Tom Piccirilli - Clase Nocturna

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Tras el regreso de las vacaciones navideñas, Caleb Prentiss hace un macabro descubrimiento: durante su ausencia, una chica desconocida ha sido brutalmente asesinada en su dormitorio. Para él, un estudiante frustrado por el tedio de los estudios, ese suceso supondrá algo más que un incidente extraño y se convertirá en una obsesión a la que aferrar su oscura vida de universidad. Emprenderá una búsqueda desesperada por averiguar la identidad de la chica y del misterioso asesino, una búsqueda que no podrá abandonar ni siquiera cuando toda su vida empiece a derrumbarse a su alrededor.
En un viaje iniciático a través del misterio, el miedo y la desesperación, Piccirilli eleva el listón del terror con una obra maestra indiscutible. Clase nocturna es algo más que una historia, es una sobrecogedora experiencia que muchos lectores tardarán en olvidar.

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– No muerdas su anzuelo -le dijo ella. Sus caninos reptaron por su labio inferior. Aquella maliciosa sonrisa era tan impropia de ella que empezó a buscar pecas, marcas de nacimiento y cicatrices para asegurarse de que seguía siendo la misma. La boca empezó a secársele-. Enséñame, Cal.

– ¿Que te enseñe el qué?

– Enséñame. Perdóname.

Empezó a correrle sudor frío por la frente.

– ¿Que te perdone el qué, Jo?

– Por favor.

Trató de hablar y no salió nada. Ella le metió la lengua en la boca, se apartó, y volvió a caer sobre él.

– Te están devorando -dijo, vorazmente. Casi no reconoció la voz de tanto como se parecía a la de su madre-. Devorando vivo. -Fue bajando por su vientre, lamiendo y mordisqueando, trabajando con las manos. Su lengua aparecía y desaparecía.

Pensó que tenía razón y se dejó caer sobre Jodi, atraído por sus húmedas y carnosas cavidades. Su hermana había escupido aquellas mismas palabras que no habían significado nada cuando murió, y aún menos significaban ahora.

Perdóname.

7

Puede que la perdonara, en sus pesadillas, cuando podía permitírselo.

Jodi roncaba y musitaba suavemente en su sueño, como Fruggy Fred. Su respiración levantaba enmarañadas hebras de cabello delante de su boca. Lo que había sido amor y lujuria se había convertido ahora en lujuria, amor y una nueva dimensión del amor, una cara mal entendida o extraviada de la devoción. Habría sido mucho más inteligente ponerle fin pero, ¿quién es capaz de hacer cosas inteligentes cuando es necesario? Parte de su ternura se había sacrificado a la futilidad de él, un sacrificio debido a su impiedad, suponía. Por ello Cal sentía una culpa hiriente. Las trampas de la dulce comunicación vacía y otras necedades románticas propias de amantes no se movían en sincronía con la realidad que ellos compartían.

Las campanas repicaron tres veces.

Solo eran las tres de la mañana y a pesar de ello la mayor parte de su vida parecía haberse vivido ya. Recreada una y otra vez mientras él observaba, esperaba y se demoraba. Al igual que su hermana, no terminaba de poder aceptar lo que el mundo podía ofrecerle. Puede que debiera trabajar con ratas. Convertirse en cazador de ratas y conducir por ahí en una furgoneta llena de veneno, observándolas mientras correteaban alrededor de los muertos. O convertirse en vaquero de ratas en Hollywood, trabajando en los aparcamientos traseros de la Universal. O simplemente un criador de ratas. Resultaba curioso cuando lo pensaba, seguía el mismo camino que ella a pesar de todas las advertencias. Sus estados de ánimo, igual que habían sido los de ella, eran mercúricos y retrógrados. No era de extrañar que lo hubiera llamado al cuarto de baño.

Se dio dos golpecitos en la cabeza, tratando de desalojar a las serpientes de su interior. El movimiento despertó a Jodi. Lo miró, sonrió y susurró con voz soñolienta:

– Eh.

– Eh, tú.

Cal siguió mirándola hasta que estuvo seguro de que iba a quedarse dormida de nuevo, y entonces pasó el dorso de la mano por sus mejillas y le acarició las orejas por detrás hasta hacerla reír. Aún podía ser muy dulce, gracias a Dios. Sus dedos circularon sobre los diminutos surcos de las cicatrices, resbalaron sobre las pestañas y conectaron con las marcas rojizas que le había dejado sus dientes al morderla. Las sombras de copos contorneados oscurecían su vientre. Reformó las líneas de su rostro hasta que volvió a ver la versión definitiva de Sylvia Campbell que había creado originalmente.

Al darse cuenta de lo que estaba haciendo, se le encogió la garganta. Su mirada cariñosa se cerró con un sonido casi audible.

– ¿Quién te dijo lo de la fiesta del decano? -dijo.

– ¿Tenemos que hablar de eso ahora? Hasta después de hacer el amor vuelves a lo mismo.

– No estoy volviendo a nada.

– Claro que sí.

– Vale, estoy volviendo. Pues dímelo.

– ¿Y si no quiero hablar de ello? -dijo. No pudo evitar el desafío de su voz, la sombra de una amenaza.

– ¿Por qué no me lo dices?

– Para, Cal, por favor.

– ¿No vamos a ir juntos?

– Tú nunca paras, ¿eh? ¡Siempre tienes que presionar! -Con la boca comprimida en una línea ente azul y blanca y carente de labios, lo miró durante un minuto entero. Puede que fuera el minuto más largo de su vida. Aunque no había razón para ello-. ¿Por qué te molestan tanto cosas tan inconsecuentes?

– ¿Inconse…?

– ¡Trivialidades! ¿Por qué tienes que estar completamente histérico o totalmente tranquilo?

– ¿De veras soy así? -preguntó.

Sí, parecía tener sentido. Se apartó y se golpeó el hombro con uno de los carteles enmarcados de Robert Doisenau que colgaban junto a la cama: el París de los 50 balanceándose adelante y atrás, figuras indistintas y oscuras caminando sobre adoquines, inclinándose y columpiándose como ahorcadas.

– ¡Sí!

– ¿Por qué no me respondes sin más, Jo?

Jodi arrugó las sábanas con las manos.

– No me acuerdo. Puede que Rose. Creo que me dijo que Willy y ella estaban invitados.

– ¿También ellos? ¿Y cómo es que yo no?

– ¡Sí que estabas invitado! ¡Lo estás!

– Pero…

Un fuerte golpe en la puerta resonó en la habitación. Los dos salieron rápidamente de debajo de las sábanas y se apartaron. Jodi se vistió a toda prisa y trató de desenredarse el pelo mientras Cal se ponía los pantalones.

Otra llamada violenta. La puerta entera se sacudió en el marco, como si quienquiera que hubiese al otro lado la hubiera embestido con el hombro. Alguien tenía muchas ganas de entrar. Jodi hizo ademán de responder y Cal estuvo a punto de gritarle que no lo hiciera. El estudiante del piso de abajo podía dejar pasar a cualquiera. Al asesino, de regreso para liquidar a todos los que dormían en aquella cama.

Rose estaba en el pasillo, llorando incontroladamente, cubierta de nieve, con la boca temblorosa, los ojos moviéndose en sus órbitas de forma violenta y toda clase de colores extraños en la cara. Cal reprimió un oh, mierda. La chica entró a la fuerza apartando a Jodi, como un halcón descendiendo sobre un ratón de campo, y se precipitó sobre él. Cal sabía lo que estaba pasando. Una relación abierta. Y una mierda.

El gilipollas de Willy y sus chorradas machistas sobre no permitir que las cosas llegaran a ser demasiado serias, diciéndole a Cal que podían compartir a Rose, consciente de cómo era ella en realidad pero cegado por su libido. Fue incapaz de decidir si debía saltar por la ventana o no. Solo tres pisos. Pasamos al Plan B si resulta que solo hay uno. Ah, mierda, no es así.

Mírala: ¿no podía Willy haberle roto una costilla? Se detuvo a menos de medio metro de él, atravesó sus pupilas con la mirada y empezó a excavar en su cerebro. Su expresión recorrió el espectro entero: llena de horror, humillación, repulsión y dolor, expelidos en todas direcciones. En su caso, él se habría sentido exactamente igual. Se encogió, como un niño a punto de recibir una paliza de muerte y sabiendo que se la merecía. El esmalte de uñas empezó a caer en copos al suelo mientras ella se las arañaba, skrt, skrt, skrt, skrt, afilándolas para sus ojos. Esta simple acción resultaba suficientemente amenazadora por sí sola. Retrocedió un par de pasos más. Se sabía de gente que había sobrevivido a una caída de tres pisos.

El momento siguió expandiéndose, engulléndolos. El rostro de Rose parecía tan duro como la piedra, blanco y azul a causa del frío. Los cristales de hielo que llevaba en el pelo ni siquiera habían tenido tiempo de fundirse. Había atravesado el patio bajo la ventisca sin un abrigo. Tenía los bordes de las cejas empapados de sudor, maquillaje y lágrimas. Se había manchado de máscara toda la frente y las orejas, lo que le daba el salvaje aspecto de un mapache rabioso.

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