Scott Turow - El peso de la prueba

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– Nogalski -se presentó.

Estrechó la mano de Stern con blandura, sin molestarse en mirarlo. Era un hombre corpulento con chaqueta de tweed. Un tipo duro. Todos lo eran. El detective señaló una mecedora. A sus espaldas, la mujer murmuró algo en la radio: «Estamos hablando con él ahora».

– ¿Podemos hacerle unas preguntas, Sandy?

– ¿De qué índole?

– Las habituales. Ya sabe, tenemos que preparar un informe. El teniente está en camino y hay que ponerlo al corriente. ¿Esto fue una sorpresa para usted? -preguntó el policía.

Stern aguardó un momento antes de responder.

– Una enorme sorpresa -dijo.

– ¿Su esposa era una mujer depresiva?

Por el momento, este examen del carácter de Clara, que debía sintetizarse en unas frases, le resultaba imposible.

– Era una persona seria. No la describiría como una personalidad jovial.

– ¿Pero acudía a un psiquiatra o algo por el estilo?

– Que yo sepa, no. Mi esposa no acostumbraba a quejarse. Era muy reservada.

– ¿Nunca amenazó con hacer esto?

– No.

El detective, casi calvo, miró directamente a Stern por primera vez. Era evidente que no le creía.

– Aún no hemos encontrado ninguna nota.

Stern agitó la mano sin convicción. No tenía explicaciones.

– ¿Dónde estaba usted? -preguntó el policía que tenía detrás.

– En Chicago.

– ¿Para qué?

– Asuntos legales. Me reuní con varios abogados.

La posibilidad de que Dixon estuviera en aprietos, tan perturbadora una hora atrás, cobró un nuevo aspecto. La urgencia de la situación desaparecía como una mano que se hundiera en las profundidades.

– ¿Cuándo se fue usted? -preguntó Nogalski.

– Ayer, muy temprano.

– ¿Habló usted con ella?

– Lo intenté anoche, pero nadie respondió. Tenemos un abono para la sinfónica. Supuse que después habría salido a tomar un café con algún amigo.

– ¿Quién fue el último que habló con ella, por lo que usted sabe?

Stern reflexionó. La brusquedad de Peter pronto provocaría la hostilidad de la policía.

– Tal vez mi hijo.

– ¿Está él fuera?

– Está muy afectado en este momento.

Nogalski sonrió con aire desdeñoso.

– ¿Lo hace usted a menudo? -preguntó el policía que tenía detrás.

– ¿Qué, agente?

– Viajar a otra ciudad.

– A veces es necesario.

– ¿Dónde se alojó usted? -preguntó la mujer.

Stern trató de guardar la calma ante el tono de las preguntas. Naturalmente los policías sabían quién era él y reaccionaban en consecuencia: despreciaban a la mayoría de los abogados defensores que estorbaban a la policía a cada paso y recibían pingües beneficios por hacerlo. Para la policía ésta era una oportunidad natural, la ocasión de fastidiar a un adversario y de regodearse en sus insidiosas y habituales fantasías sobre juegos sucios y motivaciones. Tal vez el hispano estaba follando con su amiguita en Chicago mientras un tío a sueldo se encargaba de esto. Nunca se sabe si no preguntas.

– En esta ocasión me alojé en el Ritz. -Stern se puso en pie-. ¿Puedo irme? Mi hijo y yo todavía tenemos que hablar con sus hermanas.

Nogalski lo observaba.

– Esto no tiene mucho sentido -espetó el detective.

No tenía sentido: ésa era su opinión profesional. Stern miró duramente a Nogalski. Uno de los gajes del oficio de Stern era que rara vez sentía gratitud por la policía.

Mientras caminaba por el pasillo, Stern oyó la voz de Peter. Estaba contando algo. El mismo policía de cara rubicunda que había conducido a Stern al garaje escuchaba impasible. Stern cogió a Peter por el brazo para alejarlo. Esto era intolerable. ¡Intolerable! Una capa de resistencia se estaba resquebrajando dentro de él.

– Por Dios, van a hacerle la autopsia. ¿Lo sabías? -preguntó Peter en cuanto estuvieron solos en el corredor. Peter era médico y por lo visto sufría el acecho del pasado, el recuerdo de los exámenes de patología con los cadáveres de vagabundos, el humor patibulario de los estudiantes de medicina que escudriñaban las entrañas del muerto. Peter sufría al pensar en su madre como otra anatomía sin vida esperando la sierra del forense-. No lo permitirás, ¿verdad?

Stern, mucho más bajo que su hijo, observó a Peter, que estaba rígido de pánico. Se preguntó si sólo se comportaba de aquella forma histérica ante el padre. El tono de sus relaciones no había cambiado en años. Siempre estaba ese carácter apremiante, insistente. Stern no cesaba de preguntarse qué quería Peter de él.

– Es necesario, Peter. El forense tiene que encontrar la causa de la muerte.

– ¿La causa de la muerte? ¿Creen que fue un accidente? ¿Van a examinarle el cerebro para averiguar lo que pensaba? Por amor de Dios, no nos dejarán cuerpo para enterrar. Es evidente que se ha suicidado.

Aún nadie había pronunciado la palabra en voz alta. Stern tomó la franqueza de Peter como una especie de descortesía: demasiado grosera y directa. Pero no se sintió afectado.

Dijo que ése no era el momento para bregar con los policías. Actuaban como idiotas, como de costumbre, haciendo una especie de investigación de homicidios. Tal vez quisieran hablar con él.

– ¿Conmigo? ¿Sobre qué?

– Tus últimas conversaciones con tu madre, supongo. Les dije que ahora estabas demasiado perturbado.

A pesar del dolor, Peter sonrió como un niño.

– Bien -dijo.

Qué hombre tan extraño. Hubo un instante especial entre Stern y su hijo, una legión de cosas no comprendidas. Luego Stern le recordó que debían llamar a sus hermanas.

– De acuerdo -asintió Peter con más aplomo.

A pesar de las diferencias con su padre, Peter era un fiel hermano mayor.

Stern oyó que alguien anunciaba la llegada del teniente. Un hombre corpulento entró en el pasillo, mirando hacia ellos. Tenía la misma edad de Stern, pero el tiempo parecía haberlo tratado de otra manera. Era ancho y macizo y, al igual que un granjero o alguien que trabajara al aire libre, parecía haber conservado el vigor de la juventud. Vestía un traje marrón claro, arrugado y sintético, y una camisa de rayón que le quedaba holgada; cuando se volvió por un instante, Stern vio que un faldón le colgaba fuera de la chaqueta. Tenía la cara ancha y rosada, muy poco pelo, apenas unos mechones grises sobre la coronilla.

Saludó a Stern con una inclinación de cabeza.

– Sandy -dijo.

– Teniente -respondió Stern.

Lo único que recordaba de ese hombre era que lo había visto antes. Algún caso. Alguna vez. Le costaba pensar con claridad.

– Cuando quiera -anunció el teniente.

Stern y su hijo vacilaron.

– Háblale tú. Yo iré a llamar -dijo Peter-. Ya sabes, Marta y Kate. Es mejor que las avise yo.

En un arrebato de lucidez propio de los momentos de tensión extrema, Stern reconoció la representación de un drama familiar tradicional. Peter había adoptado un curioso liderazgo en la familia; tanto sus hermanas como su madre a menudo recurrían a él. Había forjado intensos e íntimos lazos con ellas. Stern no sabía cómo, porque con él nunca se formaban las mismas alianzas. Stern sabía que ese difícil deber le correspondía, pero se sentía demasiado débil.

– Diles que las llamaré pronto.

– Claro -dijo Peter. Se apoyó un instante contra la pared y añadió con aire reflexivo-: La vida está llena de sorpresas.

En el cuarto de Stern, el teniente recibía el informe de sus agentes. Nogalski se le acercó cuando Stern salía del pasillo. El teniente quería saber qué habían hecho los policías. Nogalski habló. Los otros sabían que les correspondía callar.

– He estado haciendo unas preguntas, teniente.

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