Iain Banks - Aire muerto

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Ken McNutt es un locutor de radio londinense que se fragua enemistades por doquier, debido a la insaciable sátira social y política que despliega a través de las ondas. En una de las muchas fiestas de la alta sociedad a las que asiste conoce a Celia, una mujer misteriosa y atractiva que le relata, entre otras cosas, un accidente que la convirtió para siempre en dos personas distintas. Poco después, se entera de que ella es una mujer casada con un mafioso, y a partir de ese momento su vida entera en una vorágine de aventuras y peligros.

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—No puedes vivir en el pasado, Ken.

—Supongo que no.

—Debemos enorgullecemos de haber estado cuando todo empezó.

—Tienes razón. ¿Fue idea mía o tuya?

—Quizá de los dos.

—Desde luego.

—Por supuesto.

—Mentes brillantes.

—Tuvimos la idea; aprovechamos el momento.

—Nada de patentes; lo importante es el resultado.

—El destino.

—Como en Destiny’s Child.

—Synchronicity.

—The Pólice —dije, justo cuando llamaron al móvil (yo también lo tenía en vibrador). Cuando lo sacaba de la chaqueta, sonó el de Amy; una coincidencia clásica que no sabía identificar.

—Ja, ja. Esto sí es synchronicity —dijo.

Me reí y miré la pantalla del teléfono; mi productor, que llamaba desde el despacho. Oí uno o dos teléfonos más por los alrededores y me pareció escuchar también el fijo del piso y me pregunté si por alguna extraña razón todos los presentes habían programado las alarmas para poco después de las dos un martes de septiembre por alguna urgencia.

—Hola, Phil —dije.

Amy también contestó a su llamada.

—¿Qué?

—¿Qué?

—¿Nueva York?

—¿El qué?

—¿Dónde?

—¿El World Trade Center ? ¿Eso no es…?

—¿Un avión? ¿Qué, un avión grande como un Jumbo o así?

—Quieres decir que, o sea, ¿te refieres a los dos rascacielos?

Kulwinder regresaba por entre la muchedumbre mientras seguían sonando los teléfonos y las caras empezaban a parecer perplejas y el ambiente comenzaba a cambiar y a enfriarse. Ahora se dirigía de vuelta al espacio principal mientras hablaba con alguien por teléfono.

—Sí, sí, voy a poner la tele…

2. MIÉRCOLES DE REPRIMENDA

—Eso han sido los Limp Bizkit. Su versión de Misión imposible. Hace tiempo que el tema no está en las listas, Phil. ¿Intentas demostrar algo con ese título?

—Para nada, jefe.

—¿Estás seguro, Phil?

Le miré desde el otro lado de la mesa. Estábamos en nuestro estudio habitual de Capital Live! Estaba sentado, rodeado de pantallas, botones y teclados como una especie de comerciante de materias primas, porque en eso se han convertido los estudios, incluso en el tiempo relativamente escaso que llevo en el maravilloso mundo de la radio; tienes que buscar los dos reproductores de cedés (en este estudio, arriba a mi derecha, entre la pantalla del correo electrónico y la que detalla las llamadas de los oyentes) para confirmarte a ti mismo que no eres un trajeado jugando en el mercado de futuros. Solo el micrófono, que emerge en ángulo de la mesa de mezclas principal, da alguna pista.

—Segurísimo —contestó Phil, parpadeando tras las gafas.

Las gafas de Phil tenían una montura negra y gruesa, como las de Michael Caine interpretando a Harry Palmer o las de Woody Allen interpretándose a sí mismo. Phil Ashby era un tipo grandote, amable, de aspecto arrugado, con el pelo grueso, rebelde y prematuramente entrecano (según Phil, las canas eran obra mía, aunque yo tenía pruebas fotográficas de lo contrario) y un leve deje del oeste; tenía una manera de hablar lenta, arrastrando las palabras, casi soñolienta, que, aunque yo nunca lo había admitido ante él, complementaba mi voz. Solemos hacer la broma de que él va permanentemente de Valium mientras que yo siempre voy de speed y un día intercambiaremos drogas y los dos hablaremos normal. Phil ha sido mi productor en Capital Live! durante este último año. Dos meses más y habría establecido un nuevo récord de trabajo radiado. Rara vez aguanto más de un año antes de que me echen por decir algo que alguien en alguna parte cree que no debería haber dicho.

—Lalo.

—¿Qué? —Esta vez me tocó a mí parpadear.

—Lalo —repitió Phil.

Solo podía verle la cabeza por encima de los diversos aparatos electrónicos y pantallas que nos separaban. A veces ni siquiera eso, no cuando Ashby hundía la cabeza tras un periódico.

—¿Ése no es uno de los Teletubbies? Lo pregunto porque sé que eres un experto.

—No; Lalo Schifrin. —Se calló y se encogió de hombros.

—Buen encogimiento de hombros radiofónico, Phil.

Tenía efectos sonoros para muchas de las sílabas silenciosas que componían el fragmentado lenguaje corporal de Phil, pero todavía estaba trabajando en uno para el encogimiento de hombros.

Arqueó las cejas.

—Bien. —Cogí un anticuado cronómetro mecánico del paño verde que cubría la mesa. Lo puse en marcha—. Vale, voy a cronometrar cuánto tardas en explicarte, Ashby.

Eché un vistazo al reloj de pared del estudio que colgaba sobre la puerta. Noventa segundos más y saldríamos de antena. A través del cristal triple, en la sala de producción donde en los viejos tiempos solían cobijarse cómodamente los productores, nuestras ayudantes parecían enfrascadas en un conflicto de baja intensidad, consistente en lanzarse aviones de papel unas a otras. Bill, el presentador de los informativos, deambulaba entre ellas ondeando el guión y gritando.

—Lalo Schifrin —dijo pacientemente Phil en el silencio de nuestro lado del cristal—. Compuso la banda sonora original de Misión imposible.

Detuve el cronómetro.

—Cuatro segundos; no te estás esforzando. A ver, Lalo. Te refieres a la serie de televisión.

—Sí.

—Bravo por él. ¿Y con eso quieres decir que…?

Phil frunció el ceño.

—Gente vagamente relacionada con el pop cuyos nombres parezcan puesto por bebés.

Resoplé.

—¿Solo gente? ¿Así que el «Ob-la-di, ob-la-da» de los cuatro de Liverpool no contaría? ¿Ni el «In-a-gadda-da-vida»? ¿O el «Gaba-gaba Hey»?

—No hay público para eso, Ken.

—¿Y para Lalo sí?

—Jay-Lo.

—Jay-Lo.

—Jennifer López.

—Ya sé quién es Jay-Lo.

—P. Diddy, para el caso.

—¿Lulu? ¿Kajagoogoo? ¿Bubba sin Sparxx? ¿Iio? ¿Aaliyah?

—Que en paz descanse.

Negué con la cabeza.

—Solo estamos a martes, ¿y ya estamos tocando fondo como si fuera viernes?

Phil se rascó la cabeza. Apreté una tecla de función de mi teclado de efectos especiales; un sonido exagerado y a madera de alguien rascándose la cabeza, de dudoso valor cómico, resonó en mis auriculares. Era eso o repetir lo del cronómetro, y no se puede exagerar con estas cosas. Nuestros oyentes, de los que gracias a una carísima, dinámica y sólida investigación de mercado sabíamos que eran estadísticamente de una gran lealtad e incluían una proporción mayoritaria de publicistas con un perfil de ingresos elevado, estarían familiarizados con la gama de efectos sonoros descaradamente descabellados e incluso estrambóticos que empleaba para dar una idea de las acciones silenciosas de Phil mientras estábamos en el aire. También sabían lo que era aire muerto, que es el término terroríficamente técnico con el que los cerebritos de la radio nos referimos al silencio. Cogí aire.

—¿Podemos hablar de lo que todavía no hemos comentado?

—¿Debemos hacerlo? —Phil parecía afligido.

—Phil, la semana pasada me tuvieron tres días fuera de antena; ayer nos pasamos todo el programa pinchando el equivalente pop de la música marcial…

—¿Y? ¿No es eso lo que sale de los amplis Marshall?

—Y además nos dicen que hace siete días el mundo cambió para siempre. ¿Un programa que se presupone de actualidad no debería reflejar esos hechos?

—Ni siquiera sabía que conocieras la palabra presuponerse.

Me incliné más sobre el micro, bajé la voz. Phil cerró los ojos.

—Oyente, esta es la reflexión para hoy. Para nuestros primos americanos… —Phil gimió—. Si encontráis y matáis a Bin Laden, dando por sentado que él sea la basura que se esconde detrás de todo esto, o aunque solo encontréis su cadáver… —Hice una pausa mientras miraba las manecillas del reloj del estudio avanzar en silencio hacia el punto de la hora. Phil se había quitado las gafas—. Envolvedlo en piel de cerdo y enterradlo debajo de Fort Knox. Hasta puedo deciros a qué profundidad: cuatrocientos once metros. Es decir, a ciento diez pisos. —Otra pausa—. No os preocupéis por ese ruido, oyentes, es solo la cabeza de mi productor golpeando suavemente contra la mesa. Ah, una última cosa: tal como están las cosas, lo que ocurrió la semana pasada no fue un ataque a la democracia; de haberlo sido, habrían estrellado el avión contra la casa de Al Gore. Basta por hoy. Hablamos mañana, si es que aún sigo aquí. Después de unos ejemplos vitales de propaganda consumista, las noticias.

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