John Verdon - No abras los ojos

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David Gurney se sentía casi invencible… hasta que se topó con el asesino más inteligente con el que jamás había tenido que enfrentarse.
Dave Gurney, el protagonista de la primera novela de John Verdon, Se lo que estás pensando, vuelve para afrontar el caso más difícil de su carrera, una batalla con un adversario implacable que no solo es un inteligente y frío asesino, sino que no tiene reparos en atacar directamente al punto débil de Gurney: su esposa.
Ha pasado un año desde que el exdetective de la Policía de Nueva York consiguió atrapar al asesino de los números y, aunque es su intención retirarse definitivamente junto a su esposa Madeleine, un nuevo caso se le presenta de forma imprevista. Una novia es asesinada de manera brutal durante el banquete de bodas, con cientos de invitados en el jardín, y ese es un reto al que es imposible resistirse.
Todas las pistas apuntan a un misterioso y perturbado jardinero pero nada encaja: ni el móvil, ni la situación del arma homicida y sobre todo, el cruel modus operandi. Dejando de lado lo obvio, Gurney empieza a unir los puntos que le descubrirán una compleja red de negocios siniestros y tramas ocultas.

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«Por el amor de Dios-pensó Gurney-, lo ha hecho otra vez.» Decidió interrumpir el especulativo silencio que siguió a la impresionante exposición de la agente.

– Lo cual nos lleva a la pregunta con la que empezamos-dijo-: ¿por qué creemos lo que creemos? Como tan bien acaba de señalar esta agente, el interrogador en esa escena podría no haber llegado a la verdad en absoluto. La cuestión es: ¿qué le hizo pensar eso?

Este nuevo giro produjo diversas reacciones.

– En ocasiones el instinto te dice qué es qué, ¿no?

– Quizás el desmoronamiento del chico le pareció legítimo. Tal vez hacía falta estar ahí, captar la actitud.

– En el mundo real, el interrogador habría sabido más cosas de las que puso sobre la mesa. Podría ser que la confesión del chico coincidiera con otras cosas, que las confirmara.

Algunos agentes ofrecieron variaciones sobre estos temas. Otros no dijeron nada, pero escucharon con atención cada palabra. A unos pocos, como Falcone, daba la impresión de que la pregunta les estaba dando dolor de cabeza.

Cuando el flujo de respuestas pareció detenerse, Gurney intervino con otra pregunta.

– ¿Creen que alguna vez se podría engañar a un interrogador duro con sus propias ilusiones?

Unos pocos asentimientos, algunos gruñidos afirmativos, unas cuantas expresiones de dolorida indecisión o quizá de simple indigestión.

Un tipo al final de la segunda fila, con un cuello como una boca de incendios que emergía de una camiseta negra, antebrazos de Popeye densamente tatuados, cabeza afeitada y ojos pequeños-ojos que parecían obligados a cerrarse por los músculos en los pómulos-levantó la mano. Los dedos estaban casi curvados en un puño. Habló con voz lenta, deliberada, pensativa.

– ¿Pregunta si en ocasiones creemos lo que queremos creer?

– Eso es más o menos lo que estoy preguntando-dijo Gurney-. ¿Qué opina?

Los ojos entrecerrados se abrieron un poco.

– Creo que es… correcto. Es la naturaleza humana. -Se aclaró la garganta-. Hablaré por mí mismo. He cometido errores por ese… factor. No porque quisiera creer cosas buenas de la gente. Llevo en el trabajo mucho tiempo y no me hago muchas ilusiones sobre los motivos de la gente para hacer lo que hace. -Enseñó los dientes en una aparente repulsión por una imagen pasajera-. He visto mi parte de vileza. Mucha gente en esta sala ha visto lo mismo. Pero lo que estoy diciendo es que en ocasiones tengo una idea formada sobre algo, y puede que ni siquiera sea consciente de lo mucho que quiero que esa idea sea correcta, como «sé lo que pasó», o «sé» exactamente cómo piensa un cabronazo. Sé por qué hizo lo que hizo. Salvo que en ocasiones (no con frecuencia, pero sin duda en ocasiones) no sé nada, solo creo que lo sé. De hecho, estoy convencido de ello. Es como un gaje del oficio. -Se quedó en silencio dando la impresión de que estaba considerando las lóbregas implicaciones de lo que había dicho.

Una vez más, quizá por enésima vez en su vida, Gurney recordó que sus primeras impresiones no eran especialmente fiables.

– Gracias, detective Beltzer-dijo al hombre grande, mirando su placa de identificación-. Eso ha estado muy bien.

– Examinó las caras a lo largo de filas de mesas y no vio señales de desacuerdo. Incluso Falcone parecía contenido.

Gurney tardó un minuto en sacar un caramelo de menta de una latita y echárselo en la boca. Por encima de todo, se estaba entreteniendo para que los comentarios de Beltzer resonaran antes de continuar.

– En la escena hemos visto-dijo Gurney con renovada animación-que ese interrogador podría querer creer en la validez del derrumbe del joven por diversas razones. Diga una. -Señaló al azar a un agente que todavía no había dicho nada.

El hombre parpadeó, parecía avergonzado. Gurney aguardó.

– Supongo… Supongo que podría gustarle la idea de desenmascarar la historia del chico…, eh, que ha tenido éxito en el interrogatorio.

– Por supuesto-dijo Gurney. Captó la atención de otro asistente silencioso-. Otra.

El rostro muy irlandés bajo un cabello pelirrojo cortado muy corto sonrió.

– Quizá pensó que había ganado unos puntos. Debía informar a alguien. Disfrutaría entrando en el despacho del jefe para decir: «Mire lo que he hecho». Ganarse respeto. Quizás un empujón para un ascenso.

– Seguro, eso puedo imaginarlo-dijo Gurney-. ¿Alguien puede nombrar otra razón por la que podría querer creer la historia del chico?

– Poder-dijo la joven hispana con desdén.

– ¿Cómo?

– Puede que le guste la idea de que ha arrancado la verdad al interrogado, que lo obligó a admitir cosas dolorosas, a renunciar a lo que estaba tratando de esconder, a exponer su vergüenza, que lo hizo arrastrarse, incluso llorar. -Ponía la misma cara que si estuviera oliendo basura-. Puede que le encantara hacerlo, sentirse como Superman, el detective genial y omnipotente. Como Dios.

– Un gran beneficio emocional-dijo Gurney-podría distorsionar la visión de un hombre.

– Ah, sí-coincidió ella-. A lo grande.

Gurney vio que se levantaba una mano en la parte de atrás de la sala: un hombre de cara morena con el pelo corto y rizado que todavía no había intervenido.

– Disculpe, señor, estoy confundido. Aquí en este edificio hay un seminario de técnicas de interrogatorio y un seminario de operaciones secretas. Dos seminarios separados, ¿sí? Yo me apunté al de operaciones secretas. ¿Estoy en el lugar adecuado? Esto que estoy escuchando es todo sobre interrogatorios.

– Está en el lugar adecuado-dijo Gurney-. Estamos aquí para hablar de operaciones secretas, pero hay un vínculo entre las dos actividades. Si comprende cómo un interrogador puede engañarse a sí mismo por lo que quiere creer, puede usar el mismo principio para lograr que el objetivo de su operación encubierta crea en usted. Se trata de manipular al objetivo para que «descubra» la información que queremos que crea. Se trata de darle un buen motivo para que se trague nuestra mentira. Se trata de conseguir que quiera creer en nosotros, igual que el tipo de la película desea creer la confesión. Hay una tremenda verosimilitud en los hechos que una persona cree que ha descubierto. Cuando su objetivo cree que sabe cosas sobre usted que usted no quiere que sepa, esas cosas le parecerán doblemente ciertas. Cuando piense que ha penetrado bajo su capa superficial, verá lo que descubra en esa capa más profunda como la verdad real. Eso es lo que llamo la «falacia del eureka». Es una peculiar ilusión que da total credibilidad a lo que cree que ha descubierto por sí mismo.

– ¿Qué falacia?-La pregunta provino de diferentes direcciones.

– La falacia del eureka. Es una palabra griega que, más o menos, se traduce como «lo encontré» o, en el contexto en el cual la estoy usando, «he descubierto la verdad». La cuestión es…-Gurney habló más despacio para enfatizar su siguiente afirmación-. Las historias que cuenta la gente sobre sí misma parecen retener la posibilidad de ser falsas. En cambio, lo que descubrimos por nosotros mismos nos parece la verdad. Así que lo que estoy diciendo es esto: dejemos que nuestro objetivo crea que está descubriendo algo sobre nosotros. Entonces sentirá que realmente nos conoce. Es el lugar en el que estableceremos la confianza con mayúsculas, la confianza que posibilita todo lo demás. Vamos a pasar el resto del día aprendiendo cómo conseguirlo, cómo hacer que la cosa que queremos que nuestro objetivo descubra de nosotros sea lo que piensa que está descubriendo por sí mismo. Pero ahora tomemos un descanso.

Al decirlo, Gurney se dio cuenta de que había crecido en una época en la que un descanso significaba una pausa para fumar un cigarrillo. Ahora, para casi todos, implicaba llamar por el móvil o mandar mensajes de texto. Como para ilustrar la idea, la mayoría de los agentes que se levantaron para dirigirse a la puerta estaban sacando sus BlackBerry.

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