Michael Crichton - Esfera

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En las profundidades del Océano Pacífico se descubre una misteriosa nave espacial de grandes dimensiones. Las autoridades norteamericanas envían a un grupo de científicos para que investigue el inquietante hallazgo. ¿Procede la nave de alguna civilización extraterrestre? ¿De un universo diferente? ¿Del futuro? La respuesta desafía la imaginación y escapa a cualquier intento de explicación lógica: un extraordinario y terrible poder amenaza toda la vida existente en torno al enigmático objeto.

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– Norman, ¿estás ahí?

– Sí, Beth.

– Creo que eres una buena persona, Norman.

No le contestó; se limitó a observarla en el monitor.

– Pienso que tienes integridad, y que crees que dices la verdad. Éste es un momento difícil para ti: debes hacer frente a tu propia realidad. Sé que ahora tu mente pugna por encontrar excusas, por echarle la culpa a alguna otra persona. No obstante, sé que lo puedes lograr, Norman. Harry no pudo, pero tú puedes. Espero que seas capaz de admitir la dura verdad: que, en tanto permanezcas consciente, la expedición está amenazada.

Norman sintió el gran poder de convicción de Beth, oyó la serena fuerza de su voz. Cuando ella hablaba, era casi como si sus ideas fuesen ropajes que iban envolviendo el cuerpo de Norman, el cual empezaba a ver las cosas a la manera de Beth. Ella estaba tan serena, era tan persuasiva… Tenía que estar en lo cierto. Las ideas de Beth tenían tanto poder… Las ideas de Beth tenían tanto poder…

– Beth, ¿estuviste en la esfera?

– No, Norman. Ésa es tu mente, que trata de evadir la cuestión otra vez. Yo no estuve en la esfera. Tú estuviste.

Con toda honestidad, Norman no podía recordar que hubiera entrado en la esfera. No lo recordaba en absoluto. Cuando Harry entró en ella, después pudo recordarlo. ¿Por qué lo olvidaba Norman? ¿Por qué bloqueaba ese recuerdo?

– Eres psicólogo, Norman -le estaba diciendo Beth-, y por eso no quieres admitir que posees un lado de sombras. Tienes el compromiso profesional de creer en tu propia salud mental. Naturalmente, lo vas a negar.

Norman no pensaba así. Pero ¿cómo resolverlo? ¿Cómo establecer si Beth tenía razón o no la tenía? La mente de Norman no estaba funcionando bien. Su rodilla herida le latía y le producía dolor; por lo menos no había duda respecto a eso: la herida de la rodilla era real.

Era una prueba de realidad.

«Ésa es la manera de resolverlo», pensó. Una prueba de realidad. ¿Cuáles eran las pruebas objetivas de que Norman había ido a la esfera? Se habían grabado cintas de todo lo que acontecía en el habitáculo, de modo que si Norman había entrado en la esfera muchas horas atrás, en alguna parte tenía que haber una cinta que lo mostrara en la esclusa de aire, solo, vistiéndose, deslizándose por la esclusa hacia el mar. Beth debería poder mostrarle esa cinta. ¿Dónde estaba esa cinta?

En el submarino, por supuesto.

La había llevado al submarino. Norman mismo pudo haberlo hecho cuando efectuó su salida hacia allí.

No había pruebas objetivas.

– Norman, ríndete, por favor. Por el bien de todos nosotros.

«Quizá tengan razón», pensó. Beth se mostraba muy segura de sí misma, así que si él estaba eludiendo la verdad, si estaba poniendo la expedición en peligro, entonces tenía que rendirse y admitir que Beth lo pusiera en estado de inconsciencia.

¿Podría confiar en ella para permitirle eso? Tendría que hacerlo. No había otra alternativa.

«Tengo que ser yo -pensó-, tengo que ser yo.» Ese pensamiento le era tan horrible… que le resultaba sospechoso. Se estaba resistiendo con mucha violencia… «y eso no es buena señal», demasiada resistencia.

– ¿Norman?

– Está bien, Beth.

– ¿Lo harás?

– No me apremies. Dame un minuto, ¿quieres?

– Claro, Norman. Por supuesto.

Miró el videograbador que estaba al lado del monitor, y recordó que Beth lo había usado para reproducir la misma cinta, una y otra vez; aquella que mostraba cómo la esfera se había abierto por sí misma. Ahora, esa cásete estaba sobre la mesita que había al lado del video-grabador. Norman la introdujo en la ranura y apretó el botón que encendía el equipo. «¿Por qué molestarme en mirar eso ahora? -pensó-. Solamente estoy demorando las cosas. Estoy ganando tiempo.»

La pantalla parpadeó, y Norman esperó que surgiera la familiar imagen de Beth comiendo tarta, de espaldas al monitor. Pero ésta era una cinta diferente: era una transmisión directa procedente del monitor que mostraba la esfera, la gran bola reluciente que descansaba en la nave.

Norman observó durante unos segundos, pero nada ocurrió. La esfera estaba inmóvil, como siempre. Pulida, perfecta. La contempló un rato más, pero no había nada que ver.

– Norman, si ahora abro la escotilla, ¿bajarás con tranquilidad?

– Sí, Beth.

Suspiró y se echó hacia atrás para apoyarse en el respaldo de la silla. ¿Cuánto tiempo estaría inconsciente? Poco menos de seis horas. No habría problema. Pero, fuere como fuere, Beth tenía razón: él debía entregarse.

– ¿Norman, por qué estás mirando esa cinta?

Rápidamente, Norman observó en torno suyo y se preguntó si en ese cuarto había una cámara de televisión que permitía que Beth lo viera. Sí, había una bien en lo alto, en el techo, junto a la escotilla superior.

– ¿Por qué estás mirando esa cinta, Norman?

– Se hallaba aquí.

– ¿Quién te dijo que podías mirarla?

– Nadie -respondió Norman-. Simplemente estaba aquí.

– Deten la cinta, Norman. Detenía ahora.

La voz de Beth ya no se mostraba serena.

– ¿Qué es lo que pasa, Beth?

– ¡Deten esa condenada cinta, Norman!

Estaba a punto de preguntarle por qué tenía que detenerla, pero en ese momento vio a Beth entrar en la imagen y detenerse junto a la esfera. Cerró los ojos y apretó los puños con fuerza. Las espiraladas estrías de la superficie se separaron y revelaron la negrura interior. La pantalla mostró a Norman que Beth entraba en la esfera.

Luego, la puerta de la esfera se cerró detrás de la bióloga.

– Malditos seáis los hombres -exclamó Beth con voz tensa y enojada-. Todos vosotros sois iguales: no podéis dejar que alguien esté bien, solo y tranquilo, ninguno de vosotros.

– Me mentiste, Beth.

– ¿Por qué miraste esa cinta? Te rogué que no la miraras. Verla solamente te podría herir, Norman.

Beth ya no estaba enojada; ahora se mostraba suplicante, al borde de las lágrimas. Estaba experimentando rápidos cambios emocionales. Inestable, impredecible.

Y tenía el control del habitáculo.

– Beth…

– Lo siento, Norman. Ya no puedo confiar más en ti.

– Beth…

– Voy a cortar la comunicación, Norman. No voy a escucharte…

– Beth, espera…

– …más. Sé lo peligroso que eres. Vi lo que le hiciste a Harry. Cómo torciste los hechos, de modo que él apareciera como culpable. Sí, todo habría sido culpa de Harry, en el momento en que hubieras terminado. Y ahora quieres que parezca que es culpa de Beth, ¿no? Pues voy a decirte una cosa: no lo podrás hacer, porque he cortado la comunicación contigo, Norman. No voy a oír tus palabras suaves y convincentes. No puedo escuchar tus manipulaciones. Así que no gastes energías.

Norman detuvo la cinta; ahora el monitor mostraba a Beth en vez de la consola, en el cuarto de abajo.

Estaba apretando teclas.

– ¿Beth? -llamó.

La mujer no respondió y continuó trabajando en la consola, refunfuñando para sí:

– Eres un verdadero hijo de puta, Norman, ¿lo sabes? Te sientes tan mal que necesitas que todo el mundo se sienta tan vil como tú.

«Está hablando de sí misma», pensó Norman.

– Te sientes tan poderoso en eso del subconsciente, Norman: lo subconsciente esto, lo subconsciente aquello. ¡Cristo, estoy harta de ti! Probablemente tu subconsciente nos quiere matar a todos, nada más que porque te quieres suicidar y piensas que los demás debemos morir contigo.

Norman sintió que recorría su cuerpo un estremecedor escalofrío: Beth, con su carencia de autoestima, con su profundo odio a sí misma, había penetrado en la esfera, y ahora estaba actuando con el poder que ésta le había conferido, pero sin estabilidad en sus pensamientos. Beth se veía a sí misma como una víctima que luchaba contra su sino, y siempre sin éxito. Beth era la víctima de los hombres, de la organización de la sociedad, de la investigación científica, de la realidad. En ningún caso alcanzaba a ver cómo todo eso se lo había hecho ella a sí misma… «Y puso explosivos alrededor de todo el habitáculo», pensó Norman.

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