Lazue era la hija de la esposa de un marinero bretón. Su marido estaba en el mar cuando ella descubrió que estaba embarazada y poco después tuvo un hijo. Sin embargo, el esposo no regresó -de hecho no se supo nunca más de él- y unos meses después la mujer quedó embarazada de nuevo. Temiendo el escándalo, se trasladó a otro pueblo de la provincia, donde tuvo a su hija, Lazue.
Al cabo de un año el hijo murió. En ese tiempo, la madre se había quedado sin dinero, así que tuvo que volver a su pueblo natal a vivir con sus padres. Para evitar la deshonra, vistió a su hija de niño; el engaño fue tan completo que en el pueblo nadie, ni siquiera los abuelos de la niña, sospecharon jamás la verdad. Lazue creció como un varón, y a los trece años entró a trabajar de cochero para un noble de la zona; más tarde se alistó en el ejército francés y vivió varios años entre las tropas sin que nadie la descubriera. Finalmente -al menos tal como ella contaba la historia- se enamoró de un joven y guapo oficial de caballería y le reveló su secreto. Vivieron un amor apasionado pero él nunca se casó con ella, y cuando todo acabó, ella decidió emigrar a las Indias Occidentales, donde asumió de nuevo su papel masculino.
Sin embargo, en una ciudad como Port Royal, era imposible mantener un secreto así, de forma que todos sabían que Lazue era una mujer. En cualquier caso, durante las expediciones corsarias, tenía la costumbre de descubrir sus pechos para confundir y aterrar a los enemigos. Sin embargo, en el puerto, todos la trataban como a un hombre y nadie daba más importancia a la cuestión.
Lazue rió.
– Estáis loco, Hunter, si queréis atacar Matanceros.
– ¿Vendrás?
Ella rió otra vez.
– Solo porque no tengo nada mejor que hacer. Y volvió con las risueñas prostitutas a la mesa del otro extremo.
Hunter encontró al Moro de madrugada; estaba jugando una partida de cartas con dos corsarios holandeses en una casa de juegos llamada El Bribón Amarillo.
El Moro, también llamado Bassa, era un hombre corpulento, con una cabeza enorme, unos músculos como piedras en los hombros y el pecho, unos brazos gruesos y unas manos descomunales, que agarraban las cartas de la baraja haciendo que parecieran minúsculas. Le llamaban Moro por razones que se habían olvidado hacía mucho tiempo, y aunque él hubiera deseado dar explicaciones sobre sus orígenes, no habría podido hacerlo, porque el dueño español de una plantación le había cortado la lengua en La Hispaniola. Sin embargo todos estaban de acuerdo en que el Moro no era moro en absoluto sino que procedía de la región africana de Nubia, una tierra desértica junto al Nilo, poblada por negros enormes.
Su otro nombre, Bassa, era el de un puerto de la costa de Guinea, donde a menudo se detenían los barcos negreros, pero todos coincidían en que el Moro no podía proceder de aquella tierra, porque los nativos del lugar eran enfermizos y mucho más claros de piel que él.
El hecho de que el Moro fuera mudo y tuviera que comunicarse con gestos aumentaba la impresión que producía su físico. A veces, los recién llegados al puerto presuponían que Bassa era estúpido además de mudo. Mientras Hunter observaba la partida en marcha, tuvo la impresión de que precisamente esto era lo que sucedía. Se llevó una jarra de vino a una mesita y se sentó a disfrutar del espectáculo.
Los holandeses eran unos caballeros, elegantemente vestidos con medias finas y camisas de seda bordadas, y estaban bebiendo abundantemente. El Moro no bebía; en realidad, no bebía nunca. Se decía que no toleraba el alcohol, y que en una ocasión se emborrachó y mató a cinco hombres con las manos antes de recuperar la sensatez. Tanto si esto era cierto como si no, lo que sí era verdadero era que el Moro había matado al dueño de la plantación que le había cortado la lengua y después había matado a su esposa y a la mitad de los residentes de la casa antes de huir a los puertos piratas del lado occidental de La Hispaniola, y desde allí, a Port Royal.
Hunter observó las apuestas de los holandeses. Jugaban descuidadamente, bromeando y riendo, eufóricos. El Moro estaba impasible, con una pila de monedas de oro frente a él. Era un juego que no permitía apuestas irreflexivas, y por supuesto, mientras Hunter observaba, el Moro sacó tres cartas iguales, las mostró y se llevó el dinero de los holandeses.
Ellos lo miraron en silencio un momento y después gritaron a la vez: «¡Trampa!», en varios idiomas. El Moro sacudió su enorme cabezota con calma y se guardó el dinero en el bolsillo.
Los holandeses insistieron para que jugara otra partida, pero con un gesto el Moro les indicó que no tenían dinero para apostar.
Después de esto, los holandeses se volvieron beligerantes, gritando y señalando al Moro. Bassa continuó impasible, pero mandó a un mozo del local que se acercara y le entregó un doblón de oro.
Los holandeses no sabían que el Moro estaba pagando por adelantado, por cualquier posible daño causado a la casa de juego. El mozo cogió la moneda y se apartó a una distancia prudencial.
Los holandeses estaban de pie, gritando maldiciones al Moro, que seguía sentado a la mesa. La expresión de su cara era mansa, pero sus ojos iban de un hombre al otro. Los holandeses, cada vez más furiosos, gesticulaban y exigían que les devolviera su dinero.
El Moro sacudió la cabeza.
Entonces, uno de los holandeses sacó un puñal del cinto y lo blandió frente al Moro, a pocos centímetros de su nariz. Aun así, el Moro siguió impasible. Permaneció quieto, con las manos entrecruzadas frente a él, sobre la mesa.
Cuando el otro holandés se llevó una mano a la pistola, el Moro pasó a la acción. Levantó bruscamente su gran mano negra, agarró el puñal de la mano del holandés y hundió la hoja casi diez centímetros en la mesa. Después golpeó al segundo holandés en el estómago; el hombre soltó la pistola y se dobló, tosiendo. El Moro le pegó una patada en la cara y lo mandó al otro extremo de la sala. Entonces se volvió hacia el primer holandés, que lo miraba con ojos aterrorizados. El Moro lo levantó, lo sostuvo por encima de su cabeza y lo llevó hasta la puerta, desde donde lo lanzó por los aires a la calle; el hombre cayó de cara contra el barro.
El Moro volvió a entrar, arrancó el puñal de la mesa, se lo guardó en el cinto y cruzó la habitación para sentarse al lado de Hunter. Solo entonces se permitió sonreír.
– Nuevos -dijo Hunter.
El Moro asintió, sonriendo. Después frunció el ceño y señaló a Hunter, con expresión interrogante.
– He venido a verte.
El Moro encogió los hombros.
– Zarpamos en dos días.
El Moro apretó los labios, y dibujó una palabra: Où?
– Matanceros -dijo Hunter.
El Moro hizo una mueca de disgusto.
– ¿No te interesa?
El Moro sonrió y se pasó un dedo por la garganta.
– Te lo aseguro, puede hacerse -dijo Hunter-. ¿Te asustan las alturas?
El Moro hizo un gesto posando una mano sobre la otra y sacudió la cabeza.
– No me refiero a los mástiles de un barco -dijo Hunter-. Me refiero a un acantilado de más de cien metros.
El Moro se rascó la cabeza. Miró al techo, como si intentara imaginarse la altura del acantilado. Por fin, asintió.
– ¿Puedes hacerlo?
Él volvió a asentir.
– ¿Incluso con un viento fuerte? Bien. Entonces vienes con nosotros.
Hunter se puso de pie, pero el Moro lo obligó a sentarse otra vez. El Moro hizo tintinear las monedas en su bolsillo y señaló interrogativamente a Hunter con el dedo.
– No te preocupes -dijo Hunter-. Merece la pena.
El Moro sonrió y Hunter se fue.
Encontró a Sanson en una habitación del segundo piso del Blasón de la Reina. Hunter llamó a la puerta y esperó. Oyó una risa y un suspiro, y volvió a llamar.
Читать дальше