Anna se transformó a unos doscientos metros de los dos hombres, temblando al sentir los pies descalzos sobre la nieve. Se había trasladado allí tras intentarlo primero sobre el suelo despejado de nieve bajo un gran abeto. La persona que les puso el nombre de agujas sabía de lo que estaba hablando.
El frío incrementó el dolor de la transformación, y Anna empezó a ver estrellas en su campo visual. Intentó respirar acompasadamente. Las lágrimas le inundaron las mejillas a medida que las articulaciones y huesos se reajustaban, los músculos se adaptaban a sus nuevas proporciones y la piel se convertía en pelo.
Tardó mucho, mucho tiempo.
Cuando terminó, se quedó tendida sobre la nieve cristalizada, jadeante, demasiado cansada para moverse. Hasta el frío, descubrió, tenía su propio olor.
Gradualmente, a medida que el dolor iba remitiendo, descubrió que, por primera vez desde la última noche, cuando Charles se acurrucó junto a ella y la envolvió con sus brazos, se sentía protegida del frío. A medida que la agonía inicial se convertía en una serie de molestias y pequeños dolores, se desperezó y alargó las uñas como si fuera un enorme gato. La espalda le crujió y restalló en toda su extensión.
No quería regresar y acurrucarse con un extraño a pocos metros de ella. El lobo no tenía miedo del macho, pues sabía que no era probable que actuara como los otros. Pero tampoco le gustaba la idea de tocar a otro que no fuera Charles.
Cerca pero fuera de su campo visual, un lobo, Charles, emitió un sonido suave, algo entre un ladrido y un aullido. Temblorosa como un potrillo, se puso de cuatro patas con dificultad. Se detuvo para sacudirse el pelaje de nieve y darse algo de tiempo para acostumbrarse a caminar a cuatro patas antes de regresar con su ropa entre los dientes. Charles trotó hasta ella, cogió con la boca sus botas, dentro de las cuales había guardado los guantes, y la escoltó hasta el lecho que compartirían aquella noche.
Walter les esperaba justo en el límite del refugio que Charles había escogido. En cuanto posó sus ojos en él, Anna comprendió que no era la única a quien no le hacía mucha gracia dormir con el hocico pegado al rabo de un extraño. Walter tenía un aspecto lamentable, encorvado y con el rabo entre las piernas.
Charles le indicó a Walter con un movimiento de su oreja que se tumbara en el refugio que había encontrado para ellos. Walter le hizo caso y llegó el turno de Anna. Charles la empujó para que siguiera el ejemplo de Walter, dejó las botas donde no se llenaran de nieve y se tumbó frente a ellos, desde donde podría protegerlos. Pese a que Walter se había colocado lo más cerca posible de los árboles, no quedaba mucho espacio.
Cuando Anna se acomodó a su lado, Walter se removió inquieto. Pobrecillo, pensó ella. Tanto tiempo solo y ahora debía ajustarse rápidamente al comportamiento típico de una manada. Su sufrimiento ejerció un extraño efecto en el malestar de Anna. Preocupada por él, alargó el cuello y enterró el hocico bajo el pelaje de Charles. Intentó relajarse, confiando en ayudar a Charles a hacer lo mismo.
Aquello era una manada, pensó, a medida que el calor de los dos lobos se extendía por su cuerpo. Confiar que Charles vigilara con sus sentidos más desarrollados. Saber que los dos lobos habían demostrado estar dispuestos a defenderla de cualquier peligro. Saber que podía dormir segura. Aquello era mucho más de lo que le había ofrecido su primera manada.
Pasó mucho tiempo hasta que Walter dejó de parecer una estatua de piedra y se relajó pegado a su cuerpo. No obstante, no permitió que el sueño la venciera hasta notar su hocico bajo su cadera.
El dolor mantuvo a Charles despierto mientras su pareja y el lobo solitario dormían. Tanto la pierna como el pecho le dejaron claro que se había extralimitado. Si no se andaba con cuidado, no iba a lograr bajar de las montañas. Sin embargo, lo que le mantuvo alerta mientras la tormenta de nieve rugía a su alrededor era el recuerdo de la bruja.
Nunca se había sentido de aquel modo: capas y capas de obediencia cubriéndole de un modo imposible hasta que no le quedo otro remedio que responder a sus preguntas. Aunque era demasiado dominante incluso para su padre, le habían contado cómo era la sensación. Las descripciones se quedaban cortas. Si no hubiera estado convencido de lo necesario que resultaba el meticuloso control de los dominantes por parte de su padre antes de convertirse en Alfas, se habría venido abajo. La sensación de sentirse dominado por alguien era aterradora, incluso cuando confiabas en él. El respeto por la valentía de los lobos sumisos de la manada de su padre había aumentado un par de niveles.
Si Anna no hubiese distraído a la bruja y hubiera roto el hechizo… contuvo el aliento y Anna emitió un ruidito con la garganta. Le reconfortaba incluso mientras dormía.
Tras dejar atrás el pánico -o la mayor parte de él-, había tenido tiempo para reflexionar sobre la naturaleza del conjuro. Sin embargo, aún no tenía ni idea de cómo la bruja había sido capaz de utilizar de aquel modo sus… los vínculos con la manada de su padre.
Debía informar a su padre, contarle que una bruja podía penetrar en la magia de la manada. Hasta donde sabía, nunca había sucedido nada parecido. Solo su dolor, y la comprensión que iba a tener que prestar más atención a los límites que le imponía su cuerpo, le obligaron a seguir donde estaba en lugar de salir corriendo en dirección al coche. Debía alertar a su padre.
Si Anna no hubiera estado a su lado… ¿cómo habría sabido lo que debía hacer?
Lejos de la manada, la mayoría de los lobos disponían de muy poca magia, y habría jurado que Anna no era una excepción. Conocía perfectamente su olor, y no percibía nada de magia en él. Si su apareamiento hubiese sido completo, Anna podría haber recurrido a su…
Irguió la cabeza y sonrió con los dientes. Anna aún no se había apareado, pero su lobo sí. Había percibido cómo recurría a él cuando la bruja le lanzó su hechizo, aunque no había creído que sirviera de mucho. Aún le quedaba mucho por aprender. El lobo había utilizado su magia para romper el hechizo de la bruja. Y Anna aún no había sido aceptada en la manada del Marrok, de modo que la infiltración de la bruja en los vínculos de la manada no le había permitido inmovilizar a Anna del mismo modo que a él.
Captó un sonido casi imperceptible por encima del aullido del viento que interrumpió sus pensamientos: algo se movía entre los árboles. Pese a estar a una distancia de seguridad de donde estaban durmiendo, se mantuvo alerta y esperó a que el caprichoso viento cambiara de dirección y le trajera algún olor. Si era la bruja, recogería a sus pollitos y saldría corriendo; sus doloridas piernas y pecho habrían de sacrificarse una vez más.
Sin embargo, quien salió de entre los árboles y se detuvo para que Charles le viera perfectamente era otra persona: Asil. Lentamente, Charles salió a gatas de debajo del árbol. Anna suspiró y se recolocó, aunque el cansancio le impidió despertar. Charles se quedó completamente inmóvil hasta que su respiración recuperó la cadencia anterior.
Entonces empezó a aproximarse al intruso.
Desde que Asil se uniera a la manada, Charles nunca le había visto fuera de Aspen Creek; no le hacia ninguna gracia que la primera vez fuera allí y en aquel momento. Supo que, independientemente de lo que le dijera, no conseguiría que su vida fuera más fácil. Tampoco le agradó su incapacidad para ocultar la cojera.
Aunque Charles no era muy dado a presumir, sintió que aquella ocasión lo requería. Convocó la magia y dejó que esta se extendiera por su cuerpo, transformándole mientras caminaba. Aunque fue doloroso, se esforzó para que el dolor no se reflejara en su rostro ni le obligara a cojear aún más. Si se hubiera sentido mejor o los espíritus hubiesen sido más cooperativos, incluso podría haber conjurado un nuevo par de botas para no tener que caminar con tantas dificultades. Por lo menos, en la mayor parte del altiplano, la nieve, regularmente peinada por el viento, no pasaba de los treinta centímetros de profundidad, y la mitad había caído aquella noche.
Читать дальше