Iain Banks - Aire muerto

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Ken McNutt es un locutor de radio londinense que se fragua enemistades por doquier, debido a la insaciable sátira social y política que despliega a través de las ondas. En una de las muchas fiestas de la alta sociedad a las que asiste conoce a Celia, una mujer misteriosa y atractiva que le relata, entre otras cosas, un accidente que la convirtió para siempre en dos personas distintas. Poco después, se entera de que ella es una mujer casada con un mafioso, y a partir de ese momento su vida entera en una vorágine de aventuras y peligros.

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Volví a pulsar el botón de Función. ¿Volver a Grabar Mensaje? No. Apreté Función varias veces más antes de llegar de nuevo a la pantalla Ningún Mensaje. Estaba sudando. No lograba decidirme. En teoría todo estaba arreglado; misión cumplida. Hora de largarse.

Pero el mensaje seguía en su sitio. ¿Valía la pena arriesgarse a dejarlo ahí, incluso aunque fuera muy poco probable que alguien llevara a cabo los pasos necesarios para acceder a él? ¿Y si Merrial, por la razón que fuese, había llamado a su teléfono y sabía que había uno o varios mensajes? ¿O si alguien le decía que le había dejado un mensaje? ¿Qué pasaría en ese caso si al regresar a casa veía en la pantalla Ningún Mensaje? ¿Investigaría, extraería la cinta, la probaría en otro aparato?

Quizá Ceel llegase antes que Merrial y pudiese decirle que en la cinta no había nada, solo tonterías, pero ¿y si llegaba él primero?

Joder, ¿dónde tenía la cabeza? Volví a sacarme un guante, descolgué el móvil y me dirigí a la puerta. Llamaría yo mismo al maldito contestador y dejaría una llamada sin mensaje que durase lo suficiente para superponerse al mensaje incriminatorio de la noche anterior. Quizá sí dijera algo; quizá la máquina detectaba los mensajes inarticulados y en tales casos se desconectaba. Frotaría la mano contra el micrófono del móvil para que recogiera algo de ruido y quedara grabado en la cinta.

Aunque primero tenía que indicarle a mi móvil que ocultara su identidad en la siguiente llamada. Apreté Menú al tiempo que abría la puerta que daba al vestíbulo del primer piso. Me dirigí a las escaleras que llevaban a la planta baja. Listín Telefónico. OK. Llegué a lo alto de las escaleras.

Joder, no había cerrado la puta puerta del estudio. Di media vuelta. No, un momento, el pestillo del estudio saltaba solo; no tenía que cerrarlo yo. Regresé a las escaleras. Características Llamadas. OK.

Mierda, tenía que devolver la llave al lavabo de Ceel; iba en dirección contraria. Di media vuelta y me encaminé a las escaleras que subían al piso de arriba. Mostrar Carga Batería. No; siguiente. Restringir Núm propio. OK. Subí las escaleras.

Menuda estupidez; intentaba hacer dos cosas a la vez cuando apenas conseguía hacer una sola con un mínimo de competencia. Ocultar Núm. Siguiente Llamada.

¡Por fin! OK.

Mientras cruzaba el dormitorio de Ceel, retrocedí en el móvil hasta poder telefonear y entonces llamé al número de la casa. Aun así di un salto cuando sonó la extensión del dormitorio. Dejé la llave del estudio en la caja de tampones y escuché la voz de Ceel invitando a dejar un mensaje después de la señal. No hubo pitidos intermedios, solo el tono inmediatamente después del mensaje de Ceel. Sostuve torpemente el móvil en la mano izquierda, enguantada, y lo froté con el pulgar mientras cerraba el armario y limpiaba la zona con el pañuelo de papel.

Estaba cerrando la puerta del dormitorio de Ceel y frotando todavía con entusiasmo el micrófono del móvil con el guante (y pensando: Oye, esto debe de sonar como la llamada accidental de Jo) cuando, a lo lejos, en el hueco de la escalera, dos pisos por debajo, oí abrirse la puerta principal.

Me quedé petrificado. No. No había pasado. No iba a pasar. No podía pasar semejante cosa. Sencillamente, no.

Quizá me había confundido. Intenté no hacer ruido. ¿Era un tenue clic lo que oía allá abajo? Luego un ligero bip. Claro, la alarma que debería estar encendida cuando alguien entraba en la casa, la alarma que esperaban encontrar conectada pero que no lo estaba. Mierda.

—¿Celia? —llamó una voz.

De pronto mis tripas parecieron a punto de retomar viejas costumbres, como si hubiera dejado pendiente un asunto que reclamaba mi atención. Ay, Dios mío, era él, había vuelto antes de lo esperado. Hostia, ¿y qué iba a hacer yo ahora? Miré el móvil que tenía en la mano enguantada. El pulgar tapaba el micro. Mierda, ¿estaría recogiendo todo esto? ¿Retransmitiendo los acontecimientos al contestador del estudio?

—¿Celia? —Otra vez. Más alto—. ¿Maria?

Retrocedí un par de pasos, hacia el dormitorio de Celia. Me refugiaría allí. Estaba bien. Era el lugar natural, la frágil esperanza a la que aferrarse, el santuario de mi amante… bueno, era una gilipollez. Suponiendo que fuera Merrial y que la estuviera buscando, ¿cuál sería el primer sitio donde miraría? Eso es, Kenneth.

Retrocedí un poco más hasta otra puerta. Oía pasos abajo. La puerta daba a un pequeño armario. No había sitio para esconderse. Ya está. Estaba el cuarto de Merrial, el cuarto de Celia y otros que solo podría alcanzar pasando por delante de la escalera, a la vista durante un momento de cualquiera que estuviera abajo. Costaba descifrar los pasos. ¿Era alguien que subía las escaleras hacia la planta de debajo de la mía, hacia el primer piso? ¿O era alguien que caminaba por el pasillo de la planta baja?

Estaba temblando. Aferraba tan fuerte el móvil que estuve a punto de romperlo. Me chirriaba la mandíbula como si me hubiera tomado una veintena de éxtasis una hora antes. Me sentía justo al borde de un ataque al corazón. El sudor me resbalaba por las cejas; lo notaba en el labio superior. Hostia, llevaba borracho desde mediados de la tarde anterior, había dormido vestido, me había levantado y no me había duchado ni me había cambiado, había sufrido al menos un ataque de pánico por hora desde que me había despertado y ahora sudaba como un pedófilo en Maternidad; incluso aunque encontrara el escondite perfecto el muy cabrón me olería.

Pasé tan rápido como pude por delante de las escaleras hacia las habitaciones de la parte delantera de la casa. Caminé rápido pero apoyando los pies con suma delicadeza, intentando no causar crujidos ni ningún otro tipo de ruido. Miré hacia el hueco de la escalera con los ojos como platos. Ningún signo evidente de que alguien subiera al primer piso ni al siguiente.

—¿María?

Esta vez sonó más lejos. Merrial debía de andar por la cocina o alrededores.

Tenía tres puertas por delante. Una a un lado. Esta daba a otra escalera más estrecha que subía empinada hacia lo que, cuando se diseñó la casa, debían de ser las habitaciones del servicio o de los niños. La cerré. De momento las cuidadas bisagras no habían emitido ningún chirrido propio de las comedias. Gracias a Dios. Puerta central. Otro armario. No tan estrecho como el del otro lado del descansillo, pero tampoco podría esconderme si miraban en él.

Puerta de la derecha. Hostia, ¿eso era el cuarto de Merrial? Bastante grande. Bastante grandilocuente. Bastante masculino (o eso me pareció). Más o menos había dado por supuesto que ambos tendrían los dormitorios en la parte de atrás porque sería más silenciosa, pero quizá el de delante de Celia correspondía a otra persona —¿el guardaespaldas, el grandullón rubio?—, y este era el de Merrial. Se veía vivido. Cerré la puerta. Quizá demasiado rápido; se oyó claramente un clic.

La tercera puerta ocultaba un gimnasio. Un gimnasio muy bien equipado, con el suelo de madera clara pulida y montones de máquinas, algunas de las cuales reconocí y un par que no conocía. Dos ventanales más con estores translúcidos.

Se oyeron pasos subiendo las escaleras. Estaba empezando a hiperventilarme. ¿Qué notabas cuando te empezaba un ataque al corazón? ¿Se te aceleraba el corazón? ¿Te dolía el pecho? ¿La cabeza? ¿Los brazos? En mi caso la respuesta era: e ) Todas las anteriores.

Me colé en el gimnasio. Qué diablos, quizá allí la peste a sudado fuera menos intensa. Seguía necesitando un escondite. Dos puertas más; la primera daba a otra sala. La segunda, a un armario hondo y grande.

Mierda; había alguien en el primer piso, en el descansillo. El armario contenía equipamiento viejo para practicar fitness y varias prendas deportivas, incluido un equipo de submarinismo. Tendría que servir. Cerré la puerta y me abrí camino a oscuras todo lo rápido que pude, golpeándome en la espinilla y arañándome una mano en algo duro y metálico. Cuando llegué a la pared del fondo me escondí en un rincón, agachado. Olía a moho. Me pareció bueno.

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