– Y quiere decirme algo. Adelante, siéntese.
– Es un asunto privado -dijo Raylan, acomodándose en una silla blanca-. ¿No le importa que hable delante del chico?
– ¿De qué se trata?
– Harry Arno.
– Adelante, no me importa.
Raylan era consciente de la presencia de Nicky a su derecha, pero mantuvo la atención centrada en Jimmy.
– Quiero que deje en paz a Harry -manifestó Raylan-. Llame a sus perros de vuelta. Si alguien le toca, le consideraré a usted responsable y me convertiré en su pesadilla.
Jimmy le miró mientras pensaba.
Raylan hubiera querido ver qué expresión adoptaba Nicky, pero decidió seguir centrándose en Jimmy.
Por fin, Cap preguntó:
– ¿Está fuera de servicio?
– En este momento, sí. Toque a Harry y se convertirá en el trabajo de mi vida.
Le resultaba fácil conversar con él: Jimmy no intentaba impresionarle.
– No sé por qué cuida de Harry; tampoco me importa. Lo que haré es proponerle un trato. Usted me quita de encima a alguien que no necesito y Harry ya no tendrá que preocuparse de nada; si quiere podrá volver al trabajo, llevar su negocio de apuestas.
– ¿Hablamos del Zip? -preguntó Raylan-. ¿No le necesita?
– El mismo, Tommy Bucks.
– Que se lo quite de enmedio, ¿cómo?
– No me importa con tal de no volverle a ver. Cuando él desaparezca, Harry no tendrá que preocuparse más. Le doy mi palabra. ¿Qué me dice? ¿Tiene que pensarlo o qué?
– ¿Dónde vive? -preguntó Raylan.
Jimmy miró a Nicky.
– ¿Qué pasa contigo?
– Nada.
Raylan pensó que Nicky estaba furioso, o que estaba de morros.
– ¿Tommy todavía vive en el Esther?
– Que yo sepa, sí -respondió Nicky.
– Si no estás seguro, averígualo -dijo Jimmy.
– Estoy seguro. -Miró a Jimmy a la cara mientras añadía-: Sé que Gloria quedó en encontrarse con él allí, así que probablemente es donde vive.
– ¿Encontrarse con él para qué? -El tono de Jimmy era otro.
– No dio más explicaciones; quizá para tomar una copa. No lo sé.
Raylan se levantó. No le interesaba escuchar a estos dos picándose el uno al otro. Jimmy volvió a mirarle.
– ¿No se quita ese sombrero cuando entra en una casa?
Al parecer le molestaba que Gloria le hiciera el salto, y buscaba con quien desahogarse.
– Estar en su casa no tiene nada que ver -contestó Raylan-. Mi sombrero sigue donde está porque no me lo quito delante de gente como usted. -Miró a Nicky antes de irse-. ¿Has dicho el hotel Esther? ¿Ocean Drive y la Catorce?
– Por allí -dijo Nicky, encogiéndose de hombros.
– Gracias.
Sabía dónde quedaba: una manzana más arriba de la calle donde vivía Harry.
– Tengo otra palabra para ti -le dijo el Zip a Gloria-. ¿Ves a aquel tipo? El que lleva pantalones cortos. Se cree todo un guaperas.
Pasaba delante de ellos con un top y pantalones cortos muy ceñidos.
– Bonitas cachas -comentó Gloria.
– La palabra es frocio, marica.
– Frocio -repitió Gloria, con su acento-. Hay otra que te quiero preguntar. ¿Cómo se dice que te jodan?
– Se dice va fa in culo.
Gloria lo intentó.
– Cuando se lo oía decir a algunos tipos, pensaba que decían «felpudo».
– Sí, suena parecido.
La camarera les sirvió el té helado y Gloria le dijo: Va fa’n culo como si le diera las gracias. Después se dirigió al Zip:
– Si quieres ver frocios en cantidad, tienes que ir al Warsaw Ballroom en Collins. Los normales van a Egoiste, pero el Warsaw es más divertido. -Bebió un trago de té helado-. Estamos un poco al norte de donde está la marcha, Tommy -añadió mirando las mesas en la terraza y en la acera delante del Esther: todos eran turistas, pero no había ni un solo pijo de Nueva York-. Esto es un muermo.
Al llegar, Gloria se había acercado a Tommy, el Zip, sentado con su americana de seda blanca y la camisa de seda negra con el cuello desabrochado, y le dijo:
– Eh, parecemos mellizos. -Los dos iban vestidos de blanco y negro.
– Vale, dime lo que pasa -dijo él ahora.
– ¿Qué me das a cambio? -preguntó Gloria mirándole por encima del borde del vaso.
– ¿Te refieres a si no me lo dices? ¿Qué te haré? Déjame ver.
– Nicky quiere quitarte del medio.
– ¿Estás de broma? ¿Te lo dijo él?
– Se lo dijo a Jimmy y Jimmy me lo dijo a mí.
– Nicky es un capullo. Aunque me pasara toda la noche con él en un lugar desierto dándole la espalda, no se atrevería. Creo que es un frocio. A ti te folla para que no pienses que es marica y se lo digas a Jimmy.
– ¿Quién dice que me folla?
– Yo lo digo.
– Ya le gustaría. -Gloria negó con la cabeza-. Tengo que aguantar a un tipo que pesa casi ciento cincuenta kilos. ¿Te lo imaginas?
– ¿Cómo lo hacéis?
– Como los perros. Tío, es un trabajo agotador. Buena queda una como para tener que complacer además a un capullo que es puro músculo. Esos tipos, los culturistas, siempre te están levantando, hacen flexiones, se miran a sí mismos… No quieren follar a menos que sea delante de un espejo. Lo que necesito es un tipo normal -comentó Gloria mirando al Zip.
– Cuando tenga un poco de tiempo te daré lo que necesitas -le prometió el Zip-. Lo que quiero es que me ayudes a matar a un tipo. No me refiero a que tú lo hagas, eso es cosa mía. Pero puedes ayudarme.
Gloria no estaba muy segura de querer hacerlo. Frunció el ceño mientras le preguntaba:
– ¿Cómo?
– Verás, lo que haré será llamar al tipo en cuestión y decirle que quiero hablar con él, zanjar de una vez nuestra disputa, un malentendido. Pensará que es una trampa y acertará, eso es lo que preparo. Así que debo conseguir que confíe en mí.
– ¿Cómo lo harás?
– Le diré que escoja el lugar de la cita, un local público, un restaurante, con mucha gente alrededor, así que pensará: «Vale, allí no me puede hacer nada.» Y es allí donde lo haré. Le reviento, me levanto y me voy.
– Pero la gente te verá -señaló Gloria, inclinada sobre la mesa.
– ¿Sí, qué verán? Pregúntales, todos ven cosas diferentes. Sólo un par de testigos como mucho. Cuanta más gente menos problemas.
– Jimmy se volverá loco. Ya te tiene pánico.
– ¿Ah, sí? -exclamó el Zip.
– Ya lo sabes -replicó Gloria, sin dejar de mirarle con un brillo de excitación en los ojos azules-. ¿Me dejarás mirar cómo lo haces?
– Claro, tú estarás allí.
– ¿Qué quieres que haga?
Raylan les vio mientras cruzaba Ocean Drive en dirección al hotel Esther: tres pisos de esquinas redondas art déco, crema y azul; todas las mesas ocupadas y ellos dos en una para cuatro en la galería, a cubierto del sol; la muchacha se inclinaba sobre la mesa para acercarse al Zip y escuchar lo que éste decía. Raylan subió los dos escalones hasta la galería que el hotel llamaba «El cenador», y se acercó a la mesa. El Zip dejó de hablar y le miró. Raylan se detuvo junto a una de las sillas vacías y saludó a la muchacha tocándose el ala del sombrero.
– Señorita, ¿se llama usted Gloria Ayres?
– Sí -respondió ella, sorprendida.
– Quiero que sea testigo de lo que voy a decirle a este tipo. ¿Lo hará? -preguntó Raylan.
– ¿Es de verdad? -le preguntó Gloria al Zip, incrédula.
– Escucha lo que quiere decir -contestó el Zip, sin dejar de mirar a Raylan-. ¿Es un asunto oficial? ¿Traes alguna orden judicial?
– Es cosa mía, como la última vez.
El Zip permaneció en silencio, quizás intentaba adivinar qué se traía Raylan entre manos. Parecía intrigado. Por fin dijo:
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