– Lo dudo. Tengo la sensación de que mañana será demasiado tarde -dijo el presidente sin más explicaciones, y colgó el teléfono.
Sir William sabía que no le favorecía el hecho de que las últimas pérdidas de Rusia sobrepasaran los quinientos millones de libras. Y ahora, el informe McKinsey había llegado a las mesas de todos los directores, recomendando un recorte de setenta empleos, tal vez más, con el fin de ahorrar unos tres millones de libras al año. ¿Cuándo empezarían a comprender los consultores financieros que estaban tratando con seres humanos, en lugar de números en una hoja de balance, entre ellos setenta leales miembros del personal, algunos de los cuales habían servido al banco durante más de veinte años?
No se mencionaba el préstamo a Rusia en el informe McKinsey, porque no era de su competencia, pero no habría podido llegar en un momento peor. Y en la banca, el momento lo es todo.
Las palabras de Phillip Alexander a la junta estaban grabadas indeleblemente en la memoria de sir William: «No debemos permitir que nuestros rivales se aprovechen de esta oportunidad única. Si Critchley quiere seguir ocupando un lugar destacado en el marco internacional, hemos de proceder con rapidez mientras haya oportunidad de conseguir beneficios». Las ganancias a corto plazo podrían ser enormes, había asegurado Alexander a la junta, cuando en verdad había sido al revés.
Y a los pocos momentos de despeñarse, aquel saco de mierda había empezado a escalar el pozo ruso para salir, al tiempo que arrojaba al presidente al fondo. En aquel momento se encontraba de vacaciones, y Alexander le había telefoneado a su hotel de Marrakech para decirle que lo tenía todo controlado, y no había necesidad de que volviera a casa. Cuando lo hizo, descubrió que Alexander ya había llenado el pozo, y le había dejado en el fondo.
Después de leer el artículo del Financial Times , sir William sabía que sus días como presidente estaban contados. La dimisión de Maurice Kington había sido el golpe definitivo, del que sabía que no se recuperaría. Había intentado disuadirle, pero a Kington solo le interesaba el futuro de una persona.
El presidente contempló su carta escrita de dimisión, una copia de la cual enviaría a cada miembro de la junta aquella noche.
Su leal secretaria Claire le había recordado que tenía cincuenta y siete años, y había hablado con frecuencia de jubilarse a los sesenta para dejar paso a un hombre más joven. Era irónico cuando pensaba en quién sería aquel hombre más joven.
Cierto, tenía cincuenta y siete años, pero el último presidente no se había jubilado hasta los setenta, y eso era lo que la junta y los accionistas recordarían. Olvidarían que había heredado un banco achacoso de un presidente achacoso, y aumentado sus beneficios año tras año durante la pasada década. Aun incluyendo el desastre de Rusia, iban en una posición adelantada.
Aquellas insinuaciones del primer ministro, en el sentido de que estaban pensando concederle un título de par, pronto serían olvidadas. La docena aproximada de cargos de dirección, que no son más que rutina para el presidente jubilado de un banco importante, se evaporarían de la noche a la mañana, junto con la invitación a Buck House, el Guildhall y la pista central de Wimbledon, la única salida oficial que a su mujer le gustaba.
La noche anterior, había comentado a Katherine durante la cena que iba a dimitir. Ella había dejado sobre la mesa el cuchillo y el tenedor, y doblado la servilleta.
– Gracias a Dios -dijo-. Ahora ya no será necesario continuar con esta farsa de matrimonio. Esperaré un tiempo decente, por supuesto, antes de solicitar el divorcio.
Se había levantado de la mesa y abandonado la sala sin pronunciar ni una palabra más.
Hasta entonces, no había tenido ni idea de los sentimientos de Katherine. Había asumido que conocía la existencia de otras mujeres, aunque ninguna de sus relaciones había sido muy seria. Pensaba que habían llegado a un entendimiento, un pacto. Al fin y al cabo, así ocurría en muchos matrimonios de su edad. Después de cenar, se había trasladado a Londres para dormir en su club.
Desenroscó el capuchón de su pluma y firmó las doce cartas. Las había dejado sobre su mesa todo el día, con la esperanza de que antes del cierre se produjera un milagro y pudiera romperlas en mil pedazos. Pero en el fondo sabía que eso nunca pasaba.
Cuando al fin entregó las cartas a su secretaria, la mujer ya había escrito a máquina los nombres en los doce sobres. Sonrió a Claire, la mejor secretaria que había tenido nunca.
– Adiós, Claire -dijo, y le dio un beso en la mejilla.
– Adiós, sir William -contestó la mujer, y se mordió el labio.
Sir William volvió a su despacho, cogió su maletín vacío y un ejemplar del Times. Al día siguiente sería el artículo principal de la sección de Negocios. No era tan famoso para ocupar la primera plana. Paseó la vista por el despacho del presidente una vez más, antes de abandonarlo definitivamente. Cerró la puerta en silencio a su espalda y caminó poco a poco por el pasillo hasta el ascensor. Apretó el botón y esperó. Las puertas se abrieron y entró, aliviado de que estuviera vacío y de que no parara hasta llegar a la planta baja.
Salió al vestíbulo y desvió la vista hacia el mostrador de recepción. Haskins se habría marchado a casa bastante antes. Cuando las puertas de cristal se abrieron, pensó en Kevin, sentado en su casa de Peckham con su mujer embarazada. Le habría gustado desearle suerte en el trabajo de recepcionista. Al menos, el informe McKinsey no le afectaría.
Cuando pisó la acera, algo llamó su atención. Se volvió y vio a un viejo vagabundo que se acomodaba para pasar la noche bajo la arcada.
Bill se tocó la frente en un saludo burlón.
– Buenas noches, presidente -dijo con una sonrisa.
– Buenas noches, Bill -contestó sir William, devolviéndole la sonrisa.
Ojalá pudieran intercambiarse, pensó sir William, mientras se volvía y caminaba hacia el coche que le esperaba.
***
[1]Queen's Counsel, «Consejero de la reina», título honorífico conferido a ciertos abogados de gran prestigio. (N. del T.)
[2]Un caso muy famoso de la era victoriana. El doctor Crippen asesinó y despedazó a su esposa. ( N. del T.)
[3]Slade School of Fine Arts de Londres. (N. del T.)
[4]Confederation of British Industry. (N. delT.)
[5]El Lord's Cricket Ground de Londres, la meca del criquet inglés. (N. del T.)
[6]Siempre que Inglaterra y Australia se enfrentan en partidos de criquet, no hay trofeos, sino que se juega por las «Cenizas», en recuerdo de una anécdota del siglo XIX, cuando Australia ganó por primera vez a Inglaterra, y el Sporting Times publicó una necrológica burlona, anunciando el fallecimiento del criquet inglés, la incineración del cadáver y el envío de las cenizas a Australia. Cuando, en la siguiente ocasión, Inglaterra venció a su rival en su propio campo, algunas mujeres de Melbourne quemaron una estaca de las que componen la meta del bateador y entregaron las cenizas a los ingleses. De ahí el apelativo. (N. del T.)
[7]Tom Stoppard, famoso dramaturgo y guionista de cine inglés. (N. del T.)
[8]Prestigiosa academia militar cercana a Reading, Inglaterra. (N. del T.)
[9]Patrimonio Nacional de Inglaterra (N. del T.)
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