– Allí donde un amigo es un amigo -contestó Raylan.
– ¿Dónde está su sombrero?
– Esta tarde no lo llevo.
– ¡Ah! Por eso no le reconocí. Entró y yo pensé: «¿Quién es el tipo que está con mi novia?»
Joyce, sentada junto a Harry, volvió a mirar a Raylan, preocupada.
Él lo dejó correr.
– Harry, ¿dónde se encontrará con él?
– En el Terrace, el café del Esther.
– Allí es donde vive.
– Bien. Está sólo una manzana más arriba.
– ¿A qué hora?
– A la una. Comeremos alguna cosa mientras arreglamos nuestra disputa, como dice él.
– Llámele un par de minutos después de la una -le aconsejó Raylan-, y diga que se reunirá con él en otra parte. Digamos que en Cardozo, al otro lado de la calle.
– ¿Cree que me prepara una trampa?
– ¿Por qué arriesgarse?
– Me dejó escoger el lugar de reunión.
– ¿Y escogió su hotel?
– Hablamos de diversos lugares, él mencionó ése y yo dije que sí. No escogí su hotel.
– Harry confía en él -intervino Joyce-, porque piensa que le necesitan.
– Me apuesto lo que quieras -afirmó Harry-. Yo escojo el lugar, le puedo cachear si quiero… Eso es a mi favor.
– Así que confía en él.
– Normalmente, no lo haría.
– Quiere confiar en él más que nada en el mundo -opinó Joyce.
– ¿Qué me dice de los tipos que trabajan para él? -preguntó Raylan-. ¿O de algún pistolero que haya contratado para que le mate mientras hablan? Estarán al aire libre: pueden pasar con un coche y disparar.
Harry masticó un bocado. No parecía preocupado.
– Si le telefonea al hotel y él entra para atender la llamada -añadió Raylan, imaginando la escena desde el otro lado de la calle-, puede llamar a cualquiera desde ahí dentro y decirle a sus hombres, o al pistolero, a dónde debe ir. Así que no puede llamarle. Hay que hacerlo de otro modo.
– Enviar a alguien -sugirió Joyce.
– Sí, con un mensaje para el Zip. -Raylan pensó por un momento. Joyce le miraba a él y a Harry que continuaba con su cena, distraído.
– Utilice a uno de los botones de Cardozo. Déle cinco pavos para que cruce la calle. No tardará más de dos minutos. En cuanto entregue el recado -dijo Raylan, imaginando otra vez la escena-, si el Zip entra en el hotel, desde donde puede hacer una llamada, entonces se cancela la cita. Usted regresa a casa en el acto.
– ¿Yo estoy en Cardozo? -preguntó Harry.
– Así es.
– Caray, si él está en el Esther, ¿cómo voy a saber si entra en el hotel?
– Yo se lo diré.
– ¿Sí? ¿Y a usted quién le invitó? Yo no.
– Le dije al Zip que nos veríamos. Alrededor de las dos y cuarto.
Harry les dejó para ir al baño. Raylan dijo:
– Sigue tan agrio como siempre, ¿no?
– Es tu culpa -respondió Joyce-. O la mía por hablarle bien de ti esta tarde. Noté cómo se cerraba.
– ¿Le hablaste de Robert?
– Dijo que fue una lástima.
– ¿Qué le pasa?
– No le gusta equivocarse. Escucha, ¿por qué no te marchas en seguida? Él espera que me quede a pasar la noche, así que debo explicarle qué pasa. Tú y yo… ¿qué?, ¿salimos juntos?
– Lo que tú quieras. Supongo que eso le destrozará, ¿no?
– Primero se negará a creerlo. Después se mostrará herido, lo utilizará como una excusa para beber. Lo utilizará para lo que sea. Es capaz de volver a fumar. Espérame abajo, ¿vale? ¿En el parque?
Eso fue lo que él hizo; se sentó en el muro de piedra que separaba Lummus Park de la playa y contempló el tráfico del sábado por la noche en Ocean Drive: los coches casi se tocaban en los dos carriles. Había leído que las estrellas de cine tenían apartamentos aquí, pero no había visto a ninguna. En cambio había muchos homosexuales, todos chicos bien vestidos con el pelo corto. Raylan no tenía nada en contra de los homosexuales: ni siquiera recordaba haber conocido alguno. Tanto ellos como otras personas que había por aquí vestían prendas que Raylan nunca había visto en las tiendas. ¿Dónde compraban la ropa? Alguien vestido normal, como aquel que venía por el paseo con un traje corriente, era como de otro planeta… caray, o de la delegación del FBI en Miami. El hombre que se acercaba con ese traje, la camisa deportiva con el cuello abierto, las manos en los bolsillos y con aspecto de despistado, era el agente especial McCormick. Éste miró en su dirección. Raylan no se movió. McCormick volvió a mirarle, sin dar muestras de reconocerle. Ya casi le había dejado atrás, cuando se detuvo.
– Me pareció que era usted. Creo que hace tiempo que no le veía.
– Me tomé unas vacaciones.
– ¿Cómo dijo que se llama?
Raylan se levantó mientras se lo decía.
– Exacto, el tipo del sombrero vaquero.
– Del oeste, sí.
– Quizá no esté enterado, pero hemos archivado la investigación de Capotorto. Resultó ser que Jimmy no es nadie importante. Se le puede llevar ante un gran jurado, pero, ¿para qué? Bueno -dijo despidiéndose-, voy a tomar una copa con uno de mis soplones favoritos. Pía sido un placer, Raymond.
Joyce apareció cuando McCormick se marchaba.
– ¿Quién es ése?
– Un tipo.
– Parece solitario.
– No me extrañaría.
– Tienes que ir con ojo por aquí -dijo Joyce-, nunca se sabe con quién estás hablando. -Ella le cogió del brazo y le dio un apretón-. No te preocupes. Cuidaré de ti.
Nicky dijo después que si Jimmy no hubiese estado en mitad del desayuno, se hubiera levantado y le hubiera dado de hostias a Gloria por hablarle de esa manera.
Eran las once y media, Jimmy consumía su desayuno dominical consistente en huevos fritos poco hechos con tortitas, beicon, y bollos con jalea de manzana. Gloria tomaba una Coca Cola con la tostada. Nicky les servía, porque el cubano que se encargaba de hacerlo descansaba los domingos. El cocinero también se había marchado después de preparar el desayuno. Esto fue lo que ocurrió:
– Hoy iremos al Butterfly World -le dijo Jimmy.
– Caray, me chifla pero no puedo -contestó Gloria.
– ¿No? ¿Tienes que ir otra vez a ver a tu madre? -preguntó Jimmy.
Gloria, por el tono, adivinó por dónde iban los tiros.
– Ayer fui a ver a mi madre -afirmó, anticipándose a él-. En el camino de vuelta pasé por South Beach, a ver si había algo nuevo. Ahí siempre hay muchos cambios. Tommy me vio. Yo estaba metida en un atasco y me preguntó si quería acompañarle a tomar un té helado. Eso es todo.
– Coge la cafetera y échale el café caliente en la cabeza por mentirme -le ordenó Jimmy a Nicky.
– No te miento.
– Antes de irte le dijiste a Nicky que ibas a ver a Tommy.
– Le tomaba el pelo. ¿Por qué iba a ir a ver a Tommy?
– Es lo que te pregunto.
– Le vi por casualidad. O él me vio a mí. ¿Es culpa mía?
– Dices que le viste cuando regresabas de la casa de tu madre.
– Así es.
– Pero la casa de tu madre no queda por allí, ¿no es así, Nicky?
– Queda por allí si vuelves por MacArthur, South Beach está allí mismo, pasas por el medio. Como tú no conduces, no te orientas bien.
– No conduzco -replicó Jimmy con la boca llena-, pero tengo muy claro cuando alguien me quiere liar. Iremos al Butterfly World.
– ¿Me llevarás a ver las mariposas cuando mi madre agoniza de cáncer y quizás ésta sea la última vez que la vea?
– O estás en el coche cuando salgamos, o te vas a la puta calle. Ya buscaré quien te reemplace.
– No lo dirás en serio, ¿verdad?
– Ponme a prueba -dijo Jimmy, con la barbilla sucia de jalea.
Acabó el desayuno y salió del comedor. Gloria permaneció sentada hojeando el Tropic, la revista dominical del Herald, mientras Nicky quitaba la mesa. Él le preguntó qué pensaba hacer y la muchacha le respondió sin levantar la cabeza:
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