Harlan Coben - Ni una palabra

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Qué haría un padre por proteger a su hijo? ¿Hasta dónde estaría dispuesto a llegar? ¿Le espiaría?¿Llegaría a mantenerle localizado permanente por el GPS de su móvil? Es lo que hacen Tia y Mike Baye, aunque vigilarle así no impedirá que Adam, su hijo de 16 años, desaparezca tras el suicidio de su mejor amigo. Ambos se lanzarán a una agónica búsqueda, mientras van conociendo con espanto que, en el fondo, no saben nada de la vida de su hijo.

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Buscó un cigarrillo y entonces recordó que lo estaba dejando. No quería dejarlo, pero su esposa estaba embarazada y ésta era la promesa que había hecho: el bebé no respiraría humo de segunda mano. Pensó en Mike Baye y en sus problemas con sus hijos. A Anthony le había caído bien Mike. Un tipo duro, aunque hubiera ido a Dartmouth. No se arredró. Algunos hombres se envalentonan con el alcohol o para impresionar a la novia o a un amigo. Algunos hombres simplemente son imbéciles. Pero Mike no era así. No tenía apoyo. Era un hombre de una pieza. Por raro que pareciera, hacía que Anthony también quisiera serlo.

Anthony miró el reloj. Dos minutos más de descanso. ¡Qué ganas tenía de fumar! Este trabajo no estaba tan bien pagado como el nocturno, pero era pan comido. Anthony no creía demasiado en tonterías supersticiosas, pero tenía claro que la luna ejercía un efecto. Las noches eran para las peleas, y si la luna estaba llena, sabía que estaría muy ocupado. Los tíos estaban más blandos a la hora del almuerzo. Se sentaban tranquilos, miraban y comían del bufé más espantoso conocido por la humanidad, algo que Michael Vick [3]no daría ni al perro.

– ¿Anthony? Se acabó el descanso.

Asintió y se volvió hacia la puerta, cuando vio a un chico que corría a su lado con un teléfono pegado a la oreja. Sólo lo vio un segundo, quizá menos, y no llegó a ver su cara con claridad. Iba con otro chico que se arrastraba un poco detrás de él. Este chico llevaba una chaqueta.

Una chaqueta universitaria.

– ¿Anthony?

– Vuelvo enseguida -dijo-. Tengo que ver una cosa.

Guy Novak le dio un beso de despedida en la mejilla a Beth en la puerta.

– Muchas gracias por cuidar de las niñas.

– Lo he hecho encantada. Me alegro de haber podido ayudar. Siento mucho lo de tu ex.

Menuda cita, pensó Guy.

Se preguntó distraídamente si Beth volvería alguna vez o si comprensiblemente este día la ahuyentaría para siempre. No se preocupó mucho por ello.

– Gracias -dijo de nuevo.

Guy cerró la puerta y fue al armario de las bebidas. No era un gran bebedor, pero ahora necesitaba una copa. Las niñas estaban arriba mirando una película en DVD. Les había gritado desde abajo que terminaran de ver tranquilamente la película. Así Tia tendría tiempo de recoger a Jill, y a Guy le daría un respiro para pensar en cómo darle la noticia a Yasmin.

Se sirvió whisky de una botella que probablemente no se había tocado en tres años. Se lo tragó de un tirón, dejando que le quemara la garganta, y se sirvió otro.

Marianne.

Recordó cómo había empezado todo hacía años, como un idilio de verano en la playa, donde los dos trabajaban en un restaurante frecuentado por turistas. Terminaban de limpiar por la noche, se llevaban una manta a la playa y contemplaban las estrellas. Las olas rompían y el aroma maravilloso del agua salada serenaba sus cuerpos desnudos. Cuando volvieron a la universidad -él a Syracuse, ella a Delaware- hablaban por teléfono cada día. Se escribían cartas. Él se compró un Oldsmobile Ciera muy viejo para poder conducir más de cuatro horas y ver a Marianne los fines de semana. El trayecto parecía interminable. No podía esperar a salir corriendo del coche y lanzarse a sus brazos.

Sentado en la casa, el tiempo iba adelante y atrás, jugando con él, haciendo que, de repente, algo muy lejano apareciera sobre su hombro.

Guy tomó otro trago largo de whisky que le hizo sentir mejor.

Dios, cuánto había querido a Marianne… y ella lo había echado todo a perder. ¿Para qué? ¿Para acabar así? Asesinada de un modo horrible, con aquella cara que él había besado tiernamente en la playa aplastada como una cascara de huevo, y su hermoso cuerpo tirado en un callejón como una basura.

¿Cómo se pierde eso? Cuando te enamoras tanto, cuando quieres pasar todos los momentos con una persona y todo lo que hace te parece maravilloso y fascinante, ¿cómo demonios desaparece eso?

Guy había dejado de culparse. Se acabó el whisky, se levantó vacilante y se sirvió otro. Marianne se había hecho la cama y había muerto en ella.

Maldita estúpida.

¿Qué estabas buscando por ahí, Marianne? Nosotros teníamos algo. Todas esas noches borrosas en los bares y tanto saltar de una cama a otra, ¿adónde te llevó, mi único amor verdadero? ¿Te hacía sentir realizada? ¿Te daba alegría? ¿Llenaba tu vacío? Tenías una hija preciosa, un marido que te adoraba, una casa, amigos, un entorno social, una vida… ¿Por qué no fueron suficientes?

Estúpida loca.

Dejó caer la cabeza hacia atrás. La masa de lo que quedaba de su cara… nunca podría olvidar esa imagen. Permanecería con él para siempre. Podría alejarla, meterla a la fuerza en un armario de un rincón de su mente, pero por las noches saldría y le perseguiría. Eso no era justo. Él era el bueno. Marianne había sido la que había decidido convertir su vida en una búsqueda destructiva -no sólo autodestructiva, porque al final había arrastrado con ella muchas víctimas- de un nirvana inalcanzable.

Permaneció así, en la oscuridad, y ensayó las palabras que diría a Yasmin. «Con sencillez», pensó. Su madre había muerto. No digas cómo. Pero Yasmin era curiosa. Querría detalles. Entraría en la red o sus amigas hablarían en la escuela. Otro dilema paterno: ¿decir la verdad o intentar proteger? Esta vez la protección no serviría. Internet garantizaba que no hubiera secretos. Así que tendría que contárselo todo. Pero poco a poco, no todo de golpe. Empezaría por lo más simple.

Guy cerró los ojos. No se oía nada, no hubo aviso, hasta que una mano le tapó la boca y la hoja le presionó la garganta, atravesando la piel.

– Chit -susurró una voz en su oído-. No me obligues a matar a las niñas.

Susan Loriman estaba sentada en el patio.

El jardín estaba precioso este año. Ella y Dante trabajan mucho en él, pero raramente disfrutaban del fruto de su esfuerzo. Intentaba serenarse y relajarse entre las flores y la vegetación, pero no lograba cerrar su ojo crítico. Una planta podría estar muriendo, otra podría necesitar recortes, otra no florecía tan bien como el año pasado. Apagaría las voces e intentaría fundirse en el paisaje.

– ¿Cielo?

Susan mantuvo los ojos fijos en el paisaje. Dante se acercó por detrás y le puso las manos sobre los hombros.

– ¿Estás bien? -preguntó.

– Sí.

– Encontraremos a un donante.

– Sí.

– No nos rendiremos. Todos nuestros conocidos donarán sangre. Suplicaremos, si es necesario. Sé que no tienes mucha familia, pero yo sí. Los analizarán a todos, te lo prometo.

Susan asintió.

Sangre, pensó. La sangre no es importante porque Dante era el verdadero padre de Lucas.

Jugueteó con la cruz de oro que llevaba al cuello. Debería contarle la verdad. Pero la mentira llevaba demasiado tiempo ahí. Después de la violación se había acostado con Dante lo más a menudo posible. ¿Por qué? ¿Porque lo sabía? Cuando nació Lucas, estaba segura de que era de Dante. Era lo más probable. La violación había sido una vez. Había hecho el amor con su marido muchas veces aquel mes. Físicamente, Lucas se parecía a ella, y no a ninguno de los dos hombres, de modo que se había obligado a olvidar.

Pero por supuesto no lo había olvidado. Nunca había podido dejarlo atrás, a pesar de que su madre se lo hubiera prometido.

«Es lo mejor. Saldrás adelante. Debes proteger a tu familia…»

Esperaba que Ilene Goldfarb le guardara el secreto. Nadie más lo conocía. Sus padres sí, pero ambos estaban muertos: su padre de una enfermedad cardíaca, su madre de cáncer. Mientras estuvieron vivos, nunca hablaron de ello. Ni una sola vez. Nunca la llevaron aparte y le dieron un abrazo, nunca la llamaron para preguntar cómo estaba y cómo lo llevaba. Ni siquiera pestañearon cuando, tres meses después de la violación, ella y Dante les dijeron que iban a ser abuelos.

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