Donald Westlake - La Luna De Los Asesinos

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Parker, el personaje más emblemático creado por Donald E. Westlake (Brooklyn, Nueva York, 1933), es un ladrón profesional y, eventualmente, un asesino. Un hombre frío y calculador, reservado hasta la exasperación y dueño de una inteligencia más que destacable. Dos años atrás, Parker se vio obligado a abandonar en la pequeña y apacible ciudad de Tyler, en el estado de Mississippi, los setenta y tres mil dólares de botín de un robo a un coche blindado. Ahora ha llegado el momento de recuperar lo que es suyo, y para ello se va a ver involucrado en una guerra entre las mafias que controlan la ciudad. Parker, acompañado por Grofield, su cómplice, tendrá que demostrar su profesionalidad y agudizar el ingenio para lograr su objetivo, tarea nada fácil dado el poder de sus adversarios…
Escrita en 1974, La luna de los asesinos es, sin lugar a dudas, una de las mejores novelas de este gran escritor norteamericano que revolucionó el género policíaco al ofrecer una nueva concepción que se aleja de los lugares comunes y los viejos clichés que siempre lo habían acompañado. El estilo ágil y directo, sin florituras ni descripciones innecesarias, acompañado de un elegante sentido del humor, acentúa la tensión de la novela, que no deja de crecer desde la primera página, hasta resolverse en un final brutal e inolvidable que revela la precisión narrativa de uno de los principales escritores norteamericanos de novela policíaca del siglo XX.

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– Te convendría hablar con él del asunto -dijo.

– Es probable que lo haga -contestó Grofield-. Es muy probable.

III

En la calle River, justo frente al edificio del Gobierno, se había erigido un monumento de piedra con una placa de cobre en memoria de John Tyler, décimo presidente de los Estados Unidos, quien en 1840 pronunció un discurso, durante su campaña electoral, en honor al cual se sustituyó el nombre de la ciudad, que pasó de ser Collinsport a llamarse Tyler. La placa no explica que Tyler aspiraba al cargo de vicepresidente en una lista encabezada por William Henry Harrison, ni que Tyler nunca hizo campaña presidencial alguna, sino que simplemente heredó el empleo cuando Harrison murió un mes después de haber tomado posesión del cargo; pero la omisión había sido recordada casi de una manera fiel por un gamberro historiador que había escrito en la piedra, debajo de la placa, con pintura anaranjada: «Recuerden Tippecanoe».

En la época en que Collinsport se transformó en Tyler, ya era una próspera ciudad ribereña surcada por uno de los principales afluentes del Mississippi que desemboca en los Grandes Lagos. Empezó siendo la cuna de una pequeña industria maderera y transformadora de productos agrarios procedentes de las granjas de la zona. Esta actividad industrial se realizaba en dos únicos centros de producción; una fábrica de muebles y una pequeña compañía que construía carreteras para el campo. A principios de siglo se abrió una fábrica de máquinas de escribir, y poco después la fábrica de carreteras se convirtió en una fábrica de coches. Con la Primera Guerra Mundial se construyó una fábrica de papel. Con la Segunda, industrias electrónicas, y en los prósperos años sesenta se empezaron a fabricar computadoras.

Tyler, con una población de poco menos de ciento cincuenta mil habitantes y una renta per cápita bastante superior a la media nacional, era una ciudad rica, tranquila y abierta. No había muros que la protegieran.

Parker llegó al Aeropuerto Nacional de Tyler a las dos de la tarde. El sol estival abrasaba y la llanura que rodeaba al aeropuerto se calcinaba con el calor seco. El taxi que cogió Parker tenía una pegatina en la que se podía leer que estaba equipado con aire acondicionado, pero el taxista le explicó que el acondicionador se había estropeado a comienzos del verano y que el patrón no había querido repararlo.

– Porque, de todos modos, en septiembre este coche queda fuera de circulación.

Parker no respondió. Miró las vallas publicitarias ante las que pasaban, con anuncios de hoteles, líneas aéreas y cigarrillos, y, tras echarle una mirada rápida por el espejo retrovisor, el taxista lo dejó en paz.

Entraron en la ciudad por la zona de los establecimientos de venta de coches usados. Había elecciones en la ciudad, lo que se traducía en un sinfín de carteles propagandísticos pegados en los postes de teléfonos, en las vallas y en los escaparates de las peluquerías; cuando llegaron al centro, Parker ya sabía que los dos candidatos a la alcaldía se llamaban Farrell y Wain. Los carteles de Farrell se multiplicaban con respecto a los de Wain, y eso significaba que Farrell tenía más dinero, o, lo que es lo mismo, que a Farrell lo apoyaban los poderosos de la ciudad. Por lo tanto, probablemente ganaría Farrell.

El Ohio House era un hotel para ejecutivos cerca de la estación ferroviaria; treinta años antes había sido el hotel más ostentoso. Los Sheraton, Howard Johnson y Holiday Inn se encontraban a unas seis manzanas de allí, en la zona más moderna de la ciudad, junto al río. Parker se había decidido por el Ohio House porque seguía siendo un hotel de corredores de bolsa; un lugar decadente pero respetable, y, para sus propósitos, el sitio más anónimo de la ciudad. En ningún otro lugar sería más normal que dos clientes solitarios se encontraran casualmente y quisieran compartir unos tragos antes de despedirse.

La habitación de Parker estaba en el tercer piso, en la fachada principal, y tenía una buena vista de la London Avenue, la calle principal. A la derecha, Farrell había hecho colocar una pancarta que atravesaba la calle anunciando su candidatura. Sin duda, sería el ganador.

Había una televisión en blanco y negro en la habitación, llena de avisos escritos a mano de la dirección. Parker se entretuvo con antiguas películas y concursos hasta la hora de la cena. Cenó en el restaurante del hotel con media docena de hombres, todos solos y en mesas separadas: la mayoría leía el periódico y uno examinaba un folleto desplegable. Parker era el que menos aspecto de ejecutivo tenía, pero no era una pretensión imposible el que lo fuera. Podría ser un vendedor de material del ejército, o de alarmas, o de equipos especiales para clubes nocturnos.

Después de la cena, Parker volvió a su habitación, pero no conectó la televisión. Se sentó en el único sillón, en la oscuridad, mirando a la ventana, en la que se reflejaba la luz del tráfico de la calle. Era la noche de una jornada laborable, así que el ruido no llegaba a niveles muy altos.

A las ocho y media oyó que llamaban a la puerta. Parker encendió la luz y abrió la puerta. Entró Grofield, sonriente, diciendo:

– Un hotel encantador. El orinal de mi habitación tiene un autógrafo de A. Lincoln. ¿Crees que será auténtico?

– Hola, Grofield -contestó Parker-. Vamos al parque.

IV

Grofield disparó tres veces y tres presidiarios fugados vestidos con pantalones y camisas a rayas blancas y negras cayeron de espaldas. Cambió de posición, observó el cañón del rifle y detuvo de un disparo a cinco coches que huían a toda velocidad. Acabó dándole a un anarquista con una bomba y a un barril lleno de whisky de contrabando que iba rodando por una ladera; dejó el arma sobre el mostrador y miró con satisfacción los blancos en el extremo de la barraca de tiro. A su alrededor sonaban los estampidos secos de otros rifles, mezclados con los bings y dings de los blancos acertados, el susurro constante de pies detrás de él, los ruidos superpuestos de varias clases de música que procedían de otras zonas del parque, y centenares de personas hablando a la vez.

El empleado de la barraca de tiro, un hombre bajo que vestía una chaqueta de lana negra y un cigarrillo suspendido en el ángulo de la boca, apareció ante Grofield y le echó una mirada fría y desinteresada, como entre hombres de mundo.

– Tiene buena puntería -le dijo.

El cigarrillo se balanceaba cuando hablaba y le daba un momentáneo parecido a Humphrey Bogart.

Grofield le respondió en el mismo tono con toda naturalidad.

– El resultado de mantenerse en forma -contestó.

– Le corresponden otros diez tiros gratis por haber logrado la máxima puntuación.

Grofield miró a su alrededor y vio a un par de chicos de unos doce años que miraban con asombro a los tiradores.

– ¡Eh, chicos! -les dijo.

– ¿Sí?

– Tenéis cinco tiros gratis cada uno. Cortesía del enmascarado.

Los chicos se acercaron. Uno de ellos preguntó:

– ¿Qué enmascarado?

– Yo -contestó Grofield.

– Usted no tiene máscara.

En realidad sí la tenía: gafas con montura de carey, un poblado bigote, algo de maquillaje para hacer más ancha la nariz y crear bolsas bajo los ojos. Pero les dijo:

– De todos modos tenéis cinco tiros cada uno. -Y al empleado situado detrás del mostrador-: Trate bien a estos chicos. Son unos amigos míos muy especiales.

Luego, transformando las películas de Humphrey Bogart en un western, se marchó sin prisa, viendo cómo lo observaban irse, viéndose a sí mismo mientras se perdía entre la multitud.

Y se perdió muy bien. El parque de atracciones Isla Feliz era bastante grande y de noche parecía mayor aún. Trataba de simular una isla apartada de la civilización, alejada de las preocupaciones del mundo del trabajo. Construido en forma cuadrangular, estaba rodeado una valla muy alta, en cuya parte interior habían pintado un mural continuo de escenas marinas, con barcos y pájaros y algunas islas exóticas. Junto a la valla, un foso inundado de tres metros de ancho hacía del parque, técnicamente, una isla de verdad, completamente rodeada de agua.

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