Scott Turow - El peso de la prueba

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Kate la miró atónita.

– Claro. Está encantado. ¿Por qué no iba a ayudar?

Marta se encogió de hombros. En momentos como éste, Stern notaba que Marta parecía turbada por los hombres. Marta, hija de su padre, por desgracia no era una mujer bonita. Tenía la nariz ancha y los pequeños ojos oscuros de Stern. Peor aún, había heredado su figura. Stern y su hija eran bajos, con una tendencia a acumular peso en las partes inferiores. Marta se sometía casi con placer a los rigores de la dieta y el ejercicio, pero no había manera de escapar a lo que daba la naturaleza. Ella solía reconocer que no tenía la figura que promovían las revistas de moda. Aun así, Marta tenía siempre sus admiradores, pero sus relaciones parecían marcadas por la fatalidad. En sus conversaciones aludía a una procesión de hombres que iban y venían. Mayores, jóvenes. Las cosas siempre andaban mal.

– Papá nunca cambió pañales -replicó Marta a la defensiva.

– ¿No los cambié? -preguntó Stern.

Asombrosamente, le costaba recordar con precisión.

– ¿Cómo ibas a cambiar pañales? -preguntó Peter, alerta ante la oportunidad de enfrentarse a su padre-. Nunca estabas aquí. Recuerdo que nunca entendí bien qué era un juicio. Pensaba que se trataba de un lugar adonde ibas. Otra ciudad.

Marta llamó a John.

– ¿Vas a cambiar los pañales del niño?

John entró en el solario con la cafetera. Tenía tan mal aspecto como todos los demás, aturdido y apenado. Se encogió de hombros en respuesta a la pregunta de Marta. John era un individuo taciturno. Rara vez expresaba su opinión.

En otra habitación sonó el teléfono. Hacía dos días que llamaba sin cesar. Stern rara vez atendía. Sus hijos se encargaban e indicaban la fecha y el sitio de las exequias, prometiendo que comunicarían el pésame al padre. La mayoría de estas conversaciones terminaban del mismo modo, con una penosa pausa antes de colgar.

– Sí, es verdad -respondía uno de ellos-. Ignoramos por qué.

Silvia salió de la cocina enjugándose las manos en el delantal y dirigió una seña a Stern. Al parecer no podía eludir esta llamada. Al pasar, le tocó la mano a la hermana. Esta mujer, que tenía tres sirvientes en su hogar, había trabajado sin descanso durante tres días en esta casa de dolor, corriendo, organizando, cuidando.

– Ah, Sandy, qué triste ocasión. Mis condolencias.

Stern había subido al dormitorio, todavía a oscuras y con las ventanas cerradas, para atender el teléfono. Reconoció la voz del abogado Cal Hopkinson. Cuando Harry Fagel, un querido amigo de Sandy, había muerto dos años atrás, Cal, socio de Harry, lo había reemplazado como cliente de Stern. Actualizó los testamentos de los Stern y cada año presentaba las declaraciones de impuestos de los fondos legados por los padres de Clara. Cal era un individuo práctico, cordial aunque no especialmente simpático, y fue al grano. Como Marta estaba en la ciudad, se preguntaba si Stern querría ir con sus hijos esa semana para hablar del testamento de Clara.

– ¿Es necesario, Cal?

Cal hizo una pausa, tal vez ofendido. Era uno de esos abogados que vivía para los detalles, y los podaba todos los días en la creencia de que crecerían como malezas si nadie los vigilaba.

– No es necesario, Sandy, pero a veces conviene prevenir. Clara dejó una gran propiedad, ¿sabes?.

¿Lo sabía? Sí, recordó que lo sabía. A decir verdad, en esos momentos en que estaba demasiado abrumado y débil para no evitarlo, cuando se casó con Clara apenas podía verla a través del destello del oro. «Chico pobre se casa con chica rica.» Era un sueño tan excitante e ilícito como la pornografía. En consecuencia, había practicado la cruel represión habitual. Desde el principio, Stern había aplacado las obvias sospechas de Henry Mittler jurando a su suegro que Clara y él vivirían únicamente de lo que él ganara. Pasaron treinta años en los cuales Stern fingió no interesarse en la fortuna de Clara, dejando que ella se encargara de administrarla y de contratar las personas necesarias. Al final, con amarga ironía, la mentira resultó verdad.

– ¿Hay en el testamento alguna sorpresa que desees comunicarnos, Cal?

Una pausa de abogado, el hábito de un hombre que había aprendido a medir cada frase antes de hablar. Tal vez Cal consideraba que responder era poco profesional.

– Nada alarmante -dijo al fin-. Estoy seguro de que tienes una idea de las generalidades. Tal vez haya un par de puntos que deberíamos comentar.

Cal había puesto el énfasis adecuado en «alarmante». Sorpresa pero no devastación, en otras palabras. ¿De qué se trataba? Clara, una persona siempre ordenada, había dejado una estela de confusión, como si no le importara.

Stern dijo que hablaría con sus hijos y se dispuso a terminar la conversación.

– Sandy -dijo de repente Cal. Por el tono, Stern vio venir sus palabras-. Ésta es una noticia tan desagradable… Perdóname que te lo pregunte, pero ¿había algún indicio?

– No -respondió deprisa-, ningún indicio.

Colgó de mal humor, pensando que Cal era un estúpido. Cerró los ojos y se refugió un instante más en el dormitorio a oscuras, escuchando el ronco coro de voces que subían por la escalera. Era un alma demasiado solitaria para soportar esta intrusión continuada. Era como si tuviera una gran oreja apretada contra su pecho, atenta a cada jadeo. Una muerte así estimularía la sórdida curiosidad de muchos. Colegas, amigos y vecinos desfilarían para observar la pesadumbre y clavar en Stern una mirada sutilmente acusadora. La noche anterior había detectado esa sombría curiosidad incluso en los visitantes que mejor conocía. Todos se preguntaban qué había pasado. ¿Qué le había hecho él a su esposa? El suicidio de Clara había expuesto un secreto lúgubre, como si en el cuerpo de su vida matrimonial hubiera una grotesca deformidad que antes había permanecido oculta. Stern se quedó unos instantes más en la oscuridad, sin saber si lloraba por la pérdida o por la humillación.

– ¿Quieres niño o niña? -preguntaba Marta cuando Stern regresó a la mesa de juegos.

Los delicados y morenos rasgos de Kate delataron cierta confusión. Evidentemente, era la primera vez que alguien le hacía esta pregunta.

– Ambos queremos un bebé sano -respondió Kate.

– Naturalmente -dijo Marta-. Pero si pudierais elegir, ¿qué preferiríais? ¿Un niño sano o una niña sana?

– Marta -intervino Stern, mientras estudiaba sus cartas. Había contado los puntos de nuevo. Era como si nunca hubiera visto esa mano-. No es una pregunta que una futura madre siempre pueda responder.

Kate había estado pensando.

– Me gustaría una niña -decidió sonriendo-. Las niñas son más agradables.

– ¿Ahora dejan entrar niñas en los equipos de fútbol? -preguntó Peter-. ¿Hasta dónde llegarán las cosas?

– A John le encantaría una niña -respondió Kate al instante.

– Desde luego -apuntó Stern.

Peter tocó la mano de la hermana para tranquilizarla: simplemente no podía refrenar su genio.

– Las madres siempre dicen que las niñas son más difíciles al final -apuntó Marta.

– Eso no es lo que decía mamá -respondió Kate.

– Eso es lo que me dijo a mí -repuso Marta. Ambas hermanas se miraron fijamente, como si un oscuro secreto se irguiera entre ellas. A pesar de sus convicciones, Marta era una persona con grandes dudas sobre sí misma y su lugar en el mundo, y en los últimos días había evocado más que los demás sus recuerdos de Clara. Muchas tareas inconclusas, estimó Stern. Marta se volvió hacia el padre en busca de ayuda-. ¿Acaso no decía eso, papá?

– Tu madre -replicó Stern- tomó en serio la crianza de cada uno de vosotros. Con lo cual la tarea a veces le resultaba abrumadora. -Stern sonrió diplomáticamente a Marta-. Creo que dije tréboles.

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