Patricia Briggs - Cry Wolf

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Nunca tuve miedo de los monstruos, hasta que me convertí en uno. Ahora tengo miedo hasta de mi sombra.
Anna desconocía la existencia de licántropos, vampiros u otras criaturas hasta que ella misma se convirtió en una. Tras sobrevivir a un brutal ataque, Anna descubre que se ha transformado en una mujer lobo. Durante tres años se ve obligada a soportar los continuos abusos a que es sometida por los miembros de su manada y a subsistir como una loba sumisa, el último escalafón de la jerarquía de los licántropos. Sin embargo, gracias a la intervención de uno de los Alfa más poderosos del país, Anna descubrirá que en realidad es una Omega, lo que la convierte en uno de los seres más extraños del grupo. El Alfa no tardará en reclamarla como suya… en todos los sentidos.

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Charles, cansado de juegos, se limitó a suspirar.

– Existe una diferencia entre ser sumiso y Omega. Puedo sentirla, pero no sé lo que significa. En lugar de aceptar las órdenes de todo el mundo, no siguen las de nadie. Eso lo entiendo.

– Un Omega tiene todos los instintos de protección de un Alfa pero no las tendencias violentas -dijo Asil, molesto por tener que retomar aquella conversación-. Tu Anna va a resultarte muy útil. Se asegurará de que toda la manada sea feliz y los protegerá de cualquier cosa que amenace con hacerles daño.

Eso era. Casi podía atar los cabos sueltos. El lobo de Anna no era violento… únicamente fuerte y protector. ¿Cómo habían afectado a su lobo los ajustes que se había visto obligada a realizar al convertirse en mujer lobo? ¿Y los abusos sistemáticos?

Pensando en voz alta, Charles dijo:

– El dolor hace que el dominante sea más violento, todo lo contrario de lo que les ocurre a los sumisos. ¿Qué le ocurre a un Omega cuando es torturado?

Si hubiera estado pensando en Asil en lugar de en Anna, jamás lo habría expresado de aquel modo.

El semblante del Moro palideció y su olor corporal fluctuó descontroladamente. Se puso en pie de repente, tirando al suelo la silla y lanzando la mesa contra la pared del fondo de la sala, donde dejó de dar vueltas tras chocar violentamente contra esta.

Charles se levantó lentamente y dejó la taza de té en la estantería más próxima.

– Lo siento, Asil. No pretendía hacerte recordar cosas que es mejor olvidar.

Asil permaneció inmóvil durante unos instantes, al borde de un ataque, y entonces todos sus músculos se relajaron. Parecía tener hasta el alma cansada. Salió de la habitación sin decir una palabra.

Charles lavó su taza y la puso a secar en el fregadero. Normalmente no era tan descuidado. La pareja de Asil había sido torturada hasta la muerte por una bruja que utilizó su dolor y su muerte para aumentar su poder. Por mucho que encontrara a Asil irritante especialmente tras su último y más eficaz método de tortura: Anna, jamás habría utilizado deliberadamente la muerte de su pareja para martirizarlo. Sin embargo, tampoco conseguiría nada con otra disculpa.

Murmuró una plegaria que protegiera a la casa, como el hermano de su madre le había enseñado, y se marchó.

* * *

Anna agradecía que aquella vez fuera Charles quien condujera. Las carreteras heladas no parecían preocupar demasiado a Charles, pese a haber patinado lo suficiente como para que Anna mantuviera agarrada firmemente la abrazadera que había sobre la ventanilla.

Aquella mañana no le había dicho muchas cosas cuando regresó a casa tras hablar con el guarda forestal. Sus ojos parecían distantes, como si el hombre atento y bromista que había logrado despertar hubiera desaparecido.

Era culpa suya.

No esperaba sentir aquello cuando obligó a su lobo a retirarse mientras se daba una ducha. Los dos necesitaban un descanso tras haber mantenido un equilibrio perfecto, y Anna confiaba en que el lobo se llevara consigo aquel deseo que le retorcía las entrañas. Anna nunca había sentido algo semejante por ningún hombre. Y le resultaba embarazoso e inquietante al mismo tiempo.

Pese a la larga ducha, aquella sensación no desapareció. Puede que se hubiera encontrado mejor de no haber sido por el buen humor exhibido por él aquella mañana… aunque no estaba segura. Sentir tan intensamente te hacía muy vulnerable, y tenía miedo de que su rostro la delatara.

Cuando tuvo que salir de la ducha, se había esforzado tanto para que él no percibiera la intensidad de sus sentimientos que no se dio cuenta de cómo su extraña timidez… su miedo… le afectaban a él. Charles había llegado a sus propias conclusiones; todas equivocadas, se temía.

Observó su semblante compungido. No sabía cómo solucionarlo. El movimiento del vehículo acercó su rostro a la ropa prestada que llevaba puesta. Levantó el brazo, olió la manga de la camisa y arrugó la nariz.

Anna tuvo la sensación de que Charles no había apartado los ojos de la carretera, pero de todos modos le oyó decir:

– No apestas.

– Es extraño oler a humano -le dijo ella-. No piensas mucho en tu olor hasta que se produce algún cambio.

Antes de marcharse, Charles había cogido la ropa que Tag trajera el día anterior y le había hecho vestirse con una sucia camiseta y una sudadera igualmente sucia. Entonces le había recorrido el cuerpo con sus manos de un modo algo impersonal, recitando una letanía en una lengua desconocida para ella, a un tiempo nasal y musical. Cuando terminó, Anna olía como la mujer humana a la que pertenecía aquella ropa, y él como un humano.

Charles le había dicho que sabía algo de magia, un don que había heredado de su madre. Se preguntó qué otras cosas podría hacer, aunque le pareció descortés preguntárselo directamente. Nunca había estado con alguien que pudiera practicar magia, y aquello la hizo sentirse un poco más intimidada. En la manada de Chicago circulaban historias sobre gente con poderes mágicos, pero nunca les había prestado mucha atención: ya tenía suficientes problemas intentando ser una mujer lobo.

Anna extendió los dedos sobre el muslo y los estiró.

– Deja de preocuparte -le dijo Charles con una voz dulce pero sin la inflexión que solía utilizar con ella, como si se dirigiera a alguien que acabara de recoger en la carretera.

Aquella mañana, cuando dejó de hablarle, se había dado cuenta de que lo había estado haciendo de un modo distinto.

Las montañas cubiertas de nieve, más altas que la Torre Sears, se erigían a ambos lados de la carretera, tan frías y sólidas como el hombre a su lado. Se preguntó si aquel sería su semblante habitual cuando trabajaba. Tal vez se aislaba del mundo para poder matar a alguien que no conocía de nada en aras de la seguridad de la manada. Tal vez no fuera culpa suya.-

* * *

Anna estaba incómoda y asustada. Y se esforzaba por ocultarlo. Asil le había dicho que lodo el mundo le tenía miedo. Deseó saber qué podía decirle para solucionarlo. Para, solucionar algo, lo que fuera.

Desde que se marchara de casa de Asil le había estado dando vueltas al asunto. O mejor dicho, asuntos, aunque empezaba a creer que eran simplemente dos aspectos de la misma cuestión. El primero era el miedo que le había provocado aquella mañana, o quizá miedo por el placer que habían experimentado ambos la noche anterior. Tenía la suficiente experiencia para saber que ella se lo había pasado muy bien. No pareció preocuparle hasta que se metió en la ducha. Dado que su casa no estaba poblada de monstruos (aparte de él), estaba bastante seguro de que algo en Anna tenía que haber cambiado.

Una de las señales en las que solían fijarse cuando vigilaban a un nuevo hombre lobo eran los cambios súbitos de personalidad o de humor sin motivo aparente, un indicio de que la bestia empezaba a controlar al humano. Si no hiciera tres años que Anna era una mujer lobo, y además una Omega, Charles habría pensado que la bestia se estaba haciendo con el control.

Aunque también podía estar ocurriendo todo lo contrario. Según Asil, los Omegas tienen el mismo instinto de protección que los Alfas. ¿Podía ser que su lobo la hubiera dominado durante la última noche?

Su padre enseñaba a los nuevos lobos que la bestia formaba parte de ellos, que no era más que una serie de necesidades que debían ser satisfechas. Aquello parecía ayudar a la mayoría de ellos durante la transición. Asustarles diciéndoles que tenían a un monstruo viviendo en sus cabezas evidentemente no les ayudaría a hacerse con el control necesario que les permitiera seguir interactuando con el vasto mundo.

Se trataba de una ficción valiosa que, tal y como lo veía Charles, en ocasiones podía llegar a ser cierta. Su padre, por ejemplo, parecía armonizar ambas naturalezas sin problema. Sin embargo, la mayoría de los lobos que sobrevivían, con el tiempo acababan por considerar al lobo como una entidad separada.

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