó los labios con un beso. Su mano dejó una huella dolorosa en el brazo de Frank. Luego le dio la espalda y echó a andar por el sendero de grava.

Frank la contempló alejarse. Al cabo de unos pocos pasos la vio detenerse y regresar hacia él.

– Frank, para mí esto no cambia nada. Nada en el mundo podrá devolverme a Nicolás. Pero todavía puede ser importante para ti. Morelli me ha contado los detalles del accidente. ¿Tú has leído el informe?

– Sí, Céline, con toda atención.

– Claude me ha dicho que Nicolás no tenía abrochado el cinturón de seguridad en el momento del accidente. Esa fue la causa, en su momento, de la muerte de Stéphane. Si hubiera llevado el cinturón abrochado, nuestro hijo probablemente se habría salvado. Desde entonces, Nicolás no ponía ni siquiera las llaves en el contacto sin abrochárselo antes. Me parece extraño que no lo hiciera esta vez…

– No sabía este detalle del accidente de tu hijo. Sí, ahora que lo dices, también a mí me parece extraño.

– Repito: para mí no cambia nada. Pero si existe la posibilidad que lo hayan matado, quiere decir que estaba sobre la pista correcta, que vosotros dos estabais sobre la pista correcta.

Frank asintió con la cabeza, en silencio. Céline se marchó sin volverse. Mientras Frank la contemplaba alejarse, se le acercaron Roncaille y Durand, con cara de circunstancias. También ellos siguieron con la mirada la figura de la esposa de Hulot, una delgada silueta negra bajo la lluvia en el sendero de un cementerio.

– Qué pérdida lamentable, ¿verdad? Todavía no consigo creerlo…

Frank se volvió de repente. Su expresión hizo pasar una sombra por el semblante del jefe de la policía.

– ¿Así que todavía no consiguen ustedes creerlo? ¿Justamente ustedes, que han sacrificado a Nicolás Hulot a las razones de Estado y le han obligado a morir como un hombre derrotado, todavía no consiguen creerlo?

Hizo una pausa que les puso encima una lápida mucho más pesada que todas las que los rodeaban.

– Si son capaces de sentir vergüenza, tienen motivos más que sobrados para hacerlo.

Durand levantó la cabeza de golpe.

– Señor Ottobre, comprendo su resentimiento, teniendo en cuenta su dolor, pero no le permito…

Frank lo interrumpió bruscamente. Su voz sonó seca como el ruido de una rama que se parte bajo el pie.

– Doctor Durand, soy perfectamente consciente de que mi presencia aquí le resulta difícil de soportar. Pero quiero coger a ese asesino más que cualquier otra cosa en el mundo. Por mil motivos, uno de los cuales es una deuda con mi amigo Nicolás Hulot. Lo que usted me permita o no me permita me es completamente indiferente. En otras circunstancias, le garantizo que haría que se tragara toda su autoridad, junto con los dientes.

El rostro de Durand se inflamó. Roncaille intervino para calmar los ánimos. A Frank le sorprendió verlo tomar partido, aunque sus motivaciones podían ser ciertamente discutibles.

– Frank, todos tenemos los nervios bastante alterados por lo que ha sucedido. Creo que sería mejor no dejarnos llevar por las emociones. Tenemos un trabajo que hacer, ya bastante difícil de por sí como para sumarle más obstáculos. De momento nuestras desavenencias personales, sean cuales fueren, deben pasar a un segundo plano.

Cogió a Durand por un brazo, quien opuso solo una aparente resistencia, y se lo llevó hacia la salida. Los dos se alejaron, protegidos por sus paraguas, dejándole solo.

Dio unos pasos y se encontró ante la tumba que contenía los restos mortales de Nicolás Hulot. Se quedó contemplando la lluvia, que ya comenzaba su trabajo de nivelar la tierra removida; sentía que Ia ira hervía en su interior como lava incandescente en la boca de un volcán.

Una breve ráfaga de viento agitó las ramas de un árbol cercano. El soplo del aire entre las ramas llevó a sus oídos una voz que ya había oído demasiadas veces desde el comienzo de todo aquello.

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