Via Vittorio Veneto tenía aire de estar dedicada a los negocios más que a los turistas. Los árboles que la flanqueaban tenían un aspecto mustio. Soprendentemente, el hotel no era un edificio alto. Tampoco tenía una entrada lujosa. Jack le pagó al conductor y entró junto al valet que le llevaba las maletas. El interior estaba completamente enmaderado, y el personal era todo lo amable que podía ser. Tal vez se tratara de un deporte olímpico en el que todos los europeos buscaran destacarse, pero, como sea, alguien lo condujo hasta su habitación. Había aire acondicionado, y el aire fresco de la suite era realmente agradable.
"Disculpe ¿cómo se llama usted?", le preguntó al botones.
"Stefano", respondió el hombre.
"Sabe si aquí se aloja un señor Hawkins, Nigel Hawkins?"
"¿El inglés? Sí, está a tres puertas de aquí, sobre este mismo pasillo. ¿Es amigo suyo?"
"No, de mi hermano. Por favor, no le diga nada. Quiero darle una sorpresa", sugirió Jack entregándole un billete de veinte euros al botones.
"Por supuesto, signore".
"Muy bien. Gracias".
"Prego", respondio Stefano, y regresó a la recepción.
Jack se dijo que lo que acababa de hacer seguramente iba contra todas las reglas operativas, pero ya que no tenían una foto del pájaro, tenían que lograr hacerse una idea del aspecto que tenía.
"Tiene una llamada", comenzó a decir en voz baja el teléfono de Brian, repitiendo la advertencia tres veces, hasta que su propietario lo extrajo del bolsillo de su chaqueta.
"Hola". Se preguntó quién sería el que llamaba.
"Aldo, soy Jack. Estoy en el hotel, en el Excelsior. ¿Quieren que trate de reservarles una habitación aquí? Es muy bueno. Creo que les gustará".
"Espera". Puso el teléfono en su regazo. "No me vas a creer dónde se alojó Junior".
"Estás bromeando", respondió Dominic.
"No. Quiere saber si nos reserva una habitación. ¿Qué le digo?"
"Humm, Una rápida reflexión. "Bueno, es nuestro apoyo de inteligencia, ¿no?"
"Me suena un poco demasiado obvio, pero si tú lo dices volvió a tomar el teléfono. "Jack, afirmativo, compañero".
"Muy bien. De acuerdo, me encargo. A no ser que yo les telefonee para decirles que no lo hagan, los espero aquí.
"Entendido, Jack. Nos vemos".
"Adiós", oyó Brian antes de cortar la comunicación. "Sabes, Enzo, no estoy muy seguro de que ésta sea una idea inteligente".
"Está ahí. Está sobre el terreno y tiene ojos. Siempre podemos retroceder si tenemos que hacerlo".
"Bien, entonces. El mapa dice que en unas cinco millas llegaremos a un túnel". El reloj del tablero marcaba las 4:05. Iban a un buen promedio, pero se dirigían directamente hacia una montaña que se alzaba inmediatamente a continuación de la ciudad o pueblo de Badgastein. Para pasarla necesitaban o un túnel o un gran equipo de cabras.
Jack encendió su computadora. Tardó diez minutos en comprender cómo conectarse por teléfono, pero finalmente lo logró, y cuando lo hizo, se encontró con que su casilla de correo electrónico rebosaba de bits y bytes dirigidos a él. Había una felicitación de Granger por la misión completada en Viena, aunque él nada había tenido que ver con eso. Pero a continuación venía una evaluación de Bell y Wills sobre SóMoHa. Era casi toda decepcionante. Cincuenta y seis era un agente de operaciones enemigo. Hacía cosas o las planeaba, y una de las cosas que probablemente había hecho o planificado había resultado en que muchos fueran asesinados en cuatro centros de compras allá en casa, de modo que al hijo de puta había que organizarle un encuentro con Dios. No especificaba cuál había sido su papel, cómo había sido entrenado, cuán capaz era ni si iba armado o no, información con la cual le habría gustado contar, pero tras leer los mensajes descifrados, volvió a encriptarlos y los guardó en carpeta ACCION para repasarlos con Brian y Dom.
El túnel parecía algo sacado de un juego de video. Seguía hasta el infinito, pero al menos no estaba colmado de automóviles en llamas, como había ocurrido pocos años atrás en el túnel del Mont Blanc que une Francia con Suiza. Tras un lapso que pareció eterno, salieron del otro lado. A partir de ahí, todo parecía ir cuesta abajo.
"Estación de servicio en breve", informó Brian. Y efectivamente, media milla después, vieron un signo de ELF, donde detendrían el Porsche para cargar combustible.
"Por fin. Me vendría bien estirarme y mear". La estación de servicio era muy limpia comparada con las de los Estados Unidos, y las comidas eran distintas, sin los Burger King o Roy Rogers que uno se encontraba en Virginia -como sea, las cañerías del baño de hombres estaban in ordnung- y la gasolina se vendía por litro, lo cual disfrazaba el precio hasta que Dominic hizo cálculos mentales: "Al diablo, lo que cobran por el combustible!"
"Paga la empresa, amigo", dijo Brian consoladoramente, arrojándole un paquete de bizcochos. "Vamos, Enzo. Italia nos espera".
"De acuerdo". El motor de seis cilindros despertó con un ronroneo, y regresaron a la ruta.
"Es bueno estirar las piernas", observó Dominic, acelerando el motor.
"Sí, viene bien", asintió Brian. "Faltan cuatrocientas cincuenta millas, según mis cálculos".
"Un paseo. Digamos que seis horas si el tránsito ayuda". Se ajustó los anteojos de sol y sacudió los hombros. "Alojarse en el mismo lugar que el objetivo, qué idea".
"Estuve pensándolo. No sabe de nuestra existencia, tal vez ni siquiera sabe que está siendo vigilado. Piénsalo: dos ataques cardíacos, uno frente a un testigo; y un accidente de tránsito, también frente a un testigo que él conoce. Es muy mala suerte, pero nada sugiere abiertamente que se trate de acciones hostiles, ¿no?"
"Si yo fuera él, estaría un poco nervioso", pensó Dominic en voz alta.
"Como él es él, creo que probablemente ya lo está. Si nos ve en el hotel, para él no seremos más que dos caras de infieles, hombre. A no ser que también nos vea en otro sitio, seguimos ocultos, no nos destacamos. No hay reglas que digan que debe ser difícil hacerlo".
"Espero que no te equivoques, Aldo. Como susto, lo ocurrido en el centro comercial me basta por ahora".
"Lo mismo digo, hermanito". Ésta no era la región más alta de los Alpes. Eso estaba hacia el norte y el oeste, pero el trayecto que seguían también habría sido duro para las piernas de haber tenido que hacerla a pie, como lo hacían las legiones romanas, las cuales considerarían que los pavimentados caminos del imperio eran una bendición. Probablemente fueran mejores que ir por el barro, en particular si se tomaba en cuenta que cargaban una mochila que pesaba prácticamente lo mismo que la que sus infantes de marina cargaban en Mganistán. En su época, las legiones eran duras, probablemente no muy diferentes de los tipos que hoy hacían el mismo trabajo vestidos de uniforme camuflado. Pero en ese entonces, tenían una forma más directa de lidiar con el enemigo. Mataban a sus familias, amigos, vecinos y hasta perros, y, aún más importante, se sabía que actuarían así. No era precisamente lo más práctico para hacer en la era de la CNN y, la verdad sea dicha, habrían sido poquísimos los infantes de marina que habrían tolerado participar en una carnicería generalizada. Pescarlos de a uno era otra cosa, mientras se tuviese la certeza de no estar matando civiles inocentes. Eso era para el otro bando. Era una pena que no saliesen al campo de batalla a pelear como hombres, pero además de ser crueles, los terroristas eran prácticos. No tiene sentido comprometerse en un combate en que no sólo se tiene la certeza de perder, sino de ser masacrados como ovejas en un corral. Pero si fueran hombres de veras, reunirían fuerzas y las entrenarían y equiparían antes de lanzarlas a la acción, en lugar de escurrirse como ratas que muerden bebés en sus cunas. Hasta la guerra tenía reglas, que habían sido fijadas porque había cosas peores que la guerra, cosas que estaban estrictamente prohibidas para quienes vestían uniforme. No se lastimaba deliberadamente a los no combatientes, y se procuraba no hacerlo accidentalmente. Los infantes de marina estaban invirtiendo mucho tiempo, dinero y esfuerzos en aprender combate urbano y lo más difícil era evitar a los civiles, mujeres con niños en carritos -aun sabiendo que algunas de esas mujeres tenían armas escondidas junto a su hijito y que les encantaría ver la espalda de un infante de marina de los Estados Unidos, digamos que a dos o tres metros de distancia, como para asegurarse de alcanzado con un disparo. Jugar siguiendo las reglas tenía limitaciones. Pero para Brian, ésa era cosa del pasado. No, él y su hermano jugaban el juego con las reglas del enemigo, y mientras el enemigo no lo supiera, llevarían las de ganar. ¿Cuántas vidas habrían salvado al eliminar a un banquero, un reclutador y un correo? El problema era que no había forma de saberlo. Era una teoría de lo complejo aplicada a la vida real y era imposible conocer resultados a priori. Tampoco podían saber cuánto bien hacían y qué vidas estarían salvando cuando eliminaran a este hijo de puta de SóMoHa. Pero no poder cuantificarlo no significaba que no fuera real, como ese asesino de niños que su hermano había despachado en Alabama. Estaban haciendo el trabajo del Señor, aun si el Señor no era contador.
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