Tom Clancy - Los dientes del tigre

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"Si le vas a patear el trasero al tigre, más vale que tengas un plan para enfrentarte a sus dientes."
Tom Clancy. Durante la era del terrorismo global, donde cualquiera puede acceder tanto a un fusil Kalashnikov como a algunas fatales nociones de química, o simplemente está dispuesto a morir por una "causa justa", las antiguas reglas ya no corren.
Por más organizaciones gubernamentales creadas ad hoc, las únicas efectivas son las rápidas y ágiles, libres de supervisión y restricciones y fuera del sistema.
En un anónimo edificio suburbano, una empresa invierte con éxito en acciones, bonos y divisas pero, tras la fachada financiera, de lo que se ocupa en realidad es de identificar y localizar amenazas terroristas para eliminarlas del modo que sea.
Instalado con la venia del presidente norteamericano, "el Campus" recluta a tres nuevos talentos: el agente del FBI Dominic Caruso, su hermano Brian, combatiente en Afganistán, y Jack Ryan Jr., que ha crecido rodeado de intrigas mientras su padre llegaba a la Casa Blanca.
La frenética trama de Los dientes del tigre obligará a Jack a deshacerse de sus conocimientos sobre espionaje y operaciones de inteligencia para enfrentarse a un mundo que se ha vuelto mucho más peligroso, poblado por fanáticos islámicos y narcotraficantes colombianos.
El genio de Tom Clancy para las historias amplias y absorbentes lo ha convertido en uno de los narradores más destacados de la actualidad. Su nueva novela supera las marcas anteriores.

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Al cabo de noventa minutos, se dio cuenta -y era una conclusión bastante obvia- que el terrorismo tenía tanto que ver con la religión musulmana como con el catolicismo y el protestantismo de los irlandeses. Adolf Hitler, decían sus biógrafos, se había considerado católico hasta el momento de suicidarse -evidentemente, no había conocido a la hermana Frances Mary, si no, lo hubiera pensado dos veces. Pero estaba loco. De modo que, si es que entendía bien lo leído, Mahoma probablemente habría estado contra los terroristas. Fue un hombre decente y honorable. Sin embargo, no todos sus seguidores eran así, y con ésos debían lidiar los gemelos y él.

Cualquier religión podía ser tergiversada por una banda de locos, pensó, con un bostezo, y al Islam le había tocado esa suerte.

"Debo leer más de esto", se dijo camino a la cama. "Debo hacerlo".

Fa'ad despertó a las ocho y media. Hoy se reuniría con Mahmoud, en el drugstore ubicado calle abajo. Desde ahí tomarían un taxi que los llevara a algún sito -probablemente un museo- para la transferencia misma del mensaje, y allí se enteraría de qué debía ocurrir y que debía hacer él para que así fuera. Realmente era una lástima no tener residencia propia. Los hoteles eran confortables, en particular por su servicio de lavandería, pero estaba llegando al límite de su tolerancia.

Llegó el desayuno. Agradeció al camarero y le dio una propina de dos euros antes de leer el periódico que venía en la mesita rodante. No parecía ocurrir nada importante. Se acercaban las elecciones en Austria, y cada uno de los partidos en pugna se dedicaba a ensuciar entusiastamente a su oponente, como ocurría habitualmente en el juego político de Europa. En su país natal las cosas eran mucho más predecibles, y más fáciles de entender. A las nueve de la mañana encendió el televisor y se encontró mirando el reloj con creciente frecuencia. Estas citas siempre lo ponían ansioso. ¿y si el Mossad lo hubiera identificado? La respuesta era evidente. Lo matarían como quien aplasta un insecto.

Afuera, Dominic y Brian paseaban, casi sin rumbo o al menos así le habría parecido a un observador casual. El problema era que había unos cuantos de éstos. Había un kiosco de revistas frente al hotel, y un portero a las puertas del Bristol. Dominic pensó reclinarse contra un farol y leer el diario, pero en la academia del FBI le habían dicho que nunca hiciera eso, pues hasta los espías habían visto las películas en que los actores lo hacían. De modo que, fuese eso profesional o no, realista o no, ahora todo el mundo estaba condicionado para desconfiar de alguien que, apoyado en un farol, leyera el diario. Seguir un tipo al aire libre sin que te viera era juego de niños comparado con esperar a que apareciese. Suspiró y siguió andando.

Brian pensaba algo similar. Pensaba en cuánto ayudaría un cigarrrillo en un momento así. En las películas, te daba algo que hacer, como a Begart con sus clavos de ataúd sin filtro. Mala suerte, Bogie, pensó Brian. El cáncer debía de ser una fea enfermedad. No es que él les estuviese suministrando exactamente el elixir de la vida a sus objetivos, pero al menos no duraban meses. En pocos minutos, se apagaba el cerebro. Además, se lo merecían por uno u otro motivo. Tal vez no todos estuviesen de acuerdo con eso, pero había que cuidarse a la hora de hacerse enemigos. No todos ellos serían ovejas inermes e indefensas, y era difícil precaverse de las sorpresas. La sorpresa es el mejor elemento con que se puede contar en el campo de batalla. Si sorprendías al enemigo, éste ni siquiera podía responder, y de eso exactamente se trataba, porque esto no era personal, sino cuestión de negocios. Como un novillo en el matadero, entraba en una pequeña habitación y aun si alzaba la vista y viera al tipo del martillo neumático, al instante siguiente se encontraría en el cielo vacuno, donde la hierba siempre era verde, el agua dulce y no había lobos…

Te estás distrayendo, Aldo, pensó Brian. Cualquier lado de la calle le serviría. De modo que cruzó y se dirigió al cajero automático ubicado frente al Bristol, sacó su tarjeta y pulsó el código de acceso, lo que le valió una recompensa de quinientos euros. Miró el reloj: 10:53. ¿Cuándo saldría el pájaro? ¿Se lo habrían perdido?

El tránsito había disminuido en intensidad. Los autobuses rojos pasaban rugiendo. Aquí las personas se ocupaban de lo suyo. Andaban sin mirar a los lados, a no ser que estuvieran a la busca de algo en especial. No establecían contacto ocular con los desconocidos, no sentían el impulso de saludar a nadie. Evidentemente, los desconocidos debían seguir siéndolo. Aquí se notaba aún más que en Munich cuán in Drdnung estaba esta gente. Lo más probablemente era que en sus casas se pudiera comer directamente del suelo.

Dominic se había posicionado al otro lado de la calle, cubriendo el camino a la ópera. El sujeto sólo podía ir en dos direcciones: a la derecha o a la izquierda. Podía cruzar, o no, la calle. No había más opciones, a no ser que un auto viniera a buscarlo, en cuyo caso la misión no se podría realizar. Pero mañana sería otro día. Su reloj,marcaba las 10:56. Debía cuidarse de no mirar demasiado la entrada del hotel. Hacer esto lo hacía sentir vulnerable…

Ahí, ibingo!, estaba el sujeto, vestido con un traje azul a finas rayas y una corbata rojo oscuro, como quien va a una importante reunión de negocios. Dominic también lo vio y decidió aproximarse desde el noroeste. Brian esperó hasta ver qué haría su hermano…

Fa'ad decidió jugarle un truco a su amigo. Sólo para cambiar la rutina, lo abordaría desde el otro lado de la calle, de modo que cruzó a mitad de cuadra, esquivando el tránsito. De pequeño, disfrutaba entrando en el corral donde se encerraba a los caballos de su padre para esquivarlos. Claro que los caballos eran lo suficientemente inteligentes como para no chocar innecesariamente con nada, lo cual no parecía ser el caso de algunos de los autos que subían por Kartner Ring. De todas formas, llegó ileso al otro lado.

La calle frente al hotel tenía un aspecto inusual, con una mano estrecha semejante a un acceso privado, una estrecha banda de césped, luego la calle misma con sus autos y autobuses, luego otra banda de césped y finalmente otra mano estrecha correspondiente a la acera de enfrente. El objetivo cruzó rápidamente y avanzó hacia el oeste, en dirección al hotel. Brian se posicionó tres metros por detrás de él, sacó su bolígrafo e hizo girar el cañón para que la punta de la hipodérmica reemplazara a la de escribir, controlando visualmente que todo estuviera listo.

Max Weber era un conductor de tranvía que llevaba veintitrés años trabajando para la autoridad de tránsito metropolitana. Conducía su tranvía de ida y de vuelta dieciocho veces al día, a cambio de lo cual recibía un razonable salario. Ahora se dirigía al norte, alejándose de Schwartzenberg Platz, girando a la izquierda donde la calle cambiaba su nombre de Rennweg a Schwartzenberg Platz para entrar por la izquierda al Kartner Ring. El semáforo le dio paso y sus ojos se dirigieron al lujoso Hotel Imperial, donde se alojaban todos los extranjeros ricos y los diplomáticos. Luego, sus ojos regresaron a la calle. Los tranvías no podían ser desviados, y mantenerse fuera de su camino era responsabilidad de los automovilistas. No es que fuera muy rápido, apenas a más de cuarenta kilómetros por hora, aun al final de la línea. No era un trabajo exigente en lo intelectual, pero lo hacía a conciencia y de acuerdo al manual. Sonó la campana. Alguien debía descender en la esquina de Kartner y Wiedner Hauptstrasse.

Allí. Allí estaba Mahmoud. Miraba para el otro lado. Bien, pensó Fa'ad, tal vez podría sorprender a su colega y divertirse jugándole una broma. Se detuvo en la acera y escudriñó el estrecho pasaje antes de cruzar la calle.

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