Will vio cómo su pecho se movía al ritmo de su respiración agitada.
– Entonces, ¿cuál es la respuesta? -preguntó Will.
– La respuesta es… -Spence hizo una pausa dramática- ¡que no lo sabemos! -Soltó una carcajada-. Por eso estamos dando vueltas por Manhattan intentando conquistarlo.
– No creo que pueda ayudarlos.
– Pues nosotros creemos que sí -repuso Kenyon.
– Oiga -agregó Spence-, lo sabemos todo del caso Juicio Final y de Mark Shackleton. Lo conocíamos. No éramos íntimos, vale, pero yo sabía que si alguien iba a descontrolarse, sería un tipo como Shackleton, un pardillo, en mi opinión. Usted ya había tenido algo que ver con él antes, ¿no?
– Fue mi compañero de habitación en la universidad. Durante un año. ¿De dónde han sacado la información sobre mí?
– Del club. Sabemos que Shackleton pirateó toda la base de datos de Estados Unidos hasta la fecha final. Que se inventó unos asesinatos en serie en Nueva York para crear una cortina de humo.
Kenyon sacudió la cabeza tristemente.
– ¡Todavía me cuesta creer que fuera tan rastreramente cruel como para enviar a la gente postales con la fecha de su muerte! -interrumpió.
– Sabemos que su auténtico propósito era mezquino -prosiguió Spence-: hacer dinero con una trama relacionada con los seguros. Sabemos que usted lo desenmascaró. Sabemos que los vigilantes lo hirieron de gravedad. Sabemos que a usted lo dejaron retirarse del FBI y llevar una vida supuestamente libre de ataduras. Por lo tanto, señor Piper, albergamos la fuerte sospecha, casi la certeza, de que usted tiene una influencia especial sobre las autoridades.
– ¿Qué le hace pensar eso?
– Porque sin duda posee una copia de la base de datos.
Por unos instantes, Will se vio a sí mismo otra vez en Los Ángeles, huyendo de los vigilantes en el asiento trasero de un taxi, copiando apresuradamente la base de datos de Shackleton en un lápiz de memoria. Shackleton, que debía de estar pudriéndose en algún pabellón dejado de la mano de Dios.
– No pienso confirmarlo ni negarlo.
– Pero hay algo más -anunció Kenyon-.Vamos, Henry, cuéntaselo todo.
– A mediados de los noventa, hice buenas migas con uno de los vigilantes, llamado Dane Bentley, tan buenas que me hizo el mayor favor imaginable relacionado con Área 51. Mi curiosidad era insaciable. ¡Las únicas personas que tenían acceso a lo que yo quería saber eran precisamente los encargados de que los demás no tuviéramos acceso! Como ya sabrá, los vigilantes son bastante lúgubres, pero ese chico, Dane, era suficientemente humano para saltarse las reglas por un amigo. Consultó la fecha de mi muerte: el 21 de octubre de 2010. Por aquel entonces me parecía algo muy, muy lejano. Pero el tiempo pasa sin que uno se dé cuenta.
– Lo siento.
– Gracias. Se lo agradezco. -Esperó al siguiente semáforo en rojo para preguntar-. ¿Se ha buscado usted a sí mismo?
Will vio que no tenía mucho sentido seguir haciéndose el despistado.
– Sí. Dadas las circunstancias, me pareció que no tenía alternativa. Soy FDR.
– Eso es bueno -señaló Kenyon-, Es un alivio saberlo, ¿verdad, Henry?
– Sí, lo es.
– Yo nunca he querido conocer mi fecha -admitió Kenyon-. He preferido dejarla en manos de Dios.
– Bueno, al grano -dijo Spence en tono enérgico, golpeando el volante con las manos-. Me quedan diez días para averiguar la verdad. ¡No puedo aplazar lo inevitable, pero quiero saberlo antes de morir, maldita sea!
– No tengo la menor idea de cómo puedo ayudarle. De verdad que no.
– Enséñaselo, Alf-ordenó Spence-.Enséñale lo que encontramos hace una semana.
Kenyon abrió una carpeta y sacó unas hojas en las que había impreso una información de una página web. Se las pasó a Will. Era un catálogo de la casa de subastas Pierce & Whyte, de Londres, especializada en libros antiguos. Anunciaba una subasta que se celebraría el 15 de octubre de 2010, es decir, al cabo de dos días. Había varias fotos en color del lote número 113, un volumen grueso y viejo con la fecha 1527 grabada en el lomo. Will miró las imágenes y la descripción detallada del artículo que estaba más abajo. Aunque solo leyó el texto por encima, concluyó que, en esencia, lo que decía era que, aunque se trataba de un objeto único, la casa de subastas no sabía qué era. El precio de salida estaba entre dos mil y tres mil libras esterlinas.
– ¿Es lo que yo creo? -preguntó Will.
Spence asintió.
– En la oficina sabíamos que faltaba un volumen de la Biblioteca. Un libro de 1527. ¡Y ahora que me quedan menos de dos semanas de vida, descubro que ese jodido libro va a salir a subasta! ¡Tengo que hacerme con él! ¡Ese maldito libro ha estado por ahí perdido durante seis siglos! El único tomo que falta entre cientos de miles. ¿Por qué no estaba con los demás? ¿Dónde ha estado todo este tiempo? ¿Sabía alguien lo que era? Joder, tal vez nos diga más que cualquiera de los otros libros guardados en la Cripta de Groom Lake. No quiero adelantarme a los acontecimientos, pero, por lo que sabemos, ¡podría ser la clave para averiguar qué diablos pasará en 2027! Tengo un presentimiento, señor Piper. Y, por Hades, ¡debo corroborarlo antes de morir!
– ¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
– Queremos que vaya a Inglaterra mañana a pujar por el libro en la subasta. Yo estoy demasiado enfermo para tomar un avión, y Alf, este cabronazo testarudo, se niega a apartarse de mi lado. Le he comprado billetes en primera clase, y el de vuelta es para el viernes por la noche. Le he reservado una bonita suite en el Claridge`s.
Will le lanzó una mirada de odio, pero cuando se disponía a replicar, Spence lo interrumpió.
– Antes de que responda, quiero que sepa que hay algo que es aún más importante para mí. Quiero ver la base de datos. Conozco la fecha de mi muerte, pero no he consultado las de mis seres queridos. Hasta donde yo sé, ese hijo de puta de Malcolm Frazier, que el Dios de Alf lo fulmine mañana mismo, va a por nosotros. Tal vez lo que acabará conmigo dentro de diez días no serán mis pulmones jodidos, sino los matones de Frazier. Me niego a abandonar este valle de lágrimas sin antes saber si mis hijos y mis nietos son FDR. Quiero saber si están a salvo. ¡Estoy desesperado por saberlo! Si hace esto por mí, señor Piper, si consigue el libro y me facilita la base de datos, yo le haré rico.
Will estaba negando con la cabeza incluso antes de que el hombre terminara de hablar.
– No iré a Inglaterra mañana -dijo Will, rotundamente-. No puedo dejar a mi mujer y a mi hijo sin avisar con tiempo. Tampoco tocaré la base de datos. Es mi seguro de vida. No pienso poner en peligro la seguridad de mi familia para satisfacer su curiosidad. Lo siento, pero debo negarme, aunque lo de hacerme rico suena bastante bien.
– Llévese también a su esposa y a su hijo. Lo pagaré todo.
– No puede ausentarse del trabajo así, sin más. Olvídelo. -Imaginó la reacción de Nancy, y no era algo agradable-. Tuerza a la derecha por la Quinta Avenida y lléveme a casa.
Spence se puso nervioso y comenzó a gritar y a farfullar. Will tenía que colaborar. El tiempo se acababa. ¿Acaso no veía lo desesperado que estaba?
El hombre tosía y resollaba con tal violencia que Will temió que perdiera el control y se estrellara contra los coches aparcados.
– ¡Tranquilízate, Henry! -le imploró Kenyon-. Silencio. Deja que yo me encargue de esto.
De todos modos, Spence se había quedado sin habla. Agachó su cabeza moteada y le hizo señas a Kenyon para que lo relevara.
– Muy bien, señor Piper. No podemos obligarle a hacer algo contra su voluntad. Ya suponía que no querría involucrarse. Pujaremos por teléfono. Denos permiso al menos para pedir que un mensajero le entregue el libro en su apartamento el viernes por la noche de modo que podamos pasar a recogerlo. En el ínterin, tenga la gentileza de considerar la generosa oferta de Henry. No necesita la base de datos completa, solo las fechas de fallecimiento de menos de una docena de personas. Por favor, consúltelo con la almohada.
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