Comenzó a investigar la psicología de los gemelos, especialmente los idénticos; había consultado a Kruse, y luego probado con otro método de ataque: continuar hipnotizando a la paciente, pero sin insistir en los intentos de integración. En lugar de aquello, había adoptado un rol más activo, simplemente charlando con la paciente acerca de temas aparentemente inocuos: las hermanas, las gemelas, las gemelas idénticas. Llevando a J a través de discusiones no apasionadas… ¿acaso existía un nexo especial entre los gemelos y, si era así, cuál era su naturaleza? ¿Cuál era el mejor modo de criar a los gemelos cuando eran pequeños? ¿Cuánta de la semejanza de comportamiento de los gemelos era debida a la herencia, y cuánta a la genética?
«Yendo a favor, y no en contra, de la resistencia», era como lo había descrito ella. Tomando buena nota del lenguaje corporal de la paciente y de sus tonalidades en el habla, sincronizando a ello sus actuaciones.
Explotando el mensaje oculto, de acuerdo con la teoría del doctor P.P. Kruse, sobre la dinámica de las comunicaciones.
Esto siguió durante varios meses más; a primera vista, no eran más que un par de amigas charlando, pero la paciente había respondido al cambio de la estrategia hundiéndose más y más profundamente en la hipnosis. Mostrando una sugestibilidad tan profunda, que había llegado a desarrollar total anestesia de la piel al fuego, y empezado a ajustar la cadencia de su respiración al habla de Sharon. Pareciendo preparada a la sugestión directa. Pero Sharon nunca se la ofrecía, simplemente seguía charlando.
Luego, durante la sesión cincuenta y cuatro, la paciente pasó espontáneamente a ser Jana y comenzó a describir una loca noche que había tenido lugar en Italia… una fiesta en una villa en Venecia, poblada por raros personajes siempre sonrientes y alimentada por alcohol a chorros y abundante droga.
Al principio, sólo era otra narración de una de las orgías de Jana, con cada uno de los detalles escabrosos contado con evidente delectación, pero al cabo, a mitad del relato, había sido otra cosa…
– Mi hermana está aquí -dijo Jana, asombrada-. Está jodidamente sola, ahí en ese rincón, sentada en esa fea silla sin barnizar.
– ¿Qué es lo que ella siente? -le preguntó Sharon.
– Está aterrada. Se caga de miedo. Unos hombres le están chupando los pezones… unos tipos desnudos, muy peludos. Como babuinos… y están tirados por encima de ella, cubriéndola, clavándole cosas.
– ¿Cosas?
– Sus cosas. Sus repugnantes cosas. Le están haciendo daño y se ríen, y ahí está la cámara.
– ¿Dónde está la cámara?
– Allí, al otro lado de la habitación. Yo estoy… ¡oh, no, yo estoy aguantándola! Quiero verlo todo y todas las luces están encendidas. Pero a ella no le gusta, y sin embargo yo sigo filmándola. No puedo detenerme.
Mientras continuaba describiendo la escena, la voz de Jana fue debilitándose, quebrándose. Describió a J como «exactamente como… parece exactamente como yo, pero, ya sabes, más inocente. Ella siempre ha sido más inocente. Y realmente están abusando de ella. Me siento…».
– ¿Cómo? -le preguntó Sharon.
– Nada.
– ¿Cómo te sentías, Jana? ¿Cómo te sentías cuando viste lo que le estaba pasando a tu hermana?
– No sentí nada. -Una pausa-. Mal.
– ¿Muy mal?
– Un… poco mal. -Expresión de ira-. ¡Pero fue por su propia jodida culpa! ¡No cometas el crimen si no puedes cometer el crimen! ¿De acuerdo? Si no quería hacer eso no tendría que haber ido allí, ¿no?
– ¿Acaso tuvo elección, Jana?
Pausa.
– ¿Qué quieres decir?
– ¿Tuvo J elección en eso de ir a la fiesta?
Largo silencio.
– ¿Jana? -inquirió Sharon.
– Vale. La he oído. Primero pensé que, claro, seguro que la había tenido… todo el mundo puede elegir. Pero, luego…
– ¿Qué, Jana?
– No sé… quiero decir que realmente no la conozco. Quiero decir que somos exactamente la misma, pero hay algo en ella que… no sé. Es como si fuéramos… no sé… más que hermanas. No sé cuál debe de ser la palabra adecuada, quizá compa… Olvídelo.
Pausa.
– ¿Compañeras? -ofrece Sharon.
Jana, sobresaltada:
– ¡He dicho que lo olvide, ya basta de toda esta mierda! Hablemos de cosas divertidas, de lo que yo estaba haciendo en la jodida fiesta.
– De acuerdo -aceptó Sharon-. ¿Qué es lo que tú estabas haciendo?
Jana, desconcertada, al cabo de un largo silencio:
– No… lo recuerdo. ¡Buf, probablemente era algo aburrido! Cualquier fiesta a la que vaya ella seguro que es aburrida.
Una puerta había sido abierta; Sharon se abstuvo de seguir empujándola. Dejó que Jana siguiera hablando de naderías, esperó a que toda su ira se hubiera disipado, y luego terminó la sesión, segura de que se había producido una ruptura. Por primera vez, en más de tres años, J había permitido coexistir a las gemelas. Y había ofrecido una nueva clave: la palabra compañera parecía tener una tremenda carga emocional. Sharon decidió seguir con aquello, sacándolo a colación la siguiente vez que hipnotizó a J.
– ¿Cómo dice, doctora? ¿Qué es lo que acaba de decir?
– Compañeras -insistió Sharon-. Te acabo de sugerir que tú y Jana sois algo más que hermanas. O incluso que gemelas. Quizá sois compañeras. Compañeras psicológicas.
J se quedó pensativa, silenciosa, luego empezó a sonreír.
– ¿Qué es lo que te parece divertido, J?
– Nada. Supongo que tiene usted razón…, normalmente la tiene.
– Pero, ¿tiene esto sentido para ti?
– Supongo que sí, aunque si ella es mi compañera, desde luego es una compañera silenciosa. Nunca hablamos. Ella se niega a hablarme. -Pausa, su sonrisa se hizo más grande-. Compañeras silenciosas. ¿Compañeras en qué cosa?
– En esa cosa que se llama la vida -le contestó Sharon.
J, divertida:
– Sí, supongo que sí.
– ¿Te gustaría hablar más de eso? -preguntó Sharon-. ¿Hablar más acerca de tener una compañera silenciosa?
– No sé. Supongo que sí… Quizá no. No. Ella es tan burda y poco placentera, que realmente no soporto el tenerla cerca. Cambiemos de tema, si no le importa.
J no apareció para la siguiente sesión, ni para la otra. Cuando finalmente volvió a acudir, dos meses más tarde, parecía compuesta, afirmó que su vida iba de maravilla, y que lo único que necesitaba era una puesta a punto.
Sharon reinició la hipnoterapia, continuó con sus intentos de hacer que las «gemelas» se reuniesen. Cinco meses más de frustración, durante los cuales Sharon empezó a pensar de sí misma que era una fracasada, preguntándose si las necesidades de J no podrían ser cubiertas mejor por otro terapeuta, «con más experiencia, y quizás un hombre».
Pero Kruse la animó a continuar, aconsejándola que se fiase aún más de la manipulación no verbal.
Otro mes de statu quo, y J volvió a desaparecer. Cinco semanas más tarde se materializó de nuevo, irrumpiendo violentamente en la consulta, mientras Sharon estaba atendiendo a otra paciente, llamando a aquella mujer una «jodida desgraciada», diciéndole que «tus problemas no le importan una mierda a nadie», y ordenándole que saliese inmediatamente de la habitación.
A pesar de los intentos infructuosos de Sharon por hacerse con el control de la situación, la otra paciente había escapado llorando.
Sharon le había dicho a J que jamás volviera a hacer aquello. J se había convertido en Jana y acusado a Sharon de ser «una puta malvada y egoísta. ¡Eres una jodida puta manipuladora, que lo único que quieres es quedarte con todo lo que yo tengo, con todo lo que soy! ¡Lo único que quieres de mi es sangrarme hasta la última jodida gota!». Tras amenazar con ponerle un pleito a Sharon y arruinarla, había salido de la consulta, hecha una furia.
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