Tom Clancy - Los dientes del tigre

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"Si le vas a patear el trasero al tigre, más vale que tengas un plan para enfrentarte a sus dientes."
Tom Clancy. Durante la era del terrorismo global, donde cualquiera puede acceder tanto a un fusil Kalashnikov como a algunas fatales nociones de química, o simplemente está dispuesto a morir por una "causa justa", las antiguas reglas ya no corren.
Por más organizaciones gubernamentales creadas ad hoc, las únicas efectivas son las rápidas y ágiles, libres de supervisión y restricciones y fuera del sistema.
En un anónimo edificio suburbano, una empresa invierte con éxito en acciones, bonos y divisas pero, tras la fachada financiera, de lo que se ocupa en realidad es de identificar y localizar amenazas terroristas para eliminarlas del modo que sea.
Instalado con la venia del presidente norteamericano, "el Campus" recluta a tres nuevos talentos: el agente del FBI Dominic Caruso, su hermano Brian, combatiente en Afganistán, y Jack Ryan Jr., que ha crecido rodeado de intrigas mientras su padre llegaba a la Casa Blanca.
La frenética trama de Los dientes del tigre obligará a Jack a deshacerse de sus conocimientos sobre espionaje y operaciones de inteligencia para enfrentarse a un mundo que se ha vuelto mucho más peligroso, poblado por fanáticos islámicos y narcotraficantes colombianos.
El genio de Tom Clancy para las historias amplias y absorbentes lo ha convertido en uno de los narradores más destacados de la actualidad. Su nueva novela supera las marcas anteriores.

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RISTORANTE GIOVANNI, PIAZZA SPAGNA, replicó: 13:30. SÉ CUIDADOSO CON TU RUTINA. Con lo cual quería decir que empleara medidas de contravigilancia. No había una razón concreta para sospechar que había una jugada sucia detrás del fallecimiento de tres agentes de campo, pero no había llegado a los treinta y un años de edad en la profesión de inteligencia siendo estúpido. Se consideraba capaz de distinguir lo inofensivo de lo peligroso. Seis semanas atrás, había atrapado a David Greengold porque el judío no había percibido el truco de la "falsa bandera" ni siquiera cuando éste lo mordió en el culo -bueno, en la nuca, pensó Mohamed recordando el momento con una leve sonrisa. Tal vez debiera comenzar a llevar otra vez la navaja, sólo para que le trajera buena suerte. Muchos de los que se dedicaban a ese oficio creían en la suerte, como ocurre entre deportistas o atletas. Tal vez el Emir tenía razón. Matar al oficial del Mossad había sido un riesgo gratuito e innecesario, pues implicaba la posibilidad de atraerse enemigos. La organización ya tenía demasiados, aunque los enemigos no supieran quién y qué era la organización. Era mejor que para los infieles sólo fueran una sombra… una sombra en una habitación oscura, invisible y desconocida. Sus colegas odiaban al Mossad -pero lo odiaban porque lo temían. Los judíos eran formidables. Eran crueles e inagotablemente astutos. Y nadie podía saber cuánto sabían, con qué traidores árabes comprados con dinero estadounidense para objetivos judíos contaban. No había ni indicios de traición en la organización, pero recordó las palabras de Yuriy, el oficial ruso de la KGB: sólo te puede traicionar aquel en quien confías. Probablemente había sido un error matar tan rápido al ruso. Era un experimentado oficial de campo que había operado en los Estados Unidos y en Europa durante la mayor parte de su carrera y probablemente su repertorio de historias, cada una de las cuales era una lección a aprender, había sido inagotable. Mohamed recordaba haber hablado con él y quedar impresionado por la amplitud de su experiencia y su juicio. Era bueno tener instinto, pero el instinto a veces era idéntico a la enfermedad mental en su flagrante paranoia. Yuriy les había explicado en considerable detalle cómo juzgar a las personas, y cómo distinguir a un profesional de un civil inofensivo. Podría haberles contado muchas más cosas, de no haber sido por la bala de 9 milímetros que recibió en la nuca. Eso también había sido una violación de las estrictas y admirables leyes de hospitalidad del profeta. Quien come de tu sal aunque sea un infiel, estará a salvo en tu casa. Bueno, quien vióló esa regla fue el Emir, arguyendo poco convincentemente que, dado que se trataba de un ateo, estaba fuera de la ley.

Pero de todas formas había aprendido algunas lecciones. Todos sus mensajes de correo electrónico estaban encriptados con el mejor programa disponible, ingresados de a uno en su propia computadora y, por lo tanto, imposibles de leer para nadie que no fuera él mismo. De modo que sus comunicaciones eran seguras. Apenas si parecía árabe. No tenía acento árabe. En todos los hoteles donde se alojaba sabían que bebía alcohol y en lugares como ésos sabían que los musulmanes no beben. De modo que debía estar completamente a salvo. Bueno, sí, el Mossad debía saber que alguien parecido a él había matado a ese cerdo de Greengold, pero no creía que le hubieran tomado una foto, y a no ser que lo hubiera traicionado el hombre a quien le pagó para que engañara al judío, no tenían ni idea de quién era ni dónde estaba él. Yuriy le había advertido que uno no puede saber todo siempre, pero también era cierto que mostrarse demasiado paranoico podía poner sobre alerta a alguien que lo vigilase por casualidad acerca de quién era él, porque había trucos que sólo emplearía un oficial de inteligencia profesional -y si se lo observaba con la suficiente atención, se notaban. Era como una gran rueda que siempre girara y siempre regresara al mismo punto, que nunca se quedaba quieta, pero que tampoco se desviaba de su camino. Una gran rueda… y él sólo era un engranaje, e ignoraba si su función era ayudada a que fuera más rápido o demorada.

"Ah". Descartó esa reflexión. Él era más que un engranaje. Era uno de los motores. Tal vez no un motor grande, pero sí importante, porque si bien la gran rueda podía continuar moviéndose sin él, nunca se movería tan rápido y con tanta seguridad como ahora. Y, Dios mediante, la mantendría en movimiento hasta que aplastase a sus enemigos, los enemigos del Emir y los enemigos de Alá Mismo.

De modo que despachó su mensaje a GadflyO97 y pidió que le trajeran café.

Rick Bell había dispuesto que hubiera equipos en las computadoras durante las veinticuatro horas. Era extraño que el Campus no lo hubiera hecho desde el primer día, pero ahora lo hacía. El Campus aprendía sobre la marcha, como les ocurría a todos los demás en ambos bandos. En ese momento, era el turno de Tony Wills, quien se había hecho cargo de la tarea para aprovechar la diferencia de seis horas entre Europa central y la costa este de los Estados Unidos. Era un buen operador de computadoras, y descargó el mensaje de 56 a 097 cinco minutos después de que hubiera sido enviado y se lo reenvió de inmediato a Jack.

Ello requirió menos segundos de lo que toma pensarlo. Bien, conocían a su objetivo y sabían donde estaría, y con eso alcanzaba. Jack descolgó el teléfono.

"Estás despierto", oyó Brian.

"Ahora sí, gruñó en respuesta. "Qué ocurre?"

"Ven a tomar un café. Trae a Dominic".

"A la orden, señor". Cortó la comunicación.

"Fspero que tengas un buen motivo", dijo Dominic. Sus ojos parecían el agujero que hace una meada en la nieve.

"Si quieres remontarte con las águilas por la mañana, no puedes revolcarte con los cerdos por la noche, compadre. Tranquilo. Ya viene el café".

"Gracias. ¿Qué ocurre?"

Jack fue a su computadora y señaló el monitor. Ambos se inclinaron a leer.

"¿Quién es ése?", preguntó Dominic, refiriéndose a GadflyD97.

"También él llegó de Viena ayer".

¿Sería el que estaba al otro lado de la calle?, se preguntó Brian y luego: ¿Me vio la cara?

"Bien, creo que podemos asistir a la cita", dijo Brian mirando a Dominic, quien le respondió alzando el pulgar.

El café llegó a los pocos minutos. Jack sirvió, pero a todos les pareció arenoso, de estilo turco, aunque mucho peor que el que bebían los turcos. Aun así, era mejor que no beber café. No adrede hablaban. Conocían lo suficiente del oficio como para no hablar en una habitación que no había sido registrada en busca de micrófonos ocultos, para lo cual ni tenían los equipos necesarios y de haberlos tenido no habrían sabido cómo usarlos.

Jack bebió su café a toda prisa y se metió en la ducha. Allí había un cordón rojo, evidentemente para tirar de él si uno sufría un ataque cardíaco, pero se sentía razonablemente bien, de modo que no lo usó. No estaba tan seguro de Dominic, quien parecía un vómito de gato en la alfombra. En su caso, la ducha hizo maravillas y salió de ella afeitado y frotado hasta quedar rosado, listo para la acción.

"La comida de aquí es buena, pero no estoy muy seguro del café", anunció.

"No estás seguro. Por favor, estoy seguro de que el café es mejor en Cuba", dijo Brian. "El café que sirven en la cantina de la infantería de marina es mejor que éste".

"Nadie es perfecto, Aldo", observó Dominic. Pero tampoco a él le gustaba.

"Así que, ¿digamos, una media hora?", preguntó Jack. Necesitaba unos tres minutos más para prepararse.

"Si no, envía una ambulancia", dijo Enzo dirigiéndose hacia la puerta y esperando que los dioses de la ducha mostrasen misericordia. No era justo, pensó. Se suponía que beber, no conducir, producía resaca.

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