Los asesinatos derivados de Dante no tienen fundamento histórico, pero los expedientes policiales y los archivos municipales documentan un súbito aumento de la tasa de asesinatos en Nueva Inglaterra inmediatamente después de la guerra civil, así como una corrupción muy extendida y alianzas clandestinas entre detectives y profesionales del crimen. Nicholas Rey es un personaje de ficción, pero se enfrenta a los desafíos reales de los primeros policías afroamericanos en el siglo xix, muchos de los cuales eran veteranos de la guerra civil y procedían de ambientes de mezcla racial. Una visión general de sus circunstancias puede hallarse en W. Marvin Dulaney: Black Police in America. La experiencia bélica de Benjamin Galvin deriva de las historias de los regimientos 10 y 13 de Massachusetts, así como de relatos de primera mano de otros soldados y de reportajes. Mi exploración del estado psicológico de Galvin estuvo especialmente guiada por el reciente estudio de Eric Dean, Shook over Hell, que insiste en demostrar la presencia de una perturbación causada por estrés postraumático en los veteranos de la guerra civil.
Aunque la intriga que afecta a los personajes de la novela es enteramente ficticia, puede tomarse nota de una anécdota no documentada de una temprana biografía del poeta James Russell Lowell: un miércoles por la noche, se dice, una inquieta Fanny Lowell se negó a permitir que su marido saliera a la calle para acudir a una sesión del club Dante, de Longfellow, a menos que el poeta accediera a llevarse su fusil de caza, justificando su preocupación por una oleada de delitos no especificada que alcanzaba a Cambridge.
Este proyecto tiene sus orígenes en una investigación académica providencialmente guiada por Lino Pertile, Nick Lolordo y el departamento de Literatura Inglesa y Norteamericana de Harvard. Tom Teicholz fue el primero en animarme a ahondar en este momento único en la historia de la literatura construyendo una trama narrativa.
La evolución de El club Dante desde el manuscrito hasta la novela dependió sobre todo de dos profesionales con talento e inspiración: mi agente, Suzanne Gluck, cuya extraordinaria dedicación, visión y amistad pronto se hicieron tan esenciales para el libro como sus personajes; y mi editor, Jon Karp, quien se sumergió completamente en dar forma y guiar el desarrollo de la novela con paciencia, generosidad y respeto.
Entre el origen y la conclusión, muchas personas aportaron su contribución y merecen mi gratitud. Por su fe e ingenio como lectores y consejeros: Julia Green, a mi lado sin reservas para cada nueva idea y cada obstáculo; Scott Weinger; mis padres, Susan y Warren Pearl, y mi hermano Ian, que encontró tiempo y energía para prestarme ayuda en todos los órdenes. Gracias también a los lectores Toby Ast, Peter Hawkins, Richard Hurowitz, Gene Koo, Julie Park, Cynthia Posillico, Lino y Tom; a los consejeros en varias materias Lincoln Caplan, Leslie Falk, Micah Green, David Korzenik y Keith Poliakoff. Gracias a Ann Godoff por su incansable apoyo; también, de Random House, mi reconocimiento a Janet Cooke, Todd Doughty, Janelle Duryea, Jake Greenberg, Ivan Held, Carole Lowenstein, Maria Massey, Libby McGuire, Tom Perry, Allison Saltzman, Carol Schneider, Evan Stone y Veronica Windholz; a David Ebershoff, de Modern Library; a Richard Abate, Ron Bernstein, Margaret Halton, Karen Kenyon, Betsy Robbins y Caroline Sparrow, de ICM; a Karen Gerwin y Emily Nurkin, de William Morris; y a Courtney Hodell, que animó el proyecto con celo y con sus dotes inventivas.
Mi investigación se vio auxiliada por las bibliotecas de Harvard y Yale, Joan Nordell, J. Chesley Mathews, Jim Shea, y Neil y Angelica Rudenstine, que me permitieron estudiar su casa (antes Elmwood), con Kim Tseko como guía. Por su extraordinaria ayuda en materia de entomología forense, hago extensivo mi agradecimiento a Rob Hall, Neal Haskell, Boris Kondratieff, Daniel Maiello, Morten Starkeby, Jeffrey Wells, Ralph Williams, y a Mark Benecke, en particular, por su asesoramiento y creatividad.
Debo especial reconocimiento a los conservadores de historia de la Casa Longfellow, en cuyas estancias, que en otro tiempo acogieron el club Dante, penetramos; y a la Dante Society of America, descendiente directa del club Dante tanto por legado como en espíritu.
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