Heather continuaba en casa de su padre, durmiendo en la habitación contigua a la de su socio. Con ojos cansados y medio dormida, realizó varias llamadas, hizo alguna sugerencia y organizó las cosas hasta que Charles quedó satisfecho.
Aquello le dejaba tan solo a una persona a la que encontrar. Afortunadamente, descubrió que a las cinco y media de la mañana la mayor parte de la gente es fácil de localizar.
Asil soñó con una casa familiar: pequeña y bien construida, una casa pensada para un clima cálido con naranjos bien cuidados frente la puerta. Se detuvo junto al banco, en una posición donde la sombra del naranjo de mayor tamaño incidiría cuando el sol alcanzara su cénit. Mientras recorría con un dedo la tosca juntura entre dos piezas que formaban el respaldo del banco, deseó en vano disponer de algo de tiempo para arreglarla.
Pese a saber lo que iba a ocurrir a continuación, no pudo permanecer junto al banco, no cuando Sarai estaba en casa. No tenía ninguna fotografía suya, y ninguno de los retratos con que había intentado inmortalizarla le hacían justicia. Sus talentos artísticos eran bastante limitados. Solo podía verla en sueños.
Dio un paso adelante y ya estaba en la puerta principal. Mitad tienda, mitad cocina, la habitación tendría que haber sido utilitaria, pero Sarai había colgado cestas de plantas y había colocado baldosas con flores pintadas en el suelo, convirtiéndola en un lugar muy agradable. En la mesa de trabajo pegada al fondo de la habitación, su pareja trituraba con manos rápidas y competentes una rama de canela hasta convertirla en polvo.
Respiró hondo para saborear su aroma, realzado por la especia con la que trabajaba, como era habitual en ella. Su olor favorito era Sarai y vainilla, aunque Sarai y canela tampoco estaba nada mal.
Para él era muy hermosa, aunque sabía que otros no opinaban lo mismo. Tenía las manos callosas y fuertes, con unas uñas perfectamente recortadas. La corta falda de su vestido revelaba unos potentes músculos consecuencia tanto de su trabajo como de las carreras en forma de lobo por las colinas de las proximidades. Su nariz, de la que siempre se quejaba, era larga y fuerte, con un delicioso bultito en la punta.
Alargó el brazo pero no pudo tocarla.
– ¿Sarai?
Cuando ella no se dio la vuelta, comprendió que aquella noche tocaba pesadilla. Luchó por liberarse como lo hubiera hecho uno de sus primos salvajes con una pata atrapada en una trampa de hierro, pero no pudo soltar la pata ni abrir la trampa que lo mantenía allí clavado. De modo que tuvo que observar, impotente, cómo volvía a suceder.
Unas pezuñas rascaron los adoquines que él mismo había colocado en el exterior de la puerta para el barro alejado de la casa. Sarai chasqueó la lengua ligeramente contra el paladar para mostrar su enojo; siempre había odiado que la interrumpieran cuando mezclaba sus medicinas.
Aun así, dejó sobre la mesa el mortero y el majadero y se sacudió el delantal. Pese a estar irritada, sabía que jamás dejaría escapar a un cliente. Nunca debía rechazarse el dinero, sobre todo en aquellos tiempos. Y, para Sarai, un visitante no representaba ningún peligro.
Un soldado humano no era ninguna amenaza para una mujer que también era un licántropo, y la llegada al poder de Napoleón había interrumpido aquella otra guerra mucho más peligrosa. Las pocas familias con sangre de bruja que quedaban en Europa por fin habían dejado de aniquilarse entre ellas, obligadas a protegerse de los ataques de un combate mucho más mundano. No tenía razón para estar preocupada, y no pudo oír los frenéticos intentos de Asil por alertarla.
La puerta se abrió y durante un instante Asil vio lo mismo que Sarai.
La chica en el umbral de la puerta era delgada y de complexión frágil. Tenía el pelo oscuro, normalmente despeinado y rizado, pero en aquella ocasión recogido en un mono, aunque el estilo severo solo conseguía darle un aspecto más juvenil. Tenía dieciséis años. Como Sarai, tenía el pelo y los ojos oscuros, pero al contrario que su madre adoptiva, sus facciones eran refinadas y aristocráticas.
– Mariposa, [2]cariño -exclamó Sarai-. ¿Qué haces cabalgando sola tan lejos de casa? ¡Hay soldados por todas partes! Si querías venir a verme, habérmelo dicho y habría enviado a Hussan para que te acompañase.
Hacía más de doscientos años que nadie le llamaba de aquel modo, y el mero sonido de aquel nombre le provocó una punzada en el corazón.
La boca de Mariposa se tensó ligeramente.
– No quería molestarte. Sé cuidar de mí misma.
Incluso en sueños, Asil se dio cuenta de que la voz sonaba extraña, muy distinta de lo habitual: fría. Su Mariposa, su pequeña mariposa, era una niña muy emotiva que pasaba de la ira al resentimiento y de este a la alegría en un abrir y cerrar de ojos.
Sarai le frunció el ceño.
– Nadie está lo suficientemente a salvo. No en estos tiempos. -Pero incluso mientras la regañaba, acogió entre sus brazos a la niña que había criado como si fuera suya-. Has crecido, pequeña. Deja que te mire. -Dio dos pasos atrás y meneó la cabeza-. No tienes buen aspecto. ¿Te encuentras bien? Linnea me prometió que se ocuparía de ti… pero vivimos tiempos oscuros.
– Estoy bien, Sarai -le dijo Mariposa, pero a la voz de la niña le ocurría algo, sonaba monótona y segura. Estaba mintiendo.
Sarai volvió a fruncir el ceño y se llevó las manos a las calleras.
– Sabes perfectamente que no puedes mentirme. ¿Alguien te ha hecho daño?
– No -respondió Mariposa en voz baja.
Asil sintió cómo su poder la rodeaba, un poder muy distinto a cómo había sido cuando la enviaran por primera vez con los de su especie para que la adiestraran. Su magia era por entonces salvaje y fresca, pero aquel poder era tan oscuro y frío como su voz.
Sonrió, y durante un minuto Asil pudo ver a la niña que había sido una vez en lugar de a la bruja en la que se había convertido.
– He aprendido mucho de Linnea. Me enseñó el modo de asegurarme de que nadie vuelva a hacerme daño. Pero necesito tu ayuda.
El timbre de la puerta despertó a Asil antes de tener que presenciar de nuevo la muerte de Sarai. Estaba tumbado en su cama, oliendo el sudor producto del miedo y la desesperación. Su propio sudor.
* * *
Charles se acomodó en el columpio del viejo lobo e intentó disfrutar de la concepción nativa del tiempo. Era un truco que nunca había conseguido dominar del todo; su abuelo siempre le había dicho que el espíritu de su padre era demasiado intenso en él.
Sabía que Asil había oído el timbre por el sonido de la ducha, y no esperaba que Asil tuviera la cortesía de atenderle rápidamente, en especial cuando su visita se producía a una hora tan intempestiva de la mañana. Él y Anna saldrían bastante tarde, aunque de todos modos su presa no era precisamente una pieza que se pescara al amanecer. Y aquello era mucho más importante para él que capturar a un lobo solitario, incluso uno que mataba a gente.
Tras hablar con Heather en casa de Bran, estuvo tentado de volver a su casa en lugar de acudir a la de Asil. El olor de su madrastra fue lo único que le impidió llamar a la puerta del dormitorio de Bran. Aquella mañana, Charles no se sentía con ganas de bailar al son que con toda probabilidad marcaría Leah. Cuando le sacara de sus casillas (cosa que ocurriría), su padre intervendría: nadie, ni siquiera sus hijos, podían mostrarse irrespetuosos con la pareja del Marrok. Y, por tanto, habrían acabado discutiendo.
De modo que recurrió a la única persona aparte de su padre que podía comprender lo que había ocurrido, que sabría por qué el vínculo entre él y Anna no era completo: Asil, cuya pareja había sido una Omega. Asil, quien sentía tanta animadversión por él como Leah, aunque por distintos motivos.
Читать дальше