– A tus clientes no les va a gustar -comentó Esperanza.
– Di mejor a nuestros clientes -la corrigió Myron.
Esperanza hizo una mueca.
– ¿Ser paternalista te tranquiliza más?
Myron hizo caso omiso del comentario.
– Tenemos que encontrarle el lado positivo -señaló.
– ¿Cómo cuál?
– No estoy seguro. -Myron se retrepó en su sillón-. Podemos alegar que la publicidad que se le dará los beneficiará.
– ¿En qué?
– Primero, me permitirá establecer nuevos contactos. -Las ideas acudían a la mente de Myron mientras hablaba-. Segundo, conoceré mejor a los patrocinadores, sabré más acerca de ellos. Más gente oirá hablar de mí e, indirectamente, de mis clientes.
Esperanza resopló.
– ¿Crees que colará?
– ¿Por qué no?
– Porque es una estupidez. «Indirectamente, de mis clientes.» Vaya tontería.
Tenía razón.
– ¿A qué viene tanto alboroto? -le preguntó Myron-. El baloncesto sólo me quitará un par de horas al día. Estaré aquí el resto del tiempo. Llevaré a todas partes el móvil. Además no duraré mucho en el equipo.
Esperanza lo miró con escepticismo.
– ¿Qué pasa? -inquirió Myron, y al ver que ella sacudía la cabeza, añadió-: No, quiero saberlo. ¿Qué pasa?
– Nada -le respondió Esperanza. Lo miró a los ojos, con las manos enlazadas sobre el regazo-. ¿Qué dice la zorra sobre todo esto? -preguntó con dulzura.
Era su forma de referirse a Jessica.
– ¿Quieres hacer el favor de dejar de llamarla así?
Ella lo miró como si dijese: «No tengo ganas de discutir». En una época muy, muy lejana, Jessica y Esperanza se habían tolerado mutuamente, pero poco después, aquélla se largó y ésta fue testigo directo del estado en que había quedado Myron. Algunas personas aprenden a superar cualquier tipo de resentimiento. Esperanza, en cambio, los interiorizaba. Le daba igual que Jessica hubiera regresado.
– ¿Qué opina? -insistió Esperanza.
– ¿Sobre qué?
– Sobre las perspectivas de paz en Oriente Medio -le espetó Esperanza-. ¿A qué crees que me refiero? Vas a jugar otra vez.
– No lo sé. Aún no hemos tenido oportunidad de hablar de ello. ¿Por qué lo dices?
Esperanza volvió a sacudir la cabeza.
– Vamos a necesitar a alguien aquí -dijo, y dio por concluida la discusión-. Alguien que conteste a las llamadas, que se encargue del ordenador…, esa clase de cosas.
– ¿Se te ocurre alguien?
Esperanza asintió.
– Cyndi -repuso.
Myron palideció.
– ¿Te refieres a la Cyndi en que estoy pensando?
– Podría contestar al teléfono, hacer recados. Es muy trabajadora y eficiente.
– Ah, pero sabe hablar -ironizó Myron. Big Cyndi había sido compañera de Esperanza en el equipo de lucha libre bajo el sobrenombre de la Gran Jefa.
– Obedecerá órdenes. Hará el trabajo sucio. No es ambiciosa.
Myron reprimió una exclamación ahogada.
– ¿No está trabajando de guardia de seguridad en un local de strip-tease?
– No es un local de strip-tease. Es un bar de sadomasoquistas.
– Perdón -dijo Myron.
– Y ahora trabaja en la barra.
– ¿La han ascendido?
– Sí.
– Bien, me sabría muy mal frustrar su brillante carrera si le pido que venga a trabajar aquí.
– No seas gilipollas -le espetó Esperanza-. Trabaja en el bar por las noches.
– Vaya -dijo Myron-. ¿El local no convoca a ingentes multitudes?
– Conozco a Cyndi. Sé que lo hará bien.
– La gente se asustará -señaló Myron-. ¡Si me asusta a mí!
– Se quedará en la sala de reuniones. Nadie la verá.
– No lo sé.
Esperanza se levantó.
– Bien, pues encuentra a alguien. Tú eres el jefe, el cerebro. Yo sólo soy una secretaria de mierda. Jamás osaría cuestionar tu forma de tratar a nuestros clientes.
Myron sacudió la cabeza.
– Eso ha sido un golpe bajo -dijo. Se inclinó hacia delante, con los codos sobre el escritorio y las manos bajo el mentón-. De acuerdo -añadió, y dejó escapar un profundo suspiro-. Le daremos una oportunidad.
Myron aguardó. Esperanza le devolvió la mirada.
– ¿Es ahora cuando debo dar saltitos y mostrarme infinitamente agradecida? -dijo por fin.
– No, ahora es cuando me largo. -Myron consultó su reloj-. Tengo que hablar con Clip acerca de unas manchas de sangre antes de la conferencia de prensa.
– Que te diviertas. -Esperanza se encaminó hacia la puerta.
– Aguarda un momento -dijo Myron-. ¿Tienes clase esta noche?
Esperanza cursaba estudios nocturnos en la Facultad de Derecho de Nueva York.
– No -respondió ella, volviéndose.
– ¿Quieres ir al partido? -Myron carraspeó-. Puedes…, no sé, traer a Lucy, si quieres.
Lucy era la pareja actual de Esperanza. Antes de enrollarse con ella, Lucy había estado saliendo con un hombre llamado Max. Sus preferencias sexuales parecían no estar del todo definidas.
– Hemos roto -anunció Esperanza.
– Vaya, lo siento. -Myron parecía desconcertado-. ¿Cuándo?
– La semana pasada.
– No me dijiste nada.
– Tal vez porque no era asunto tuyo.
Myron asintió. Tenía toda la razón.
– Bien, pues tráete a una, eh, nueva amiga, si quieres. O ven sola. Jugamos contra los Celtics.
– No me apetece.
– ¿Estás segura?
Esperanza asintió de nuevo y salió del despacho. Myron se puso la chaqueta y bajó al aparcamiento, donde Mario le arrojó las llaves sin levantar la vista. Tomó el túnel Lincoln y salió a la carretera 3. Pasó por delante de una enorme y popular tienda de productos electrónicos llamada Tops. El letrero consistía en una gigantesca nariz sobre una leyenda que rezaba: «Tops está justo debajo de sus narices». Real como la vida misma. Lo único que se echaba de menos eran unos pelos gigantescos asomando por las fosas nasales. Estaba a unos dos kilómetros de Meadowlands cuando el teléfono del coche sonó.
– He conseguido algunos datos -dijo Win.
– Adelante.
– Durante los últimos cinco días no se ha producido el menor movimiento en las cuentas bancarias y en las tarjetas de crédito de Greg Downing.
– ¿Nada?
– Nada.
– ¿Algún reintegro en metálico?
– Ninguno en los últimos cinco días.
– ¿Y antes? Tal vez sacó un montón de dinero antes de esfumarse.
– Estamos trabajando en ello. Aún no lo sé.
Myron cogió la salida de Meadowlands. Reflexionó sobre lo que todo aquello significaba. No era gran cosa, por el momento, pero aun así las noticias no parecían buenas. Nada resultaba muy prometedor: ni la sangre en el sótano, ni que Greg hubiese desaparecido, ni que sus cuentas bancarias no presentasen movimiento alguno.
– ¿Algo más? -preguntó.
Win vaciló.
– Puede que no tarde mucho en saber dónde tomó esa copa el bueno de Greg con la hermosa Carla.
– ¿Dónde?
– Después del partido. Para entonces, habré averiguado algo más.
El deporte es una forma de folclore -dijo Clip Arnstein en la sala llena de periodistas-. Lo que estimula nuestra imaginación no es sólo la victoria y la derrota, sino las historias. Las historias de perseverancia. Las historias de fuerza de voluntad. Las historias de trabajo duro. Las historias que parten el corazón. Las historias de milagros. Las historias de triunfo y tragedia. Las historias de regresos.
Clip miró a Myron, con los ojos humedecidos apropiadamente para la ocasión y su mejor sonrisa paternal. Myron reprimió un intenso deseo de esconderse bajo la mesa ante la que estaba sentado.
Después de una pausa premeditada, Clip se volvió hacia el público. Los periodistas guardaron silencio. Algunos flashes destellaron. Clip tragó saliva varias veces, como si hiciera acopio de fuerzas para continuar. Alzó sus ojos humedecidos hacia el público.
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