Harlan Coben - Ni una palabra

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Qué haría un padre por proteger a su hijo? ¿Hasta dónde estaría dispuesto a llegar? ¿Le espiaría?¿Llegaría a mantenerle localizado permanente por el GPS de su móvil? Es lo que hacen Tia y Mike Baye, aunque vigilarle así no impedirá que Adam, su hijo de 16 años, desaparezca tras el suicidio de su mejor amigo. Ambos se lanzarán a una agónica búsqueda, mientras van conociendo con espanto que, en el fondo, no saben nada de la vida de su hijo.

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Hizo su última visita hacía media hora y acabó diciendo tres palabras a Mike:

– No va bien.

La puerta se abrió de golpe otra vez. Hester entró, cogió una silla y la acercó a Adam. Se sentó y situó la cara a dos centímetros de la del chico. Él se apartó. Ella le cogió la cara entre las manos, le obligó a mirarla y dijo:

– Mírame, Adam.

Él la miró de muy mala gana.

– Éste es el problema que tienes. Rosemary y Carson te echan la culpa a ti. Dicen que fue idea tuya robar los talonarios de recetas de tu padre y llevar el negocio al siguiente nivel. Dicen que tú los buscaste a ellos. Dependiendo de su estado de ánimo, también aseguran que tu padre estaba en el ajo. Aquí tu padre estaba buscando la manera de sacarse un dinerillo extra. Los agentes de la DEA que están aquí se llevaron muchos honores por arrestar a un médico en Bloomfield por lo mismo: suministrar recetas ilegales para el mercado negro. Así que les gusta este enfoque, Adam. Quieren al médico y a su hijo en una conspiración porque atrae la atención de los medios y significa promociones para ellos. ¿Entiendes lo que te digo?

Adam asintió.

– Entonces, ¿por qué no me dices la verdad?

– No importa -dijo Adam.

Ella hizo un gesto de desesperación.

– ¿Qué significa esto?

Adam sacudió la cabeza.

– Es mi palabra contra la suya.

– De acuerdo, pero mira: tenemos dos problemas. Primero, no están sólo ellos. Un par de colegas de Carson respaldan su versión. Evidentemente, esos colegas respaldarían la versión de que hiciste exploraciones anales en una nave espacial si Carson y Rosemary se lo pidieran. Así que ése no es nuestro mayor problema.

– ¿Cuál es entonces? -preguntó Mike.

– La prueba más sólida que tienen son los talonarios de recetas. No se pueden relacionar directamente con Rosemary y Carson. La cosa no queda atada y bien atada. En cambio, pueden relacionarlos directamente con usted, doctor Baye. Evidentemente, son suyos. También pueden relacionar bastante bien cómo fueron del punto A: usted, doctor Baye, al punto B: el mercado ilegal. A través de su hijo.

Adam cerró los ojos y sacudió la cabeza.

– ¿Qué? -preguntó Hester.

– No va a creerme.

– Cariño, escúchame. Mi trabajo no es creerte. Mi trabajo es defenderte. Preocúpate porque tu madre te crea, ¿de acuerdo? Yo no soy tu madre, soy tu abogada y, ahora mismo, te convengo mucho más.

Adam miró a su padre.

– Yo te creeré -dijo Mike.

– Pero no confiaste en mí.

Mike no sabía qué responder a esto.

– Pusiste esa cosa en mi ordenador. Leíste mis conversaciones privadas.

– Estábamos preocupados por ti.

– Podíais haber preguntado.

– Lo hicimos, Adam. Te pregunté mil veces. Me dijiste que te dejara en paz. Me dijiste que saliera de tu habitación.

– Eh, chicos. -Era Hester-. Disfruto con esta escena padre e hijo tan conmovedora, es una maravilla, tengo ganas de llorar, pero os cobro por horas y soy francamente cara, así que ¿podemos volver al caso?

Llamaron con fuerza a la puerta. Se abrió y entraron el agente especial Darryl LeCrue y el ayudante del fiscal Scott Duncan.

– Salgan. Ésta es una reunión privada -dijo Hester.

– Hay alguien que quiere ver a sus clientes -dijo LeCrue.

– Ni que sea Jessica Alba enseñando el ombligo…

– ¿Hester?

Era LeCrue.

– Confíe en mí. Esto es importante.

Se apartaron a un lado. Mike los miró. No estaba seguro de qué podía esperar, pero sin duda, esto no. Adam se echó a llorar en cuanto los vio.

Betsy y Ron Hill entraron en la sala.

– ¿Quién cono son ésos? -preguntó Hester.

– Los padres de Spencer -dijo Mike.

– Uau, ¿qué clase de truco emocional es éste? Los quiero fuera, los quiero fuera ya.

– Calle. Escuche. No hable. Escuche -dijo LeCrue.

Hester miró a Adam. Le puso una mano en el brazo.

– No digas ni una palabra. ¿Me has oído? Ni una palabra.

Adam siguió llorando.

Betsy Hill se sentó frente a él. También tenía lágrimas en los ojos. Ron se quedó de pie detrás de ella. Cruzó los brazos y miró al techo. Mike podía ver que le temblaban los labios. LeCrue se quedó de pie en un rincón y Duncan en otro.

– Señora Hill, ¿puede decirles lo que acaba de contarnos? -dijo LeCrue.

Hester Crimstein todavía tenía una mano sobre el brazo de Adam, preparada para hacerlo callar. Betsy Hill sólo miraba a Adam. Finalmente, el chico levantó la cabeza y la miró a los ojos.

– ¿Qué ocurre? -preguntó Mike.

– Me mentiste, Adam -dijo finalmente Betsy Hill.

– Uau, uau -dijo Hester-. Si va a empezar a lanzar acusaciones sobre engaños, vamos a parar esto aquí y ahora.

Betsy siguió mirando a Adam, ignorando aquel estallido.

– Tú y Spencer no os peleasteis por una chica, ¿no?

Adam no dijo nada.

– ¿No?

– No contestes -dijo Hester, apretándole el brazo-. No tenemos nada que decir sobre una presunta pelea…

Adam apartó el brazo.

– Señora Hill…

– Tienes miedo de que no te crean -dijo Betsy-. Y tienes miedo de hacer daño a tu amigo. Pero ya no puedes hacer daño a Spencer. Está muerto, Adam. Y no es culpa tuya.

Las lágrimas seguían resbalando por la cara de Adam.

– ¿Me has oído? No es culpa tuya. Tenías razones para enfadarte con él. Su padre y yo pasamos por alto tantas cosas. Tendremos que vivir con esta pena el resto de nuestra vida. Quizá podríamos haberlo detenido de haber estado más atentos, o quizá no había forma de salvarlo. Ahora mismo ya no lo sé. Pero sí sé una cosa: no es culpa tuya y no puedes cargar con la culpa de esto. Está muerto, Adam. Nadie puede hacerle daño.

Hester abrió la boca, pero no salió nada. Se detuvo, se apartó y observó. Mike tampoco entendía absolutamente nada.

– Cuéntales la verdad -dijo Betsy.

– No importa.

– Sí, sí importa, Adam.

– Nadie va a creerme.

– Nosotros te creemos -dijo Betsy.

– Rosemary y Carson dirán que fuimos mi padre y yo. Ya lo están diciendo. ¿Para qué ensuciar el nombre de otro?

– Por eso intentaste ponerle fin anoche -dijo LeCrue-. Con ese equipo de escucha del que nos has hablado. Rosemary y Carson te hacían chantaje, ¿no? Te dijeron que si hablabas, te cargarían las culpas a ti. Dirían que tú robaste los talonarios de recetas. Que es lo que están haciendo ahora. Y encima tenías que preocuparte por tus amigos. Todos podían meterse en un buen lío. ¿Qué alternativa tenías? Les seguiste la corriente.

– No estaba preocupado por mis amigos -dijo Adam-. Pero querían echarle la culpa a mi padre. Perdería la licencia, eso seguro.

Mike sintió que le costaba respirar.

– Adam.

El chico se volvió a mirar a su padre.

– Cuéntales la verdad. No te preocupes por mí.

Adam negó con la cabeza.

Betsy alargó una mano y tocó la de Adam.

– Tenemos pruebas.

Adam parecía confundido.

Ron Hill intervino.

– Cuando Spencer murió estuve mirando sus cosas. Encontré… -se calló, tragó saliva, miró otra vez al techo-. No quería decírselo a Betsy. Ya lo estaba pasando muy mal y pensé que no serviría para nada. Estaba muerto. ¿Para qué hacerla sufrir más? Tú pensabas más o menos lo mismo, ¿no, Adam?

Adam no dijo nada.

– Y por eso no dije nada. Pero la noche que murió… estuve en su habitación. Debajo de la cama encontré ocho mil dólares en efectivo… y esto.

Ron lanzó un talonario de recetas sobre la mesa. Por un momento, todos lo miraron.

– Tú no robaste los talonarios de tu padre -dijo Betsy-. Los robó Spencer. Los robó de tu casa, ¿no?

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