En los últimos días había aprendido mucho, pero aquélla fue la lección definitiva. Jamás se debe juzgar a una persona por las apariencias. Arnold se dio cuenta de que Danny Boy se había aliado con él, no al revés, puesto que había sido el primero en darse cuenta de su coraje y su valía. Danny sabía que Michael era la persona capaz de tratar con todo el mundo, ganarse el respeto y la admiración necesarios para que su personalidad y su innata maldad destacasen aún más. Danny Boy jamás habría existido de no ser por Michael y su amabilidad. Era precisamente su influencia lo que había dado lugar a tan buena y fructífera combinación. Sin Michael, Danny Boy habría vivido una situación mucho más precaria. Arnold comprendió por fin que el antagonismo natural de Danny Boy jamás se habría abierto camino en su mundo de no ser controlado por la inteligencia y la sensatez de Michael, por su decencia y su honradez. La verdadera relación entre esos dos hombres le resultó tan obvia que se sorprendió de no haberse dado cuenta antes, pues ahora le resultaba tan patente que cualquiera con dos dedos de inteligencia debía comprenderlo.
Michael era, en muchos aspectos, el más fuerte de los dos. Danny Boy lo había sabido desde el principio, había entendido sus propias debilidades y se había aferrado al fuerte carácter de su amigo con la esperanza de que se le pegase algo, cosa que había logrado. La gente dependía del sentido común de Michael y de la violencia de Danny Boy cuando las cosas salían mal. Arnold sabía que ahora Michael era más consciente de eso que nadie.
Lo único que podía esperar Arnold era que Michael conservara su sentido de la justicia y su decisión de hacer lo apropiado para poner fin a esa situación. Tenían mucho que perder, y no sólo la libertad, sino también su posición en la comunidad, la cual les proporcionaba enormes ganancias. Nadie se había atrevido a ponerla en entredicho y así debía seguir siendo, ya que él había estado navegando en el mismo barco con ellos.
– Lo siento, Michael, me he pasado un poco. Pero es que no puedes ir por ahí justificando sus acciones después de lo que ha hecho.
Michael sabía que Arnold tenía razón, pero eso no facilitaba las cosas ni lo hacía sentir mejor. Ambos miraron el cadáver de Jeremy Marsh y se dieron cuenta de la gravedad de lo que habían hecho. Un poli muerto era un asunto muy serio, aunque fuese un poli corrupto como ése. La pasma mantenía una lealtad que no tenía nada que ver con la persona en cuestión, sino con los principios del propio cuerpo. Sabían que un poli corrupto afectaba a la opinión pública, por eso se cerraban en banda, pues la cuestión estribaba en salvar el pellejo y no permitir que por un poli corrupto se pusiera en entredicho a la policía.
– Lo entiendo, Arnold, mejor de lo que imaginas. Pero no se te ocurra volver a cuestionarme porque la próxima vez no te lo perdono. Por mucho que hables y digas, te juro que te mato.
Arnold no le respondió, se limitó a asentir. Sabía cuándo lo habían vencido y sabía que este hombre lo había derrotado mucho antes de que aquello empezara. Al contrario que él, Michael era plenamente consciente de lo útil y valioso que había sido y, al contrario que él, también era consciente de lo violento que podía ser llegado el momento. Formaba parte del aprendizaje.
Danny Boy sonreía y sabía que su sonrisa valía mucho dinero en el mundo que había creado. Su generosidad equivalía a tener una cuenta bancaria para cualquiera que fuese objeto de ella y de su buen humor. Estaba satisfecho de cómo había reaccionado Louie con sus problemas más recientes y confiaba en la opinión de ese hombre porque jamás le había aconsejado mal en los muchos años de amistad que habían mantenido. Danny sabía que era un chulo y, en su interior, sabía que esa chulería no tenía ninguna razón de ser, que la empleaba sólo porque disfrutaba con ello. Le encantaba ver el poder que le otorgaba y consideraba a los débiles culpables de ella. Creía que formaba parte del destino que las personas como él vivieran sencillamente para dominar a los más débiles. Era algo bíblico. Hasta en la Biblia había muestras de ese poder; de hecho, estaba basada precisamente en eso, en la supervivencia del más fuerte. Desde Caín hasta Abel, desde Herodes hasta los jodidos romanos. Hasta Cristo fue crucificado porque los fariseos pagaron una bonita suma para que lo considerasen culpable. Era muy parecido al sistema judicial británico, donde el que tiene la pasta sale libre. Era la ley de la selva, la supervivencia del más rico. Sin embargo, al contrario que Cristo, su padre se había dedicado a jugar más que un agente de bolsa y por eso él se había visto obligado a labrarse su propia suerte, cuidar de sus espaldas y convertirse en el número uno cuando nadie hubiera esperado semejante cosa. Al contrario que Cristo, su héroe, él no estaba dispuesto a sacrificarse por nadie. Por mucho que lo admirase, Danny Boy consideraba un error garrafal esa actitud, y era ése el aspecto de la religión que menos comprendía. Comprendía la lógica, pues no era ningún estúpido, le costaba creer que nadie pudiera ser tan jodidamente abnegado.
No tenía ningún sentido. Danny consideraba la Iglesia de Cristo como una banda de gángsters tras la misma meta: apoderarse de todo. Aun así, no le cabía en la cabeza que un hombre con el poder de curar a los enfermos y resucitar a los muertos pudiera morir, entregar el alma. Abandonar todo ese poder sin una segunda intención. El hecho de que aún se hablase de Él, y hasta se lo adorase dos mil años después de los hechos, era algo jodidamente serio. El jamás había predicado la sedición, sino el amor a todos. Ahí radicaba el escepticismo de Danny Boy. No podía creer que una persona no utilizase un poder así en su propio beneficio.
No obstante, seguía creyendo en Él, en su decencia y en su bondad. Sabía que Cristo no poseía instinto asesino, razón por la cual la Iglesia católica tenía que ser muy perspicaz en sus enseñanzas dados los tiempos que corrían. Con el bien no bastaba. La gente pedía más, la televisión se había encargado de ello. La venganza estaba a la orden del día y se pagaba. Muchos habían considerado a Danny un mártir por la forma en que se había encargado de cuidar a Louie, a pesar de haberse apoderado de sus medios de vida. Como su ídolo, Jesucristo; existía una similitud entre ambos. Aun así, creía que él estaba en lo cierto. Mantenía una estrecha relación con Louie, cuidaba de él y se aseguraba de que fuese tratado con respeto. Y lo hacía por el bien de Louie, no por el suyo. Sabía lo importante que era para el viejo la opinión de los demás. Danny Boy, además, no era un jodido filisteo y no tenía el más mínimo deseo de humillarlo. Lo único que había deseado era lo que consideraba suyo, ni más ni menos. Su artimaña en contra de Louie Stein le había servido para disfrutar de una posición frente a sus competidores, pues todos creían que lo había hecho por su bien, aunque en su interior sabían que no había sido así. Sin embargo, resultaba más fácil creer semejante cosa y pasarlo por alto, al menos en público.
Danny sabía mejor que nadie que se había apoderado del sustento de Louie, y que se lo había quitado, además, con una sonrisa en la boca. Louie no había tenido agallas para darle una lección, ni siquiera para poner objeciones, sino que había permitido que Danny Boy se apoderase de lo que él consideraba suyo, por lo que ambos se comportaron como si fuese algo de lo más normal. Pero no lo era. ¿Cómo iba a serlo? Danny Boy no sólo se había apoderado de su negocio, sino de su orgullo. Sin embargo, el miedo era un gran nivelador y el de enfrentarse a Danny Boy le había hecho guardar silencio, resignarse y aceptar su lugar, al igual que todos los que pertenecían a ese círculo de amigos. Su padre, cuando su madre le sorprendía con una puta, solía chillarle que no era la única guarra de la ciudad y en eso estaba en lo cierto. En todos los aspectos.
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