Dos capitanes, vestidos de civil, habían llegado al filo del mediodía y el Conde les explicó los detalles del caso y les entregó las magras pruebas incriminatorias: tres tabacos destripados, una medalla con la figura calada de El Hombre Universal, dos monedas amarillas y una página con un par de capítulos bíblicos en los que se revelaba a los hombres la esencia divina del hijo putativo del carpintero José y se anunciaba el carácter de su sacrificio ingente, en el Reino de Este Mundo. Luego les señaló dónde quedaba el laboratorio en el que seguían analizando las hebras de seda y el fango del río Almendares. Los oficiales lo felicitaron por la rapidez y la eficiencia con que había conducido la investigación y le aseguraron que se revisaría su suspensión temporal, que se necesitaba gente como él. Y le explicaron -aunque estas explicaciones sobran, usted es policía y lo sabe- que aquél era un caso de connotaciones especiales y que requería un tratamiento especial. El Conde dijo que sí, y ellos no imaginaron que él, mientras abría la puerta y salía al pasillo, sólo lamentaba perderse la cara de Faustino Arayán cuando le fueran arrancando las tiras de la máscara que al final se había convertido en su propio rostro. ¿Lloraría? ¿Pediría perdón? ¿Se arrodillaría, inclinando toda su compacta petulancia? Sí, le gustaría estar presente para ver aquella escena, el derrumbe en alud de ese hombre capaz de juzgar y condenar, de clasificar y desechar, de aplastar a personas y vidas como moscas impertinentes con sus rígidos criterios morales y políticos. ¿Derechos humanos? Que se joda, se lamentó al fin, otra vez, pues se perdería aquella última escenificación después de haber trabajado tanto en toda la obra… Y entonces pensó que, en realidad, le quedaban pendientes otras lamentaciones adicionales: le hubiera gustado saber, por ejemplo, qué le había dicho Alexis a su padre, qué palabras capaces de provocar su ira homicida, y saber también todo lo que cargaba la mente de Alexis Arayán mientras vestía las galas impropias de Electra Garrigó, la noche suicida en que salió a fabricar su muerte, aunque sí sabía que aquella verdad se había perdido para siempre con los miedos, los odios y la vida misma de aquel travestí ocasional. Y le hubiera gustado saber también -y claro que lamentaba no saberlo- por qué podían ocurrir en el mundo sucesos tan terribles como aquellos en los que su oficio lo obligaba a envolverse, como en un manto trágico… ¿Y el Gordo Contreras? ¿Un policía corrupto, que se aprovechaba de su cargo, su uniforme y su placa para joder a los demás? No, dijo negándose todavía ante lo que, al parecer, ya no tenía negación posible.
Cuando salió al parqueo de la Central, el Conde sintió que todo el calor de la ciudad se le echaba encima, como debía suceder cuando se atravesaba las aguas negras del Averno, frente a las puertas sulfurosas del mundo del retorno imposible.
– ¿Ya llevaste a María Antonia? -le preguntó entonces a Manuel Palacios, mientras abordaba el auto.
– Sí, me dijo que la llevara para Miramar. Quería recoger sus cosas. Dice que esta noche va para casa de su hermano.
– Por lo menos ella va a presenciar el desenmascaramiento. Ojalá que pueda disfrutarlo… Llévame para mi casa, creo que me hace falta dormir. Tal vez soñar -citó, encendió un cigarro y escupió hacia la calle-. Qué mierda, ¿no?
– Sí, Conde, qué clase de mierda… Oye, ¿suena feo que te pida perdón por todas las estupideces que te dije el otro día?
El sudor lo despertó con una sensibilidad de anguila en la piel. Buscó las cifras rojas del reloj eléctrico y encontró la pizarra cegada. También el ventilador había dejado de girar. Pero cómo se va a ir la luz a esta hora, protestó, cuando al fin encontró su reloj de pulsera y comprobó que eran apenas las cuatro de la tarde. Penetrando la densidad de las cortinas, el reflejo del sol flotaba impertinente en su habitación, como un beneficio impuesto al que no se puede renunciar. Había pensado despertarse cuando ya hubiera oscurecido. Se levantó y fue en busca de los restos mortales del café que hiciera esa mañana. Mientras lo bebía, observó a través de la ventana las perspectivas de su futuro más inmediato y por primera vez en varios meses le parecieron levemente propicias. Fumó tranquilo y, cuando se disponía a ducharse, sonó el teléfono.
– Soy yo, Mario.
– Sí, Mayor, ¿qué pasó?
– El hombre está aquí, ya confesó.
– ¿Y cómo fue la función?
– Bueno, dice él que debió de haber sido un momento de locura, que nunca pensó hacer eso, y le echa la culpa de todo a Alexis. Dice que él salió del hotel Riviera, donde tenía una cita con un diputado italiano que es su amigo personal, y que se encontró en la calle con una mujer, al lado de su carro. Dice que en el primer momento no lo reconoció, pero que la miró porque tenía algo extraño, y se dio cuenta de que era Alexis. -La voz sin inflexiones intencionadas del mayor Rangel continuó la historia, que la mente del Conde, preparada ya para imaginarla, fue visualizando escena por escena, hasta el final trágico: el personaje del hombre grande, hasta esa mañana sin rostro, ahora tenía la cara de Faustino Arayán, que se asombra de ver a su hijo, vestido de mujer, esperándolo a la salida de un hotel-: «¿Y qué tú haces aquí con esa ropa de mujer?.
»"Nada, te estaba esperando para que me lleves a la casa. Toña me dijo que ibas a estar aquí. ¿Puedes llevarme en tu carro o te da mucha vergüenza verme así?"
»Alexis no recibe respuesta, pero su padre aborda el auto y le abre la puerta del copiloto. Faustino, molesto, enciende uno de los Montecristos que lleva en el bolsillo y el interior del auto se inunda de humo que se disipa cuando se pone en marcha.
»"¿Y qué vas a hacer en la casa, con ese vestido? ¿Tú te has vuelto loco? ¿No te da pena andar así por la calle? ¿De dónde tú vienes así?"
»"Me vestí en el baño del hotel y no me da ninguna pena… Hoy sentí que mi vida iba a cambiar. Recibí una luz, que me ordenó: Haz lo que tienes que hacer y ve a ver a tu padre."
»"Tú estás loco."
»"Estoy cuerdísimo."
»"Dime de una vez lo que quieres y no jodas más."
»"Entra ahí en el Bosque, para hablar más tranquilos."
»Faustino vuelve a pensar que su hijo ha enloquecido, que lo está provocando y que tal vez sea mejor resolverlo todo antes de llegar a la casa. Dobla a la izquierda y el auto desciende hacia el Bosque de La Habana, donde a esa hora de la noche corre una brisa que contrasta con el calor del resto de la ciudad.
»"Vamos para el río. Quiero ver el río."
»"Está bien, está bien. A ver, ¿qué me ibas a decir?"
»Y Alexis le dijo que lo odiaba, que lo despreciaba, que era un oportunista y un hipócrita, y de pronto se lanzó para golpearle la cara. Faustino soltó su tabaco y empujó a Alexis, que cayó arrodillado en la hierba, pero sólo para ponerse de pie y volver a agredirlo, y Faustino, sin explicarse cómo, se hizo con la banda de seda que se había soltado de la cintura de aquella equívoca y enfurecida mujer que a su vez lo enfurecía, lo agredía, lo volvía loco y, cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, Alexis se desplomaba, con los pulmones vacíos de oxígeno… ¿Qué te parece?
– No suena mal, pero se te olvidó contar como la mitad de la historia. Alexis le dijo otra cosa que fue lo que lo volvió como loco: lo amenazó con hacer o contar algo, yo no sé… Y creo que por eso le pagó con dos monedas.
– No estés inventando, Conde.
– No estoy inventando, Viejo. Eso de oportunista, hipócrita y el odio, ya Alexis se lo había dicho mil veces. Averigüen ahora qué sabía Alexis que podía ser muy peligroso para el padre… Y Alexis se lo dijo porque sabía que él iba a reaccionar así. Desentierren toda esta historia y verán que van a aparecer cosas terribles, como que me llamo Mario Conde. Pero tienen que apretarlo, Viejo, como a cualquier delincuente.
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