Hasta aquel momento no se había dado cuenta de lo mucho que deseaba recuperar su humanidad. Sabía que era imposible, que nada podía deshacer la magia que había provocado la Transformación contra su voluntad. Pero eso no significaba que lo quisiera.
Durante tres años había vivido entre monstruos, había sido uno de ellos. Entonces apareció Charles, tan distinto a todos, y ella había puesto todas sus esperanzas en él.
Pero no era justo. No era culpa suya que una parte de ella hubiese decidido que no solo estaba dejando atrás su manada, sino también los monstruos.
Charles nunca le había mentido. Le había contado que era la mano ejecutora de su padre, y ella no lo había puesto en duda. Le había visto pelear y matar. Y a pesar de eso, de algún modo había conseguido convencerse a sí misma que en Montana las cosas serían distintas. Que podría ser normal, humana, todos los días salvo durante la luna llena, y que incluso eso sería distinto allí, donde podría huir sin hacer daño a nadie.
Tendría que haberse dado cuenta de que no sería así. Era una mujer inteligente.
Charles tampoco tenía la culpa de ser un monstruo.
Bajo los efectos de la plata, era comprensible la destrucción que había provocado en la celda de seguridad de la manada de Chicago. Pero aquella noche, al enfrentarse a Asil, le había demostrado que no era muy distinto a los otros machos de su especie: airado, posesivo y peligroso.
Anna se había dejado engañar al pensar que solo era un problema de la manada de Chicago. Que la destrucción que Leo y su pareja habían provocado era la causa de la terrible situación en que se encontraba la manada.
Había anhelado un caballero enfundado en una brillante armadura. La voz de la razón en mitad de la locura, y Charles se la había proporcionado. ¿Sabía él que era eso lo que había estado deseando? ¿Lo había hecho deliberadamente?
Mientras el agua enmarañaba su pelo y corría por sus ojos y mejillas como si fuesen lágrimas, la última pregunta aclaró su miedo más profundo: por supuesto que Charles no había pretendido ser su caballero de forma deliberada, simplemente él era así.
Era un hombre lobo lo suficientemente dominante como para controlar al Alfa de una manada sin los recursos típicos de un Alfa. Era el ejecutor de su padre, un asesino temido incluso por los otros miembros de su manada. Podría haber sido como Justin: cruel y despiadado.
Pero, en lugar de eso, conocía la locura propia de su naturaleza y era capaz no solo de controlarla sino de utilizarla en aras de algo mejor. A su mente acudió la repentina imagen de Charles disponiendo las flores mientras su lobo anhelaba la peor de las violencias.
Charles era un monstruo. El asesino de su padre. No se permitiría a sí misma volver a creer en una mentira. Si Bran se lo hubiese ordenado, habría matado a Jack, pese a saber que el humano era solo una víctima, que probablemente era un buen hombre. Pero no hubiera sido casual. Ella había sido su bálsamo cuando Bran descubrió una alternativa a la muerte del humano.
Su pareja era un asesino, aunque no le gustaba serlo. Observando las cosas más detenidamente, se sintió bastante impresionada por la forma en que Charles había conseguido comportarse tan civilizadamente y continuar cumpliendo con lo que se esperaba de él.
El agua empezó a enfriarse.
Anna se enjabonó el pelo, recreándose en la rapidez con que este se enjuagaba: en Chicago el agua era mucho más blanda. Se puso un acondicionador que olía a hierbas y menta y reconoció en él el olor que desprendía el cabello de Charles. Por entonces el agua ya estaba desagradablemente fría.
Dedicó un buen rato a cepillarse el pelo para desenmarañarlo mientras se concentraba en no sentir nada. Aquello se le daba bien; lo había perfeccionado durante los últimos tres años. Cuando se enfrentara de nuevo a él, no quería volver a comportarse como una imbécil llorica y asustada de sus sentimientos. Había de controlar sus miedos.
Conocía un modo de conseguirlo. Pese a ser un engaño, se permitió hacerlo, aunque solo fuera aquella noche, porque se había comportado como una idiota al ocultarse en el lavabo.
Se quedó mirando fijamente su reflejo y vio cómo sus ojos marrones palidecían hasta el azul plateado y volvían de nuevo al marrón. Con aquello era suficiente. Sintió cómo la envolvía la fuerza y la audacia del lobo, proporcionándole calma y aceptación. Pasara lo que pasase, sobreviviría. Ya lo había hecho antes.
Si Charles era un monstruo, lo era más por necesidad que por elección.
Se vistió con la camisa amarilla y los pantalones téjanos y abrió lentamente la puerta del cuarto de baño.
Charles, todavía con los ojos dorados, estaba apoyado en la pared frente al lavabo. Aparte de los ojos, era la personificación de la relajación, aunque Anna sabía que los ojos eran la clave.
Ella misma había comprobado los suyos en el espejo antes de abrir la puerta.
– He llegado a la conclusión de que debes saber quién es Asil -le dijo como si no se hubiera producido una pausa en la conversación.
– Muy bien.
Anna se quedó en el umbral, con el cuarto de baño cálido y saturado de vapor a su espalda.
Charles habló lentamente y con claridad, como si cada palabra le costara un gran esfuerzo.
– Asil no es su verdadero nombre, aunque casi todo el mundo le llama así. También le llaman el Moro.
Anna se puso tensa. Aunque sabía muy poco sobre los de su propia especie, había oído hablar del Moro. Un lobo con el que era mejor no relacionarse.
Charles percibió su reacción y entornó los ojos.
– Si existe un lobo en este mundo más viejo que mi padre, ese es Asil.
Anna se dio cuenta de que esperaba un comentario, de modo que le preguntó:
– ¿No sabes cuántos años tiene?
– Sí lo sé. Asil nació poco antes que Carlos Martel, el abuelo de Carlomagno, derrotado por los moros en la batalla de Tours.
La expresión de Anna le obligó a precisar:
– Siglo VIII d.C.
– Eso significa que…
– … tiene unos mil trescientos años.
Anna también se apoyó en la pared. Había percibido el peso de los años en Asil, pero jamás hubiera imaginado que fueran tantos.
– De modo que de quien no estás seguro es de tu padre, ¿no? -Mil trescientos eran muchos años.
Charles se encogió de hombros. Quedaba claro que aquella repuesta no era muy importante para él.
– Papá es muy viejo. -Y apartó sus ojos ambarinos de ella-. Asil llegó aquí hace unos años, catorce o quince, para pedirle a mi padre que le matara. Se quedó a vivir con la promesa de la muerte en cuanto mi padre decidiera que estaba realmente loco.
Charles sonrió fugazmente.
– Asil acepta a mi padre como su Alfa. Sin embargo, le resulta difícil que yo sea más dominante que él. Por eso creo que papá es mayor que él; mi juventud relativa es como una espina clavada en su pezuña.
Anna reflexionó sobre aquello.
– ¿No os ha contado nada de su Alfa en Europa? No recuerdo ninguna mención sobre su Alfa en todas las historias que circulan sobre él. -Existían miles de historias sobre el Moro. Prácticamente era un héroe popular -o un villano- entre los lobos.
– No es fácil ser un Alfa -dijo Charles-. Conlleva mucha responsabilidad, mucho trabajo. Algunos de los lobos más viejos son muy buenos ocultando su naturaleza. Esa es una de las razones por las que a los Alfas no les gusta que los viejos lobos se establezcan en su manada. Asil es muy dominante. -Volvió a sonreír, aunque aquella vez fue más bien una exhibición de dientes-. Llevaba aquí un par de meses cuando me interpuse entre él y uno de nuestros residentes humanos. No se sorprendió al descubrir que era más dominante que él.
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