Jonathan Kellerman - Compañera Silenciosa

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Un día en una fiesta, el psicólogo infantil Alex Delaware se reencuentra con un viejo amor, Sharon Ransom. Ella solicita su ayuda, pero Alex, demasiado embebido en sus propios asuntos sentimentales, no le hace caso. Dos días más tarde, Sharon se suicida. Alex no puede dejar de sentirse responsable de la desesperada decisión de Sharon.
Y en parte por ello, en parte por resolver los enigmas de aquella relación -la mayoría creados por la oscura personalidad de Sharon- el psicólogo se embarca en una investigación en la que el dinero, el azar de los genes y un pasado trágico configuran el escenario de una prolongada orgía de sexo, dominio y manipulación psicológica al servicio de los menos nobles impulsos del ser humano.

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– Está fuera de la ciudad.

– Ajá. Escucha, Doc, no quiero parecer insensible, pero si hay algo acerca de esa dama que pudiera darle garra a esa historia, no me molestaría escucharlo.

– No hay nada, Ned.

– Vale. Perdona que fisgonee… es la fuerza de la costumbre.

– Tranquilo, lo entiendo. A ver si nos vemos pronto, Ned.

A las once treinta di un paseo por la oscuridad, en dirección a Mulholland, escuchando a las cigarras y los pájaros nocturnos. Cuando regresé a casa una hora más tarde, el teléfono estaba sonando.

– Dígame.

– Doctor Delaware, soy Yvette, a su servicio. Me alegra haber podido ponerme en contacto con usted. Hace veinte minutos llegó una llamada para usted de su esposa, desde el norte, en San Luis Obispo. Me dejó un mensaje, y deseaba asegurarse de que usted lo recibía.

Su esposa. Era como si te abofeteasen en una quemadura del sol. Llevaban años cometiendo el mismo error. Sólo que en otro tiempo había resultado divertido.

– ¿Cuál es el mensaje?

– Que está de viaje y va a ser difícil ponerse en contacto con ella. Que se pondrá en contacto con usted cuando le sea posible.

– ¿Ha dejado algún número?

– No, no lo ha hecho. Doctor Delaware, suena usted cansado. ¿Ha estado trabajando demasiado?

– Algo así.

– Cuídese, doctor Delaware.

– Lo mismo le digo.

De viaje. Difícil ponerse en contacto. Debería haberme sentido dolido, pero no lo estaba: me sentía descansado, liberado de un peso.

Desde el sábado, apenas si había pensado en Robin. Había llenado mi mente con Sharon.

Me sentía como un adúltero, avergonzado pero encantado.

Me arrastré a la cama y me quedé dormido, abrazado a mí mismo. A las dos cuarenta y cinco de la madrugada me desperté, nervioso y picajoso. Tras ponerme algo de ropa bajé al aparcamiento y puse en marcha el Seville. Conduje hacia el sur, en dirección a Sunset, luego al este por Beverly Hills y Boystown, hacia el extremo oeste de Hollywood y Nichols Canyon.

En esta hora, incluso el Strip estaba muerto. Tenía las ventanillas abiertas, dejando que el hiriente fresco me mordisquease el rostro. En Fairfax giré hacia la izquierda y viajé hacia el norte, doblando en dirección a Hollywood Boulevard.

Si mencionas el Boulevard, a la mayoría de gente le viene, inevitablemente, una de dos imágenes: o los buenos viejos tiempos del Teatro Chino de Grauman y el Paseo de las Estrellas, con sus estrenos mundiales de etiqueta, las noches iluminadas por los neones. O la calle tal cual es ahora: sucia y violenta, prometiendo violencia sin motivo.

Pero al oeste de este escenario, justo después de pasar La Brea, Hollywood Boulevard muestra otra cara: un par de kilómetros de barrio residencial, en una calle arbolada, con edificios de pisos decentemente conservados, viejas y señoriales iglesias, y casas de dos plantas apenas si maltratadas por el tiempo, que se alzan sobre bien cuidados céspedes. Mirando desde lo alto esta mancha de barrio de clase media se halla una sección de la Cordillera de Santa Mónica que atraviesa ondulante Los Ángeles, como si fuese una espina dorsal deforme. En esta parte de Hollywood las montañas parecen adelantarse amenazadoras, presionando contra la frágil dermis de la civilización.

Nichols Canyon empieza a un par de manzanas al este de Fairfax, un carril y medio de serpenteante asfalto, que surge del lado norte del Boulevard y corre paralelo a un torrente, seco en verano. Pequeñas casas rústicas se alzan detrás del torrente, ocultas por masas de matorrales, accesibles únicamente gracias a pequeños puentes artesanos. Pasé junto a una estación terminal del Departamento de Agua y Energía, iluminada por altas lámparas de arco que lanzaban una cegadora luz brillante. Justo detrás de esa central se hallaba un terreno baldío de control de inundaciones, limitado por una cadena, y luego casas más grandes, distribuidas separadamente en un terreno más llano.

Algo salvaje y rápido cruzó corriendo el camino y se zambulló en los matorrales. ¿Un coyote? En los viejos tiempos, Sharon me había dicho que los había visto, aunque yo nunca me había encontrado con ninguno.

Los viejos tiempos.

¿Qué infiernos esperaba yo ganar al inhumarlos? ¿Al pasar en coche frente a su casa, como un quinceañero enamorado, que confía en poder divisar a su amada?

Estúpido. Neurótico.

Pero yo ansiaba hallar algo tangible, algo que me confirmase el que alguna vez ella había sido real. Que yo era real. Seguí adelante.

Nichols giraba hacia la derecha. La ruta se convertía en Jalmia Drive y era comprimida a un solo carril, aún más oscura bajo la bóveda de árboles. El camino se inclinaba, luego se hundía y, finalmente, acababa sin previo aviso en una pared sin salida, tapizada de bambú y en la que se abrían varios senderos para coche muy inclinados. El que yo andaba buscando estaba señalado por un buzón blanco sobre una estaca y una puerta de tela metálica, también blanca, que colgaba un poco de sus postes.

Me puse a un lado, aparqué, paré el motor y salí. Aire frío. Sonidos nocturnos. La puerta era poco resistente y estaba abierta, seguía siendo tan poca cosa como barrera como lo había sido hacia unos años. Alzándola, para evitar que rozase contra el cemento, miré en derredor y no vi a nadie. Abrí la puerta y pasé dentro. Cerrándola tras de mí, empecé a subir.

A ambos lados del sendero había plantadas palmeras, yucas, aves del Paraíso, y un platanero gigante. Las clásicas plantas de jardinería decorativa de los años cincuenta en California. Nada había cambiado.

Subí, sin que nadie me molestase, sorprendido por la ausencia de toda presencia policial. Oficialmente, el Departamento de Policía de Los Ángeles trataba los suicidios como si fuesen homicidios, y la burocracia departamental se movía a paso de tortuga. Tan pronto después de la muerte, el dossier debía de seguir abierto, y el papeleo apenas si comenzado.

Debería de haber carteles de advertencia, una cuerda limitando la escena del crimen, algún tipo de señal.

Nada.

Entonces escuché un sonido de encendido y el rugido de un motor de coche de gran potencia. Que se hacía más fuerte. Me colé por debajo de una de las palmeras y me oculté entre la vegetación.

Un Porsche Carrera blanco apareció dando la vuelta a la parte superior del sendero y rodó silenciosamente, bajando en punto muerto, con los faros apagados. El coche pasó a pocos centímetros de mí y pude ver la cara del conductor: cincelada a golpes de hacha, cuarentona, con ojos que eran rendijas y una piel extrañamente moteada. Un ancho bigote negro extendiéndose por sobre labios delgados, formando un fuerte contraste con un cabello blanco como la nieve y espesas cejas igualmente blancas.

Un rostro que no era fácil de olvidar.

Cyril Trapp. El Capitán Cyril Trapp. De Homicidios, Comisaría del Oeste de Los Ángeles. El jefe de Milo, en otro tiempo un vividor y borrachín, con una ética muy flexible; pero ahora uno de esos cristianos renacidos, todo él santurronería religiosa y odio feroz a lo que le pareciese irregular.

Durante el pasado año, Trapp había hecho todo lo posible para quemar a Milo…, porque un polizonte gay era de lo más irregular que pudiera hallarse. De mente cerril, pero no estúpido, Trapp había llevado a cabo su persecución de manera sutil evitando algo que pudiera ser tomado como un claro hostigamiento al homosexual. Así, había decidido nombrar a Milo «especialista en crímenes sexuales» y asignarle todo asesinato de homosexuales que se daba en la jurisdicción Oeste de Los Ángeles. Y eso era todo lo que le encomendaba, exclusivamente.

Aquello había aislado a mi amigo, le había estrechado los confines de su vida, y lo había hundido en un baño de sangre y entrañas: niños prostituidos, destruidos y destructores. Cadáveres que se descomponían porque los conductores de la funeraria no aparecían a recogerlos, por miedo a coger el sida.

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