Aunque la vieja conífera estaba demasiado húmeda para hacer fuego con ella, había más árboles caídos. Media hora después, había recogido una generosa cantidad de leña seca extraída de los cadáveres de un par de viejos abetos.
Cuando regresó, Anna estaba encaramada en la gran roca, junto a su mochila y con las raquetas apoyadas en la base de la misma. Él también se quitó las suyas y se dispuso a encender una pequeña fogata, consciente de estar bajo la atenía mirada de Anna.
– Pensaba que los indios encendían fuego con un palo – dijo ella cuando vio que extraía de la mochila una lata de Sterno y un mechero.
– Sé cómo hacerlo -dijo él-. Pero me gustaría comer algo caliente en las próximas horas. Con Sterno y un Bic todo es mucho más fácil.
Volvían a estar bien, pensó él. Todo había empezado cuando Anna se quedó dormida en el coche, y durante la ascensión había conseguido relajarse aún más. Hasta que, durante los últimos kilómetros, le había cogido del anorak en varias ocasiones para señalarle esto o aquello: las huellas de un lobo, un cuervo que les observaba desde la rama alta de un pino o un conejo con el pelaje blanco del invierno.
– ¿Qué te gustaría comer? -le preguntó él tras tener la fogata como deseaba y colocar sobre ella un cazo con nieve.
– Lo que sea menos cecina -dijo ella-. Estoy cansada de mascar.
– ¿Qué te parece pollo agridulce? -le preguntó.
* * *
Charles vertió el sobrecito de aceite de oliva y le pasó a Anna el de papel de aluminio. Ella miró el contenido con cierta reticencia.
– No parece pollo agridulce -dijo.
– Tienes que prestar más atención a tu olfato -le amonestó él antes de probar el guiso. Aunque no podía compararse con la cena de la noche anterior, tampoco estaba tan mal para algo a lo que le echabas agua y te lo comías-. Y al menos el pollo agridulce no tiene el aspecto de comida para perros.
Anna se inclinó para echar una ojeada al interior de su sobre.
– Aagg. ¿Por qué tienen que hacer eso?
– Solo pueden liofilizar cosas pequeñas -le dijo él apartando el sobre antes de que Anna metiera el pelo dentro-. Come
– Entonces -preguntó Anna de nuevo desde su atalaya sobre la roca-, ¿cuánto durará nuestro disfraz olfativo?
Le agradó comprobar que, tras la primera cucharada, Anna engullía su comida como un leñador.
– No importa -le dijo él mientras hacía lo mismo con la suya-, siempre y cuando continuemos hablando sobre lo que hacemos para que pueda oírnos cualquier lobo que se encuentre en las proximidades.
Anna dejó de comer y abrió la boca para disculparse, pero se detuvo a media palabra y frunció el ceño. Charles se preguntó si debía sonreír para indicarle que le estaba tomando el pelo; pero ella se dio cuenta antes, lo que demostró con un gesto de su cuchara.
– Si hubiera un hombre lobo dentro de tu campo auditivo, lo sabrías. Responde a la pregunta.
Casi nunca hablaba de su magia con nadie, ni siquiera con su padre, ya que el Hermano Lobo le decía que cuanta menos gente lo supiera, más eficaz sería como arma. Sin embargo, el Hermano Lobo no tenía ninguna objeción en contarle a Anna todo lo que quería saber.
De modo que tras tragar un trozo de ternera, admitió:
– No lo sé. El tiempo necesario, a menos que enojemos a los espíritus y decidan ayudar a nuestros enemigos.
Anna dejó de comer por segunda vez, en esta ocasión para mirarlo fijamente.
– Esta vez no me tomas el pelo, ¿verdad?
Él se encogió de hombros.
– No. No soy una bruja, de modo que no puedo manipular el mundo a mi voluntad. Lo único que puedo hacer es pedirlo, y si los espíritus se muestran compasivos, me lo conceden.
Anna tenía una cucharada de comida en la boca, de modo que tuvo que tragársela antes de preguntar:
– ¿Eres cristiano? O…
Él asintió.
– Más que el asno de Balaam. Pero, además, al ser un hombre lobo, sé que también existen otras cosas: demonios, vampiros, espíritus y cosas por el estilo. En cuanto descubres que ese tipo de cosas circulan por el mundo, debes admitir la presencia de Dios. Es la única explicación posible para entender por qué el diablo aún no se ha hecho con el mundo y ha esclavizado a la raza humana. Dios hace que el diablo se mantenga oculto éntrelas sombras. -Se terminó la comida y guardó la cuchara.
– ¿El asno de Balaam? -Musitó Anna para sí, y entonces contuvo el aliento-. El asno de Balaam vio a un ángel. ¿Significa eso que tú también has visto uno?
Charles sonrió débilmente.
– Solo una vez, y no estaba interesado en mí… aunque sigue acompañándome. -De hecho, le había dado fuerzas en mitad de la noche-. Aunque Dios exista, eso no significa que no haya espíritus en estos bosques.
– ¿Rindes culto a los espíritus?
– ¿Por qué tendría que hacerlo? -No estaba loco ni era un estúpido, y un hombre tenía que ser una cosa o la otra para atreverse a propiciarlos-. Solo conseguiría que me dieran más trabajo, y mi padre se basta y se sobra para eso.
Anna frunció el ceño, de modo que decidió explicárselo mejor.
– De vez en cuando me ayudan en esto o aquello si se lo pido, pero la mayoría de las veces necesitan que yo les ayude a ellos. Y ya no hay tanta gente como antes que pueda oírlos, lo que significa que los pocos que podemos tenemos más trabajo. Mi padre me carga con el trabajo de tres personas. Si me dedicara a buscar espíritus, no tendría tiempo ni para atarme los zapatos. Samuel dedica mucho tiempo a reflexionar sobre el lugar que ocupan los espíritus en la Cristiandad, pero a mí no me preocupa tanto.
Pensó que iba a tener que recordarle que debía terminarse la comida, pero Anna se quedó mirando su sobre un instante y se metió en la boca otra cucharada.
– ¿Qué haces si te piden que hagas algo malo?
Charles negó con la cabeza.
– La mayor parte de los espíritus son más bien agradables o desagradables que buenos o malos. -Y como aún sentía aquella intensa necesidad de tomarle el pelo, añadió-: Salvo los espíritus que se alimentan de cerebros y que viven en estos bosques esperando que algún incauto excursionista acampe bajo estos árboles. No te preocupes, no dejaré que se acerquen a ti.
– Gilipollas -le dijo a su pollo agridulce, aunque no parecía molesta.
Un lobo aulló en algún lugar de la oscuridad que les rodeaba. Estaba muy lejos, un lobo salvaje, pensó. Veinte años atrás no había lobos en las montañas de Montana, pero durante la última década se había producido un flujo continuo desde Canadá. El sonido le hizo sonreír. Su padre temía que no hubiera espacio en el planeta para los depredadores, pero él imaginaba que si los humanos habían permitido a los lobos regresar al lugar que ya habían ocupado anteriormente, con el tiempo también podían habituarse a la presencia de los hombres lobo.
* * *
Walter encontró el cadáver, enfundado en ropa de caza naranja, apoyado en un árbol. Por su aspecto, había caído desde un grupo de rocas junto al que un sendero de caza serpenteaba por el margen de un acantilado no demasiado alto. Pese a tener una pierna rota, había conseguido arrastrarse unos cuantos metros. Probablemente había muerto de frío hacía unos días.
Aquel hombre debía de ser la razón por la que todos aquellos rastreadores habían estado recorriendo los bosques. Debía de haberse extraviado, ya que nadie con un poco de sentido común saldría a cazar por una zona tan alejada de la carretera más próxima sin algún animal de carga. Era un lugar tan apartado de la zona que estaban batiendo, que las posibilidades de que le encontraran estaban en algún punto intermedio entre pocas y ninguna. Cuando llegara la primavera quedaría poco que encontrar.
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