Jeffrey Archer - En pocas palabras

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Quince muestras del talento multiforme y sutil de Jeffrey Archer, quince relatos, irónicos unos, románticos otros, pero siempre llenos de ingenio y elegancia. Desde el cuento árabe, de estremecedora brevedad, “La muerte habla”, hasta la divertida jerarquía de personajes insatisfechos de “La hierba siempre es más verde”, pasando por historias de amor y entrega o por explorar las zonas oscuras de la legalidad y cómo de puede abusar de ellas, En pocas palabras lleva al lector a un universo siempre amable, pero en el que no dejan de aflorar los conflictos humanos que, a pesar de todo, constituyen la sal de la tierra.

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– Claro, papá. El señor Parnell, 7.47; el señor Parker, 8.09; el señor Tudor-Jones, 8.11; el señor Alexander, 8.23.

– Bien hecho, hijo. Aprendes rápido. -Se sirvió otra taza de té, y tomó un sorbo. Demasiado caliente, así que siguió hablando-. Nuestro siguiente trabajo es ocuparnos del correo, que al igual que el señor Parnell llega con retraso. Sugiero…

Haskins escondió a toda prisa su taza de té debajo del mostrador y atravesó corriendo el vestíbulo. Apretó el botón de subida y rezó para que uno de los ascensores volviera a la planta baja antes de que el presidente entrara en el edificio. Las puertas se abrieron con escasos segundos de anticipación.

– Buenos días, sir William. Espero que haya pasado un fin de semana agradable.

– Sí, gracias, Haskins -dijo el presidente, mientras las puertas se cerraban.

Haskins se colocó ante la puerta para que nadie entrara con sir William en el ascensor y subiera sin interrupciones hasta la planta catorce.

Haskins anadeó hasta el mostrador de recepción y vio que su hijo estaba separando el correo de la mañana.

– Una vez, el presidente me dijo que el ascensor tarda treinta y ocho segundos en llegar a la última planta, y que había calculado que había pasado una semana de su vida dentro, de modo que siempre lee el editorial del Times al subir y las notas de su siguiente reunión cuando baja. Si pasa una semana atrapado dentro, yo supongo que debo pasar media vida -añadió, mientras recuperaba su té y tomaba un sorbo. Estaba frío-. En cuanto hayas separado el correo, súbelo al señor Parnell. Es a él a quien corresponde clasificarlo, no a mí. Su trabajo ya es bastante cómodo, y no veo motivos para hacerlo yo en su lugar.

Ronnie cogió el cesto lleno de correspondencia y se encaminó hacia el ascensor. Subió al segundo piso, fue al despacho del señor Parnell y depositó el cesto ante él.

Chris Parnell alzó la vista y vio que el muchacho desaparecía por la puerta. Contempló la pila de cartas.

Como siempre, no las habían clasificado. Tendría que hablar con Haskins. El hombre no se mataba a trabajar, precisamente, y ahora quería que el chico ocupara su lugar. Si él podía intervenir, no sería así.

¿No comprendía Haskins que su trabajo acarreaba una verdadera responsabilidad? Debía procurar que la oficina funcionara como un reloj suizo. Cartas en las mesas correspondientes antes de las nueve, comprobación de ausencias antes de las diez, reparación de cualquier avería a los pocos momentos de haber sido informadas, disponer y organizar todas las reuniones del personal, en cuyo momento ya habría llegado la segunda remesa de correo. La verdad, todo el banco se paralizaría si se tomaba un día de asueto. Solo había que pensar en el caos que encontraba cada vez que regresaba de las vacaciones de verano.

Contempló la carta que coronaba la pila. Iba dirigida al «Señor Roger Parker». «Rog» para él. Tendrían que haberle dado el trabajo de Rog, jefe de personal, hacía años. Podría realizarlo en sueños, como su esposa Janice nunca dejaba de recordarle: «Rog no es más que un enchufado. Solo porque fue al mismo colegio que el jefe de caja». No era justo.

Janice había querido invitar a Roger y su mujer a cenar, pero Chris rechazó la idea desde el primer momento.

– ¿Por qué no? -había preguntado ella-. Al fin y al cabo, ambos sois del Chelsea. ¿Es porque tienes miedo de que el muy engreído rechace la invitación?

Para ser justo con Janice, había cruzado por la mente de Chris invitar a Roger a tomar una copa, pero no a cenar en su casa de Romford. No podía explicar a su mujer que cuando Roger iba a Starnford Bridge no se sentaba en el extremo del Shed con los chicos, sino en los asientos reservados a los miembros.

Una vez clasificadas las cartas, Chris las depositó en diferentes bandejas, correspondientes a los diferentes departamentos. Sus dos ayudantes se ocupaban de las diez primeras plantas, pero nunca permitía que se acercaran a las últimas cuatro. Solo él entraba en los despachos del presidente y del director ejecutivo. Janice nunca dejaba de recordarle que mantuviera los ojos bien abiertos cuando estaba en los pisos de los altos mandos. «Nunca se sabe qué oportunidades pueden surgir, qué agujeros se pueden presentar.»

Rió para sí cuando pensó en Gloria, de Archivo, y en los agujeros que ofrecía. Las cosas que aquella chica podía hacer detrás de un archivador. Pero eso era algo que su esposa no necesitaba saber.

Cogió las bandejas de las cuatro últimas plantas y se encaminó hacia el ascensor. Cuando llegó al piso once, llamó con suavidad a la puerta antes de entrar en el despacho de Roger. El jefe de personal levantó la vista de la carta que estaba leyendo, con una expresión preocupada en el rostro.

– Buen resultado del Chelsea el sábado, Rog, aunque solo fuera contra el West Ham -dijo Chris, mientras dejaba un montón de cartas en la bandeja de su superior.

No obtuvo ninguna respuesta, así que se marchó a toda prisa.

Roger levantó la vista cuando Chris desapareció. Se sintió culpable por no haber hablado con él sobre el partido del Chelsea, pero no quería explicar por qué se había perdido un partido en casa por primera vez durante la liga. Ojalá hubiera podido pensar solo en el Chelsea.

Devolvió su atención a la carta que había estado leyendo. Era una factura de mil seiscientas libras, la primera mensualidad de la residencia geriátrica de su madre.

Roger había aceptado de mala gana que la mujer ya no estaba lo bastante bien para vivir con ellos en Croydon, pero tampoco había esperado una factura que significaba casi veinte mil libras al año. Había confiado en que se quedaría con ellos otros veinte años, pero como Adam y Sarah aún estaban en el colegio, y Hazel no quería volver a trabajar, necesitaba un aumento de sueldo, en un momento en que solo se hablaba de recortes y prejubilaciones.

Había sido un fin de semana desastroso. El sábado había empezado a leer el informe McKinsey, el cual perfilaba lo que el banco debería hacer si quería continuar siendo una institución financiera líder en el siglo XXI.

El informe sugería que al menos setenta empleados deberían participar en un programa de optimización de recursos, un eufemismo de «Estás despedido». ¿Ya quién se adjudicaría la poco envidiable tarea de explicar a aquellos setenta individuos el significado preciso de la expresión «optimización de recursos»? La última vez que Roger había tenido que despedir a alguien, no había dormido durante días. Se había sentido tan deprimido cuando dejó el informe que no tuvo ganas de ir al partido del Chelsea.

Comprendió que debería concertar una cita con Geoffrey Tudor-Jones, el jefe de administración del banco, aunque sabía que Tudor-Jones se lo quitaría de encima con un «Mi departamento no, amigo mío, la gente es problemática. Además, tú eres el jefe de personal, Roger, así que es competencia tuya».

Tampoco era que hubiera podido entablar una relación personal con el hombre, aunque ahora podía recurrir a ella. Lo había intentado con todas sus fuerzas durante años, pero el jefe de administración había dejado muy claro que no mezclaba el trabajo con el placer… a menos que fueras miembro de la junta, por supuesto.

– ¿Por qué no le invitas a un partido del Chelsea? -sugirió Hazel-. Al fin y al cabo, pagaste bastante por los dos asientos de temporada.

– No creo que le guste el fútbol -le había dicho Roger-. Me parece que se inclina más por el rugby.

– Entonces, invítale a cenar a tu club.

No se molestó en explicar a Hazel que Geoffrey era miembro del Carlton Club, e imaginaba que no se sentiría a gusto en una reunión de la Sociedad Fabiana.

El golpe final había llegado el sábado por la noche, cuando el director del colegio de Adam le había telefoneado para decir que necesitaba verle con urgencia, sobre un asunto del que no podía hablar por teléfono. Había ido en coche al colegio el domingo por la mañana, temiendo qué podría ser lo que no se podía hablar por teléfono. Sabía que Adam debía aplicarse más en los estudios si quería que le ofrecieran una plaza en cualquier universidad, pero el director le dijo que habían sorprendido a su hijo fumando marihuana, y que las normas de la escuela eran muy estrictas sobre ese tema: expulsión inmediata y un detallado informe a la policía local al día siguiente. Cuando oyó la noticia, Roger experimentó la sensación de estar de nuevo en el estudio del director de su colegio.

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