Charles era incapaz de recordar un instante en que no fuera consciente de tener dos almas que hacían latir un único corazón. El Hermano Lobo y él vivían en armonía durante la mayor parte del tiempo, recurriendo a las habilidades especializadas de cada uno en función del objetivo. Por ejemplo, el encargado de la caza era el Hermano Lobo, pero si la presa era humana u otro hombre lobo, Charles pasaba a ser el ejecutor.
A lo largo de los años Charles había visto cómo los hombres lobo cuya parte humana y animal estaban completamente separadas -como Doc Wallace- no sobrevivían mucho tiempo. O bien atacaban a alguien más viejo y fuerte que ellos o bien Charles debía matarlos porque no podían controlar al lobo.
Un hombre lobo que sobrevivía aprendía a integrar al hombre y al animal y dejaba que el primero ocupara el asiento del conductor durante la mayor parte del tiempo; salvo durante la luna llena, cuando se ponían furiosos… o cuando los atacaban. Torturar a un dominante significaba que el lobo tomaría el control. Torturar a un sumiso significaba que solo quedaría el humano.
Con todos los instintos de protección de un Alfa y ni un ápice de sus tendencias violentas… además de los tres años de abusos, era probable que el lobo de Anna hubiese descubierto un modo de protegerla. Eso explicaría por qué Leo jamás consiguió doblegarla.
Quizá cuando se asustó por su agresión de la noche anterior, su lobo había tomado el control. Y quizá por eso sus almas humanas no habían conectado del modo en que lo habían hecho sus lobos.
Aunque había algo que no encajaba, pues Charles tendría que haber percibido el ascendente de su lobo. Incluso si se le hubiera pasado por alto el cambio en sus ojos, los cuales pasaban del marrón al azul cielo, tendría que haber reconocido el cambio en su olor.
Charles estaba bastante seguro de que era algo que le había hecho Leo, o que este había obligado a alguien a hacer. Aquella era la raíz de sus problemas actuales.
Enfadarse con ella no le iba a ayudar en nada, de aquello estaba seguro. De modo que dejó de pensar en las diversas formas de tortura que podría aplicar a Leo, quien, de todos modos, ya estaba muerto, e intentó centrarse en encontrar una solución.
A Charles se le daba mejor asustar a la gente que aliviar aquel temor. No sabía cómo tratar el tema de lo que había ocurrido aquella mañana, la noche anterior o la razón por la que su apareamiento no se había completado sin empeorar más las cosas.
Si las cosas no mejoraban, acudiría a su padre para pedirle consejo… o, que el cielo los ayudara a todos, otra vez a Asil. Si le explicaba todo con claridad, puede que Asil se riera de él, pero era un caballero y no dejaría que a Anna le ocurriera nada malo.
Aquello le dejaba con una tarea pendiente: Anna debía saber que los otros machos aún podían ofrecerse a ella, ya que era algo peligroso tanto para ella como para quien estuviese cerca de él cuando alguno lo intentara.
Y porque tenía el derecho a saber que podía aceptar a cualquiera de los otros machos. Al menos, eso era lo que opinaba Asil. Charles pensó que, en cuanto el vínculo ente sus lobos se completó, aquello lo convirtió en permanente, aunque no conocía a nadie a quien le hubiera sucedido antes de que la parte humana conectara. Tal vez Anna pudiera encontrar a otra persona que no la asustara tanto como parecía hacerlo él.
* * *
EL Humvee era un oasis artificial, pensó Anna. Los asientos de piel con calefacción y el clima controlado de la cabina parecían fuera de lugar en la inabarcable extensión de bosques congelados y silenciosos.
Los troncos oscuros, casi negros, de los árboles de hoja perenne contrastaban de un modo inhóspito con la blancura de la nieve. De vez en cuando, alguna carretera, distinguible más por el modo en que interrumpía la línea de árboles que por los surcos dejados por los vehículos, surgía de la autopista por la que circulaban. A medida que esta se fue estrechando hasta no ser más que una cicatriz blanca entre agrestes montañas, Anna se preguntó si el término «autopista» era el más adecuado.
– Nuestro vínculo de apareamiento no se hizo permanente la noche anterior -dijo él repentinamente.
Ella se lo quedó mirando mientras sentía la familiar sacudida de pánico. ¿Qué significaba aquello? ¿Habría hecho algo mal?
– Dijiste que lo único que debíamos hacer era…
Descubrió que no podía decir la siguiente palabra. A la fría luz del día sonaba demasiado cruda.
– Parece ser que me equivocaba -le dijo él-. Creía que tras superar la parte más complicada, lo único que faltaba era la consumación.
Anna no supo qué contestarle.
– Probablemente sea mejor así -dijo él bruscamente.
– ¿Por qué?
No había sabido si sería capaz de decirlo, pero cuando lo hizo, le pareció que simplemente trasmitía curiosidad y no aquel sentimiento de pánico que le bloqueaba las palabras en la garganta.
Pese a todo, no consiguió que su voz sonara con la desinteresada neutralidad que había pretendido.
– La razón principal por la que no quería que vinieses hoy conmigo es que no quería que me vieses matar de nuevo, por lo menos no tan pronto. Pero he sido el asesino de mi padre durante más de ciento cincuenta años, y no creo que eso vaya a cambiar en el futuro. Es justo que, antes de elegir, me veas tal cual soy cuando me posee la caza.
El volante crujió bajo la presión de sus manos, pero su voz continuó tranquila, casi indiferente.
– En la manada de mi padre hay una serie de lobos dispuestos a adorar el suelo que pisas. Lobos que no son asesinos. -Respiró brevemente e intentó sonreír para tranquilizarla, aunque se quedó en algún punto intermedio que lo único que Io consiguió fue mostrar sus dientes fuertes y blancos-. Y no todos están locos.
De nuevo intentaba alejarla de él.
Anna se miró las manos y vio que tenía los nudillos blancos por la tensión. De repente, pudo volver a respirar. Decirle que aún podía buscar a otro le estaba poniendo muy nervioso, desbaratando la calma aparente que mantenía desde el desayuno. Anna recordó el ataque de celos de la última noche y sintió cómo la confianza le calmaba el corazón: Charles la amaba, independientemente de lo estúpida que había sido aquella mañana. Podía aceptarlo. No podía seguir teniendo vergüenza por el hecho de querer estar con él para siempre, ¿verdad? En una semana o dos lo superaría. Y dentro de un año la intensidad de lo que sentía por él dejaría de asustarla definitivamente.
Sintiéndose mejor, Anna se acomodó en el confortable asiento del Vee para poder tener una mejor perspectiva de Charles. ¿De qué había estado hablando antes de ofrecerle la posibilidad de dejarlo?
Sobre el hecho de ser un asesino.
– He conocido a otros asesinos -le dijo-. La manada de Leo tenía a Justin. ¿Le recuerdas? Justin era un asesino. -Se esforzó por dejar clara la diferencia entre ambos-. Tú eres justo. -Aquella no era la forma, sonaba muy estúpido.
– «Una rosa siempre será una rosa…» -citó Charles, apartando el rostro de ella.
Anna respiró profundamente para comprobar si su olfato podía ayudarle a descifrar lo que Charles sentía, pero lo único que pudo oler fue a los dos extraños que les habían prestado la ropa. Tal vez Charles lograra controlarse mejor que otras personas.
Charles era un hombre prudente. Prudente tanto con lo que decía como con la gente que le rodeaba. Anna solo había necesitado pasar una noche con él para darse cuenta de aquello. Se preocupaba por la gente. Se preocupaba por ella, por su padre, incluso por el amigo de Heather. Su estómago se estabilizó a medida que las pistas y las acciones aisladas tomaban sentido de conjunto. Para un hombre que se preocupaba tanto por los demás debería haber resultado muy duro aprender a matar, por muy necesario que fuera, pensó Anna.
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