Michael Crichton - Esfera

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En las profundidades del Océano Pacífico se descubre una misteriosa nave espacial de grandes dimensiones. Las autoridades norteamericanas envían a un grupo de científicos para que investigue el inquietante hallazgo. ¿Procede la nave de alguna civilización extraterrestre? ¿De un universo diferente? ¿Del futuro? La respuesta desafía la imaginación y escapa a cualquier intento de explicación lógica: un extraordinario y terrible poder amenaza toda la vida existente en torno al enigmático objeto.

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Harry… ¿Dónde estaba Harry ahora?

«Quiero que Harry me ayude.»

Pero se preguntaba si lograrían escapar; los números seguían yendo hacia atrás. En ese momento quedaban algo más de ocho minutos…

– Volví por ti, Beth.

– Vete. Vete ahora, Norman.

– Pero, Beth…

– ¡No, Norman! ¡Hablo en serio! ¿Por qué no te vas?

Y entonces comenzó a sentir sospechas; empezó a mirar en derredor. Y en ese instante, Harry se paró detrás de ella y le dio en la cabeza un golpe con la gran llave inglesa que tenía en la mano; se oyó un repugnante ruido sordo, y Beth cayó.

– ¿La maté? -preguntó Harry.

La profunda voz masculina dijo:

ATENCIÓN, POR FAVOR. OCHO MINUTOS, Y CONTANDO.

Norman se concentró en el reloj que marchaba hacia atrás: «Detente. Deten la cuenta regresiva.»

Pero cuando volvió a mirar, el reloj seguía yendo para atrás. Oía la alarma… ¿Estaría la alarma interfiriendo su concentración? Volvió a intentarlo.

«Detente ahora. La cuenta regresiva se detiene. La cuenta regresiva se detuvo.»

– Olvídalo -dijo Harry-. No funcionará.

– Pero debería funcionar -repuso Norman.

– No -dijo Harry-, porque Beth no está inconsciente del todo.

En el suelo, a los pies de ellos, Beth gimió y movió una pierna.

– Sigue teniendo la capacidad de controlarlo de alguna manera -dijo Norman-. Beth es muy fuerte.

– ¿Le podemos poner una inyección?

Norman negó con la cabeza. No había tiempo para volver por la jeringuilla. De todos modos, si le administraban la inyección y no servía, sería tiempo desperdiciado.

– ¿La golpeo otra vez? -propuso Harry-. ¿Más fuerte? ¿La mato?

– No -dijo Norman.

– Matarla es la única alternativa…

– No -repitió Norman, mientras pensaba: «No te matamos a ti, Harry, cuando tuvimos la oportunidad.»

– Si no la matamos, nada puedes hacer en cuanto al cronómetro -dijo Harry-. Así que lo mejor será que nos larguemos de aquí cuanto antes.

Y ambos corrieron hacia la esclusa de aire.

– ¿Cuánto tiempo queda? -preguntó Harry.

Estaban en la esclusa de aire del Cilindro A, tratando de ponerle el traje a Beth, la cual gemía; en la parte posterior de la cabeza la sangre le había apegotado el cabello. Forcejeaba un poco, lo que hacía más difícil vestirla.

– ¡Jesús! Beth… ¿Cuánto tiempo hay, Norman?

– Siete minutos y medio, quizá menos.

Las piernas ya estaban dentro; rápidamente le introdujeron los brazos en las mangas, le cerraron el cierre automático del pecho y abrieron el paso de aire. Norman ayudó a Harry a ponerse su traje.

ATENCIÓN, POR FAVOR. SIETE MINUTOS, Y CONTANDO.

– ¿Cuánto calculas que se necesita para llegar a la superficie? -preguntó Harry.

– Dos minutos y medio, una vez que nos hayamos metido en el submarino.

– Espléndido.

Norman acomodó el casco de Harry, hasta que se trabó con un ruido seco.

– Vamos.

Harry descendió al agua y Norman bajó el cuerpo exánime de Beth, que pesaba mucho, por el tanque y los lastres.

– ¡Vamos! -le apremió Harry.

Norman se zambulló.

Una vez llegados al submarino, Norman trepó hasta la escotilla, pero su peso hacía que la pequeña nave, que no estaba amarrada, se meciera de manera incontrolable. Harry, de pie en el fondo, trató de empujar a Beth hacia Norman, pero la mujer continuaba doblándose por la cintura. Al querer agarrarla, Norman cayó del submarino y resbaló hasta el fondo del mar.

ATENCIÓN, POR FAVOR. SEIS MINUTOS, Y CONTANDO.

– ¡Aprisa, Norman! ¡Seis minutos!

– Lo he oído, maldita sea.

Se puso de pie y volvió a trepar al minisubmarino, pero ahora su traje estaba cubierto de lodo y los guantes, resbaladizos. Harry estaba contando:

– Cinco veintinueve… Cinco veintiocho… Cinco veintisiete…

Norman agarró el brazo de Beth, pero ella se escurrió de nuevo.

– ¡Maldición, Norman! ¡Agárrala por arriba!

– ¡Lo estoy intentando!

– Ahí va otra vez.

ATENCIÓN, POR FAVOR. CINCO MINUTOS, Y CONTANDO.

Ahora la alarma tenía un sonido muy agudo. Para oírse entre sí, Norman y Harry tenían que gritar más alto que el zumbido.

– Harry, dame a Beth.

– Bien, tómala…

– No alcanzo…

– Aquí…

Por fin Norman pudo asir la manguera de Beth, justo por detrás del casco. Se preguntaba si resistiría el tirón, pero tenía que correr el riesgo; agarrando la manguera, izó a Beth hasta que quedó de espaldas sobre la parte superior del submarino. Después la fue bajando lentamente por la escalerilla.

– Cuatro veintinueve… Cuatro veintiocho…

Norman tenía dificultades para mantener el equilibrio. Metió una pierna de Beth en la escotilla; pero la otra rodilla se había doblado y se atascó en el reborde; Norman no podía conseguir bajar a Beth. Cada vez que se inclinaba hacia adelante para extenderle la pierna, todo el submarino se inclinaba, y Norman empezaba a perder el equilibrio de nuevo.

– Cuatro dieciséis… Cuatro quince…

– ¡Déjate de contar y haz algo!

Harry apretó su cuerpo contra el costado del submarino, para contrarrestar el balanceo con su peso. Norman se inclinó hacia adelante y enderezó la rodilla de Beth, que se deslizó con facilidad por la escotilla abierta. Norman se metió después de ella. Era una esclusa de aire diseñada para que pasara una sola persona cada vez; pero como Beth estaba inconsciente, no podía operar los controles.

Norman tendría que hacerlo por ella.

ATENCIÓN, POR FAVOR. CUATRO MINUTOS, Y CONTANDO.

Norman estaba atascado en la esclusa, con su cuerpo apretado contra el de Beth, pecho contra pecho; el casco de ella golpeaba contra el de él. Con dificultad, tiró de la escotilla para cerrarla sobre su cabeza. Expulsó el agua mediante una furiosa irrupción de aire comprimido. Ahora, al no estar sostenido por el agua, el cuerpo de Beth se combaba pesadamente contra el del psicólogo.

Norman pasó los brazos alrededor de la mujer para alcanzar la escotilla interna, pero el cuerpo de ella le bloqueaba el camino. Trató de girarla y ponerla de costado; en aquel reducido espacio, Norman no podía conseguir ningún punto de apoyo en el cuerpo de Beth, que era un peso muerto. Trató de apartarlo hacia otro costado de la esclusa para intentar llegar a la escotilla.

En ese momento el submarino se empezó a ladear: Harry estaba trepando por el costado.

– ¿Qué diablos pasa ahí?

– ¡Harry! ¿Por qué no te callas?

– Bueno, ¿a qué se debe tanta demora?

La mano de Norman se cerró sobre el asidero del cerrojo interior. Le dio un empellón hacia abajo, pero la puerta no se movió, pues las bisagras estaban colocadas para que se abriesen hacia dentro. Norman no podía, estando Beth con él en el interior de la esclusa; el cuerpo de la mujer impedía el movimiento de la puerta.

– Harry, tenemos un problema.

– Jesucristo… Tres minutos treinta.

Empezó a sudar. Realmente tenían problemas ahora.

– Harry, tengo que pasártela a ti y entrar solo.

– ¡Por Dios, Norman…!

Inundó la esclusa de aire y, una vez más, abrió la escotilla exterior. El equilibrio de Harry, que estaba subido encima del submarino, era precario. Aferró a Beth por el tubo de aire y tiró de ella hacia arriba.

Norman extendió el brazo para cerrar la escotilla.

– Harry, ¿puedes hacer que los pies de Beth no me estorben el paso?

– Estoy tratando de mantenerme en equilibrio aquí.

– ¿No ves que sus pies están bloqueando…?

Con irritación, Norman empujó los pies de Beth a un lado. La escotilla se cerró y retumbó con sonido metálico. El aire pasó rugiendo al lado de Norman. La escotilla recuperó presión.

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