– Estábamos hablando de tu triunfal primera página -prosiguió Walton-. Buen trabajo. Claro que habrá quien dude, los escépticos de siempre se preguntarán qué hay detrás de esta historia. De todas maneras, yo no soy uno de ellos. No, William, yo no.
– Will. Me llamo Will.
– Pues el director parece creer que te llamas William. Puede que tengas que aclarárselo. De todas maneras, la pregunta es: ¿por qué, me pregunto yo, esta pequeña historia debe figurar en primera plana? ¿Qué fenómeno social ha desvelado? Me temo que nuestro nuevo director no acaba de comprender el sacrosanto espacio de la esquina inferior izquierda. No está destinado únicamente a las viñetas interesantes, sino que debería ser una ventana a un nuevo mundo.
– Pues creo que eso es precisamente lo que ha sido. Lo que he hecho ha sido corregir uno de los estereotipos clásicos de esta ciudad: ese hombre parecía un simple macarra, pero en realidad era mejor que eso.
– Sí, eso es estupendo. ¡Bien hecho! Un trabajo fantástico. Pero recuerda lo que se dice de la suerte del principiante: lo más difícil es que se repita. Dudo incluso que seas capaz de encontrar más «historias de gente corriente» -Walton puso voz de falsete- que puedan interesar a The New York Times ; al menos a The New York Times para el que yo solía trabajar. Recuerda: una vez es una hazaña; dos, sería un milagro.
Will se volvió hacia su ordenador, a su página de correo. Aparecía el nombre de Amy Woodstein, y en «Asunto», la pregunta: «¿Tomamos un café?».
Cinco minutos más tarde, Will se encontraba en la espaciosa cafetería del periódico, paseando ante el escaparate donde se exhibían los objetos promocionales de The New York Times : gorras, sudaderas y miniaturas de los antiguos camiones de reparto. Amy apareció a su espalda llevando en la mano una taza de té.
– Solo quería decirte que siento lo de hace un momento. Es uno de los inconvenientes de trabajar aquí: hay demasiada testosterona. Ya sabes a qué me refiero.
– No importa.
– La gente es muy competitiva, en especial Terry Walton.
– Sí, esa impresión me ha dado.
– ¿Conoces su historia?
– Sé que fue corresponsal jefe en la oficina de Delhi y que se vio obligado a volver.
– Lo acusaron de manipular la cuenta de gastos, pero no pudieron demostrarlo. Esa es la razón de que siga todavía aquí. De todas maneras, su credibilidad está en entredicho.
– ¿Te refieres con respecto al dinero?
– ¡Oh, no! No solo por el dinero. -Amy rió con un deje de amargura.
– Pues entonces, ¿por qué?
– Escucha, yo no te he dicho nada, ¿de acuerdo?, pero mi consejo es que tengas tus libretas de notas a buen recaudo si Walton anda cerca. Y cuando hables por teléfono, hazlo en voz baja.
– No te entiendo.
– Terry Walton roba historias. Es famoso por ello. Cuando estaba en Oriente Próximo lo llamaban «el ladrón de Bagdad».
Will sonrió.
– La verdad es que no tiene gracia -añadió Amy-. En todo el mundo hay periodistas que podrían pasarse la noche hablando de las jugarretas de Terence Walton. Te lo digo en serio, Will. Pon bajo llave tus notas y todas tus cosas. De lo contrario, las leerá.
– ¿De modo que por eso escribe así?
– ¿Qué?
– Walton tiene una letra minúscula, completamente indescifrable. Lo hace a propósito, ¿no? Así se asegura de que nadie mete la nariz en sus cosas.
– Yo solo te aconsejo que vayas con cuidado.
Cuando Will volvió a su mesa, vio que Glenn Harden estaba dejándole un Post-it en la pantalla del ordenador donde ponía: «Sube a verme en algún momento».
– ¡Ah, estás aquí! -exclamó-. Tengo un mensaje para ti de la sección de Nacional. Te vas al oeste, chico.
– ¿Cómo dices?
– A Seattle. La mujer de Bates está de parto y Nacional necesita que lo sustituyamos. Según parece no tienen a nadie y te lo encargan a ti. -Harden elevó el tono-. Intenté ofrecerles a Walton, pero se disculparon con una vulgar excusa y te propusieron a ti. -Walton conversaba por teléfono y no prestaba atención-. Habla con Jennifer. Ella te buscará un billete.
– Gracias -balbuceó Will mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro.
Sabía que aquello significaba un paso adelante, un voto de confianza. Sin duda sería algo temporal, pero estaba seguro de que Harden no quería que la sección de Local quedara en mal lugar frente a los de Nacional, a quienes tenía por unos esnobs; esperaba poder mostrar el mejor rostro de Local. Will tragó saliva al pensarlo. Y aquel rostro era el suyo.
– ¡Ah! -añadió Harden-, y no te olvides de meter tus chanclas en la maleta.
Martes, 10. 21 h, estado de Washington
Como os he mostrado, Jesucristo es la luz y el camino. Hoy hemos asistido a un milagro…» Las emisoras de radio cristianas junto con las de música country eran de las pocas cosas con las que siempre se podía contar. Hasta en los rincones más alejados, donde no había apenas emisoras, uno podía beneficiarse de la palabra del Señor radiada a través de las ondas. Los puertos de montaña del estado de Washington no eran una excepción.
Se dio cuenta de que se estaba acercando al lugar de la inundación. Las carreteras empezaban a llenarse de coches, y no tardó en divisar las destellantes luces de los equipos de emergencia. Enseguida vio algo tranquilizador: diversas furgonetas blancas de las emisoras de televisión locales, la confirmación de que había llegado al lugar de la noticia.
Se unió a un fotógrafo que parecía saber lo que se hacía, entre otras cosas porque llevaba el equipo adecuado; no solo la clásica cazadora de piloto con los bolsillos necesarios para guardar todas las pertenencias de una pequeña familia, sino también botas de goma por encima de la rodilla, pantalón impermeable, calcetines térmicos y unos guantes que parecían diseñados por la NASA.
Will se metió en el agua tras él y notó el frío que subía por sus perneras. No tardaron en subir a una lancha de la policía e ir de casa sumergida en casa sumergida. Vio a una mujer a la que rescataban y que se aferraba a lo único de valor que tenía en su hogar: su gato. Otro hombre estaba de pie, sollozando ante la entrada de su comercio, viendo cómo el agua se llevaba el trabajo de toda una vida.
Tras unas horas, Will, empapado, volvió a su vehículo y se inclinó sobre el teclado.
«La gente del noroeste está acostumbrada a los cambios de humor de la madre naturaleza, pero el último los ha dejado anonadados», escribió, y acto seguido detalló algunos de los casos más desgraciados. Añadió unas cuantas frases citadas por las autoridades y una última línea, a modo de conclusión, con un comentario, realizado por el propietario de la tienda que había perdido su comercio, sobre lo impredecible del clima.
De vuelta a la habitación de su hotel, llamó a Beth, que le dijo que ya se había acostado. Ella le contó rápidamente cómo le había ido el día, y él le explicó con todo detalle su rápido viaje a la zona de las inundaciones. Ambos estaban demasiado cansados para reanudar la conversación que habían dejado sin terminar.
Luego encendió el televisor y sintonizó las noticias locales. Aparecieron imágenes de las inundaciones en Snohomish, y Will reconoció algunos de los rostros mientras se apiadaba del reportero que se encargaba de retransmitir en directo: eso significaba que seguía allí.
«Y tras unos mensajes publicitarios, más información sobre el asesinato de Pat Baxter.»
Will volvió a su ordenador; escuchaba solo a medias las palabras que salían del televisor.
«La víctima, de cincuenta y cinco años, fue hallada muerta en su cabaña, sola… La policía sospecha de un intento frustrado de robo… Se encontraron muchos desperfectos, pero no faltaba nada… Baxter llevaba años siendo vigilado… Durante un tiempo fue considerado el sospechoso principal en el caso Unabomber… No se le conocen parientes cercanos ni familia…»
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