»Yo estaba estupefacta, pero di la vuelta a la manzana como él me había indicado. Vi su camioneta. Estaba aparcada delante de una tienda de empeños. Y allí estaba Howard Macrae, dando instrucciones mientras unos tipos descargaban todo y el propietario le entregaba dinero en metálico. Lo siguiente que hizo Macrae fue entregarme los billetes.
– ¿A usted?
– Exacto. A mí. Fue la cosa más rara del mundo. Podría haberse contentado con darme una parte, pero no. Insistió en hacer aquel sacrificio, como si hubiera vendido todas sus posesiones de este mundo o algo así. Nunca en la vida olvidaré lo que me dijo al entregármelo: «Aquí tiene el dinero. Ahora vaya, saque a su marido de la cárcel y no se convierta en prostituta». Cogí el dinero y le hice caso: pagué la fianza y nunca vendí mi cuerpo, jamás. Y todo gracias a ese hombre.
Se oyó un ruido en la puerta de entrada. Will se volvió y oyó unas voces que se acercaban: las de tres o cuatro niños y la de un hombre.
– Hola, cariño.
– Will, este es Martin, mi marido, estas son nuestras niñas, Davinia y Brandi, y este es nuestro hijo, Howard. -Letitia dirigió una mirada fulminante a Will para que no hablara-. Martin, este señor es periodista, ahora iba a acompañarlo a la puerta.
Cuando salieron, Will susurró:
– ¿Lo sabe su marido?
– No. Y no tengo la menor intención de contárselo. Ningún hombre debería saber algo así acerca de su esposa.
Él pensó en decirle que opinaba lo contrario, que la mayoría de los hombres se sentirían halagados al saber que sus esposas estaban dispuestas a realizar tamaño sacrificio, pero lo pensó mejor.
– Y a pesar de todo, su hijo se llama Howard.
– Yo le dije que el nombre me gustaba, pero la verdadera razón solamente la sé yo, y con eso basta. «Howard» es un nombre que mi hijo puede lucir con orgullo. Se lo repito, señor Monroe, puede que el hombre que asesinaron anoche hubiera pecado todos y cada uno de los días de su vida, pero para mí era la persona más justa que jamás he conocido.
Sábado, 21. 50 h, Brooklyn
Esa noche, en la cocina, que era donde solían charlar, Will hizo lo que tenía por costumbre. Beth estaba preparando un plato de pasta, y él fregaba los cacharros y los utensilios de cocina a medida que ella los iba usando. En su opinión se trataba de una hábil estrategia: de esa forma se ahorraban tener una montaña de cosas que lavar una vez terminada la cena. Entretanto, él le contaba cómo le había ido el día.
– Ese tío era un vulgar proxeneta, pero cuando vio a esa mujer en apuros no dudó en vender todas sus posesiones para ayudarla. ¿No te parece increíble?
Beth siguió removiendo la salsa, sin decir nada.
– No sé qué decidirá Glenn -prosiguió Will-, pero esa mujer, Letitia, cree que Macrae le salvó la vida. Eso es algo importante, ¿no te parece? Me refiero a que es una buena base para un artículo.
Beth parecía distante, pero Will lo interpretó como algo positivo, una señal de que sus comentarios la hacían pensar y la habían sumido en un silencio contemplativo.
– Bueno, ya está bien de mis historias. ¿Qué tal te ha ido a ti el día?
Beth dejó de remover, alzó los ojos y le dirigió una mirada gélida.
– ¡Oh, Dios mío! -exclamó Will de repente-. ¡Lo había olvidado!
Se había olvidado de la nota que Beth le había dejado por la mañana: «Hoy es un día importante». La había leído pero la había olvidado al instante.
Ella no dijo nada. Simplemente dejó que Will se explicara.
– Lo siento. Fui directo al trabajo y me metí de cabeza en la historia. Debí de dejar el móvil en silencio mientras entrevistaba a esa mujer. ¿Me llamaste?
– «Lo había olvidado.» ¿Cómo puedes decir eso? Eso es algo que no se olvida. Las cosas no funcionan así, Will. Estas cosas, no.
Beth hablaba en un tono de acerada tranquilidad que ponía los pelos de punta, porque era el que reservaba para los momentos en que estaba realmente furiosa. Will suponía que lo había desarrollado en su práctica como psiquiatra: no perder nunca el control. En principio, era algo que admiraba de su mujer, pero no soportaba que él fuera el destinatario.
– ¡Hace semanas que no pienso en otra cosa, y tú simplemente lo olvidas! ¡Te has olvidado por completo! -Su tono aumentó-. ¡Has tenido todo el día y te has olvidado!
– Estaba trabajando…
– Siempre estás trabajando o pensando en el trabajo, y ni siquiera te acuerdas de lo que es más importante en nuestras vidas. Yo, en cambio, no puedo comer, ducharme o dormir sin pensar en ello. -Sus ojos se estaban llenando de lágrimas.
– Cuéntame qué te han dicho.
– No vas a librarte tan fácilmente, Will. Si de verdad te interesara lo que me han dicho tendrías que haberme acompañado al hospital. Tendrías que haber estado allí conmigo.
Todas aquellas palabras cayeron encima de Will como una losa. Claro que tendría que haber ido. ¿Cómo podía haberlo olvidado? Beth estaba en lo cierto: desde que se había levantado, no había pensado en otra cosa que no fuera en ese artículo.
Sabía que necesitaba cambiar el rumbo de la conversación, pasar de la pregunta de por qué se había olvidado y entrar en lo más importante: qué habían dicho los médicos. Pero ¿cómo conseguirlo? Solo conocía a una persona capaz de realizar con éxito semejante maniobra, utilizando los oportunos recursos psicológicos, y esa persona era Beth.
– Cariño, he metido la pata. Me cuesta creer que haya olvidado esa cita. No merezco saber cómo te ha ido, pero de verdad quiero saberlo. Te prometo que hablaremos de ese otro asunto, de mi obsesión por el trabajo; pero ahora creo que deberías contarme qué te han dicho.
Beth se había sentado, todavía sostenía la cuchara de madera, y habló en susurros, como si se hubiera quedado sin aire en los pulmones.
– No me han examinado. Ha sido solo una conversación. Me han dicho que debemos seguir intentándolo en serio durante otros tres meses, antes de pensar en un tratamiento. -Suspiró profundamente y cogió un pañuelo de papel-. Me han dicho que los dos estamos perfectamente sanos y que deberíamos darnos un poco más de tiempo antes de «dar el siguiente paso».
– Eso son buenas noticias, ¿no te parece? -dijo Will, que enseguida intuyó que ponerse alegre antes de que ella hubiera acabado quizá no fuera la táctica más apropiada. Su lado racional le decía que lo que Beth más necesitaba era hablarlo, sacarlo de dentro sin tener que argumentar ni defender nada. Eso era lo que pensaba, pero sus labios querían otra cosa: mejorar la situación como fuera.
– Pues no. No creo que sean buenas noticias. Para nada. Solo hace que todo sea más jodidamente misterioso. Si mis óvulos son tan perfectos y tu semen es tan jodidamente bueno, ¿por qué no podemos tener hijos?
Arrojó la cuchara contra la pared, donde el utensilio dibujó una mancha de salsa de tomate a lo Jackson Pollock, se levantó y se fue corriendo al dormitorio. Will la siguió, pero ella cerró de un portazo. La oyó llorar.
¿Cómo podía haber metido la pata de aquella manera? Le había prometido que la acompañaría al hospital y que se tomaría unas horas libres durante la tarde. Pero, en lugar de eso, había ido a trabajar y se había olvidado completamente del asunto durante todo el día. Incluso le había enviado un mensaje con la Blackberry para preguntarle por algo relacionado con el trabajo justo a la hora de la cita en la clínica. Sabía cuál era la opinión de su mujer como psiquiatra, pensaba que él se sumergía en el trabajo para no tener que enfrentarse al verdadero problema: que tras cuatro años de matrimonio, dos de sexo sin protección de ningún tipo y uno intentándolo en serio, Beth seguía sin quedarse embarazada. Will sabía que eso era lo que parecía, pero Beth se equivocaba. No intentaba huir. Siempre había sido ambicioso, desde que estaba en el instituto; cuando no estaba dirigiendo Cherwell, se dedicaba a vender historias de la universidad en Fleet Street [2]. Así era él.
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